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Elías Cohen

Günter Grass y el rencor de Europa

Grass hizo gala de una hipocresía escalofriante al criticar a Alemania por no haber hecho frente a su pasado nazi.

Elías Cohen
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Siguiendo los dictados de la fuerza del perdón y de la redención personal, no tendríamos que haber objetado nada a Günter Grass cuando confesó su militancia en las Waffen-SS. Sin embargo,Günter Grass no fue digno merecedor de ese perdón; al contrario, era miembro de esa cohorte de intelectuales europeos que, Saramago dixit, estaban "hartos de pedir perdón por el Holocausto". Este hartazgo, guste o no, está íntimamente relacionado con la voraz fobia que estos intelectuales han mostrado siempre hacia Israel. Fue Saramago el que comparó Auschwitz con Ramala en el año 2002, en un intento de redimir a los europeos de lo que habían hecho y permitido sesenta años atrás. Y fue Grass quien escribió el poema "Lo que hay que decir" acusando a Israel de ser un peligro para la paz mundial, aplaudido por el NPD, el partido neonazi alemán, y del que el escritor Adolfo García Ortega escribió:

Una vez más, una muestra de exhibicionismo, y me pregunto si no será la enésima cortina de humo sobre su propia historia, cuyo relato, finalmente, ha acabado por creerse.

Aunque intenten minimizar el Holocausto o vaciarlo de contenido, aunque intenten en cierta manera justificarlo con la acusación de que Israel se comporta igual que el régimen nazi, no podrán borrar la vergüenza y responsabilidad de Europa por haber sido cuna no sólo del genocidio de 6 millones de judíos sino de dos mil años de antisemitismo; como tampoco ya podrá Grass borrar su pertenencia al ala militar del partido nazi.

Grass, que, como nos recordó Gabriel Albiac, dijo que tampoco había que hacer tanto ruido por "tres mil blancos muertos" en el 11-S, con diecisiete años se unió al cuerpo militar de las SS, el cual, en palabras de Heinrich Himmler, era el "arma" del partido nazi con derecho a "abatir a los cobardes y los enemigos interiores". El Nobel alemán justificó su militancia en el cuerpo asesino de las Waffen-SS, al igual que "centenares de miles jóvenes", argumentando que fue seducido por Hitler, y que creía en la necesidad de que Alemania tenía que hacer la guerra; pero como apunta Fernando Palmero en El Mundo:

Intentaba (...) diluir su responsabilidad individual en una colectiva. No fueron "centenares de miles" los jóvenes alemanes que se apuntaron voluntarios al cuerpo de élite que dirigía Himmler, las Waffen-SS. No era un cuerpo, en cualquier caso, en el que pudiese entrar todo el mundo. La crueldad de sus métodos y las misiones que tenía encargadas obligaban a una cuidada selección del personal. No sabemos cuáles de esas tareas especiales le tocó protagonizar a él o de qué atrocidades fue testigo. Y luego calló.

El historiador Joachim Fest atinó más aún sobre la postura de Grass:

Cómo puede alguien durante 60 años erguirse sobre la mala conciencia de la nación precisamente en cuestiones de nazismo cuando él mismo estaba implicado hasta el fondo. No sé cómo pudo representar ese papel durante tanto tiempo (...) Grass se las dio durante décadas de ser la instancia moral, y excomulgaba a otros de su generación, a pesar de que él, tal vez de forma involuntaria, estaba más hundido en la ciénaga nazi que otros a los que criticaba.

Cuando la controversia salió a la luz, en agosto de 2006, Michael Jurgs, el biógrafo de Grass, declaró que era "el fin de una institución moral".

Ciertamente, Grass hizo gala de una hipocresía escalofriante al criticar a Alemania por no haber hecho frente a su pasado nazi, como recuerda el historiador Michael Wolffsohn. Grass criticó que Helmut Kohl y Ronald Reagan visitaran el cementerio de Bitburgo en 1985 porque había tumbas de combatientes de las Waffen-SS, mientras él no revelaba que formó parte de las Waffen-SS.

Con semejante bagaje, pocos hubieran pasado por el filtro de la intelectualidad europea harta de pedir perdón por la caída del continente en el abismo durante la Segunda Guerra Mundial. No obstante, se ganó su patente de corso gracias a sus posiciones ideológicas. Un ejemplo de esta indulgencia la tenemos en España: Pablo Iglesias, heredero intelectual de las vertientes post-sesentayochistas, perdona a Grass su militancia nazi, en cambio no perdona su pasado franquista a gente vinculada al Partido Popular.

Fue premio Nobel de Literatura en 1997, merecidamente. Es verdad, pero su legado siempre estará relacionado con las Waffen-SS.

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