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Agapito Maestre

A vueltas con España: España enigmática y problemática

Claudio Sánchez Albornoz escribió 'España, un enigma histórico' desde el exilio para que dejarán de existir dos Españas enfrentadas.

Agapito Maestre
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Claudio Sánchez Albornoz escribió 'España, un enigma histórico' desde el exilio para que dejarán de existir dos Españas enfrentadas.

La cuestión del cristianismo en España sigue siendo tan actual como el debate que sobre ese asunto mantuvieron en el siglo pasado Américo Castro y Claudio Sánchez Albornoz. Algunos malentendidos sobre los que se estableció la controversia aún persisten, quizá para superarlos sería conveniente insistir en los diferentes niveles de discusión de la cuestión debatida. Una disputa teológica sobre el Dios de los cristianos no debería confundirse con una discusión sobre el devenir histórico del cristianismo en España. Estamos obligados a distinguir el plano de la discusión teológica, por un lado, del estudio de la repercusión social del cristianismo en la nación española por otro. Pero no es menos cierto que, independientemente del nivel adoptado por el historiador, el teólogo o el filósofo de la historia de España a la hora de estudiar el rol desempeñado por el cristianismo en la conformación de la nación española, hay aspectos que afectan a todos lo niveles de la confrontación intelectual.

Uno de esos asuntos inevitables para saber de qué hablamos es el de la relación entre el cristianismo y el judaísmo; en efecto, un cristianismo sin judaísmo está destinado continuamente a corregirse y repