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El feminismo banal

Hay que evaluar si esta renuncia a un pensamiento complejo, este ruido, era a donde querían llegar las mujeres que hicieron nuestra mejor historia

Ana López
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Las militantes feministas se han indignado, en recientes y sonadas polémicas, con la idea de que su movimiento sea una moda y un negocio. Y, sin embargo, aunque les pese, eso es lo que el feminismo ha resultado ser.

Esta afirmación no se refiere al feminismo histórico ni a las razones que motivaron la lucha de las mujeres por la igualdad. No se refiere al heroísmo de las primeras sufragistas, que no arriesgaban sus vidas pero sí su prestigio social, ni al intenso debate de ideas que se produjo en la contestación de las décadas sesenta y setenta del pasado siglo. Se refiere a la etiqueta, penosamente ramplona y autoritaria, del feminismo de nuestros días.

El activismo feminista se ha convertido en un gran ruido en la política y, fuera de ella, en fórmulas obligadas de la vida mediática y cultural. Algo de lo que es impensable disentir si se quiere tener éxito en el cine, los medios, la literatura, la docencia, el poder. Y aunque todos los partidos se proclaman feministas y compiten por la apropiación del término, a menudo a través de verdaderos disparates como el del "lenguaje inclusivo", no hay duda de que la derecha ha perdido la batalla: independientemente de las medidas que implante a favor de las mujeres y de su dócil aceptación de los disparates, el feminismo es propiedad de la izquierda.

En el mundo de la cultura, las fórmulas feministas se presentan o bien solas, o bien asociadas a cualquiera de las que integran el nebuloso pensamiento de izquierdas, ese que proclama las insuficiencias de la sociedad occidental sin atender nunca a sus logros. Y, mucho menos, a la evaluación de las soluciones que esa misma izquierda ha propuesto a lo largo del tiempo.

Una feminista de éxito

La escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie, una de las más exitosas de la literatura femenina actual, es un buen ejemplo de lo dicho hasta ahora: se trata de una mujer, negra, africana, que se presenta como paladín del feminismo, de la integración racial y de la dignificación de los países africanos. Es además muy mediática, cosa que explica parte de su éxito; es joven, cuida mucho su imagen: "Soy femenina. Felizmente femenina. Me gustan los tacones altos y probar pintalabios" (por cierto, ¿ser presumida es ser femenina?) y posee un notable dominio de los mecanismos de la comunicación. Es, como se reconoce en los medios, una "carismática autora".

Después de sus dos primeras novelas, La flor púrpura (2003) y Medio sol amarillo (2006), Chimamanda Ngozi Adichie saltó a la fama en 2013 con Americanah, un libro de género inclasificable que obtuvo el National Book Critics Circle Award de EEUU, entre otros prestigiosos premios; en él, se hace un sistemático recorrido por el racismo contra los negros en la sociedad norteamericana. En 2014 publicóTodos deberíamos ser feministas, adaptación de una conferencia pronunciada en 2012, en el TEDxEuston, simposio centrado en los problemas de África. La conferencia se hizo rápidamente viral; superó los dos millones de reproducciones en Youtube, fue utilizada por Beyoncé en su canción Flawless, el título fue estampado en unas camisetas de Dior que famosas actrices se apresuraron a vestir, y ha sido descrito como "un manifiesto para el feminismo en el siglo XXI".

El opúsculo está ahora mismo en todas las librerías, bellamente editado por Random House, y mantiene su alto índice de ventas (va por la séptima reimpresión), así que, cuando personas cercanas a mí lo leyeron, me apresuré a hacer lo mismo. El resultado de acceder a la palabra escrita, sin el apoyo del estudiado y muy eficaz encanto que Adichie despliega en la grabación, no puede ser más decepcionante. Se trata de un conjunto de lugares comunes, banalidades, generalizaciones y anécdotas. En la forma, la conferenciante cuenta diversas experiencias en primera persona como modo de avalar sus afirmaciones. Esta, que es una de las técnicas más corrientes en la comunicación oral, ha sido elevada por el escritor africano Chinua Achebe a "la habilidad de los antiguos contadores de historias".

Endeble argumentario

Los principios de los que parte la conferencia son vagos y pretenciosos:

Hoy me gustaría pedir que empecemos a soñar con un plan para un mundo distinto. Un mundo más justo. Un mundo de hombres y mujeres más felices y más honestos consigo mismos.

Y después Ngozi Adichie expone sus argumentos: el término "feminista" está lleno de connotaciones negativas, y por lo tanto hay que disipar esos malentendidos; debemos pues comprender que una mujer puede ser a la vez feminista e intelectual, femenina y atractiva, puede no odiar a los hombres y puede no estar amargada. Aunque creamos que se ha llegado a la igualdad entre hombres y mujeres, quedan muchas situaciones en las que se produce discriminación, como cuando un camarero le presenta la cuenta al hombre y no a la mujer, o como cuando un maestro prefiere a un niño en vez de a una niña como delegado de la clase. Dice también Adichie que la educación en igualdad es una de las claves para solucionar el problema; tendría que centrarse en la capacidad y los intereses de los estudiantes, no en el género. A los niños no debería inculcárseles la idea de que la masculinidad consiste en ahogar los sentimientos, pues eso produce egos frágiles que las mujeres deben sostener. Una educación represiva niega el deseo femenino y su derecho al erotismo. Las mujeres son educadas para el matrimonio como el hecho primordial de sus vidas. Por otra parte, continúa la autora, hombres y mujeres deberían compartir las tareas domésticas y, juntos, luchar contra el techo de cristal y la desigualdad de salarios vigente en la mayoría de países del mundo. El feminismo, por último, es universal y no conoce barreras geográficas ni culturales

Entenderíamos toda esa banalidad si la conferencia se dirigiera a países en los que el feminismo es aún incipiente o produce rechazo, pero el extraordinario éxito que ha tenido en los países más desarrollados deshace esta suposición. En una nación tan avanzada en cuestiones de igualdad como Suecia, por ejemplo, fue propuesta como lectura obligatoria para adolescentes de dieciséis años a los que se les repartió una copia gratuita en las escuelas.

Ngozi Adichie se aburría leyendo

Las palabras de Ngozi Adichie representan uno de los rasgos más característicos del actual movimiento feminista: la sustitución del pensamiento por las consignas y la incapacidad de estas para evolucionar. La misma Chimamanda reconoce que no ha leído a los clásicos del feminismo porque sus libros le parecían aburridos: "Cada vez que intentaba leer los que se consideraban ‘textos clásicos del feminismo’ me aburría y me costaba horrores terminarlos". Pero el feminismo tiene un recorrido de doscientos años y ha movilizado en su camino unas energías teóricas extraordinarias, tanto en la filosofía, como en el psicoanálisis, la antropología, la historia, las ideas sociales, etc. En los países occidentales, ha producido, además, medidas educativas, legislativas y políticas de enorme calado.

Por lo tanto, casi todas las premisas de Ngozi Adichie pueden ser contestadas desde el interior del movimiento feminista, tras sus largos años de desarrollo. Si comenzamos por lo que dice del término "Feminismo", podemos aceptar que posee connotaciones negativas para algunas personas, pero eso es algo irrelevante. Lo que verdaderamente importa es el uso y abuso que se ha hecho de él hasta desdibujar pavorosamente sus contenidos. Hoy en día, todo es machista y cualquier cosa es feminista. Tal vez esta inflación impositiva explique parte de las connotaciones negativas que preocupan a la autora.

Se repite continuamente que en todos los países hay discriminación y sexismo contra las mujeres, y la crítica ha destacado este aspecto en las palabras de N. Adichie. Pero hay diferencias en los grados y el modo en que las mujeres son discriminadas en unas sociedades o en otras. No son lo mismo las sociedades democráticas o laicas que las totalitarias, ni son lo mismo las de tradición cristiana que las teocracias musulmanas. La incapacidad del feminismo para singularizar la opresión política y el silencio ante la situación de la mujer en el islam, mayor cuanto más avanza el mundo musulmán en nuestras sociedades, es uno de los rasgos más llamativos del movimiento en la actualidad. La igualdad de derechos de las mujeres es un principio universal, pero los medios para lograrla están sujetos a la Historia, al tiempo y al espacio.

Hace años, habríamos aplaudido la necesidad de una educación que no cultive patrones de conducta diferenciados. Hoy, la pregunta es por qué fracasan las machaconas charlas, cursos, campañas y asignaturas por la igualdad que imparten pedagogos y orientadores en los colegios, desde hace al menos tres décadas. No conozco, en nuestra educación pública y laica, cursos de educación sexual en los que se aconseje a las chicas que preserven su virginidad ("A las chicas les hacemos de policía […] las elogiamos por su virginidad", dice Adichie), circunstancia fisiológica que no goza precisamente de excesivo prestigio. El debate sería por el contrario qué hacer con la libertad sexual de las jóvenes, considerar la lucha de muchos padres y educadores entre sus ideas acerca de la libertad y una hipotética necesidad de poner límites –o no poner ninguno– a la actividad sexual de las menores. Y, si se busca educar a los niños según sus intereses y su capacidad y no según su género, entonces habría que preguntarse por qué se mantiene el criterio opuesto en la vida social y laboral con la política de cuotas.

La ambición laboral

"La mayoría de los cargos de poder y prestigio están ocupados por hombres […] cuanto más arriba llegas, menos mujeres hay […] De forma que, en un sentido literal, los hombres gobiernan el mundo". He aquí el famoso mantra que tantas movilizaciones provocó el pasado mes de marzo en el mundo occidental. Pero en este, como en los demás hechos que les suceden a las mujeres, deberíamos querer saber. ¿Ganan menos las mujeres por el mismo trabajo que hace un hombre, "por el hecho de ser hombre", a pesar de las leyes? ¿O es que las mujeres optan por trabajos menos cualificados y, por lo tanto, peor remunerados? Y si es esto último, ¿cuáles son las causas? ¿Qué pasa con la ambición laboral femenina y quién tiene la culpa de que sea considerablemente menor que la masculina? ¿Existe una relación directa con la voluntad de tener hijos y criarlos? ¿Bastaría con que las empresas flexibilizaran sus horarios o sus sueldos para acabar con el problema, o es algo más complejo? Si los niños requieren una gran atención y es bueno y responsable dársela, ¿podría estimularse que fueran las parejas las que decidieran libremente si es el hombre o la mujer quien se conforma con puestos intermedios o, incluso, quien se queda en casa, en vez de pedir que las mujeres ocupen obligatoriamente los puestos de poder al cincuenta por cien con los hombres?

No tengo las respuestas, pero sé que no llegaremos a ellas si mantenemos una visión endeble, autocomplaciente, inmóvil, acerca de los problemas de las mujeres. Después de doscientos años de feminismo, de la generalización de políticas antidiscriminatorias, los términos del debate han cambiado. No podemos suscribir lo que dice Ngozi Adichie: "Hemos evolucionado. En cambio, nuestras ideas sobre el género no han evolucionado mucho". Hay que evaluar, hay que pedir responsabilidades públicas pero también responsabilidades individuales, y preguntarse si esta "visibilidad" impuesta desde arriba, esta renuncia a un pensamiento complejo, este ruido, esta disolución de la individualidad en el Género, era a donde querían llegar las mujeres que hicieron nuestra mejor historia.

En la grabación de la conferencia, la cámara enfoca al auditorio. Un público bien vestido, de apariencia acomodada y culta, formado por personas blancas y negras, escucha atentamente; se ríe con ganas cada vez que Chimamanda Ngozi Adichie cuenta sus anécdotas, asiente complacido, se rinde en el aplauso final. La autora les dice lo que saben y quieren oír, y si algo les roza es la gozosa comunión de los que están en el lado bueno de la Historia: oh, sí, todos somos feministas.

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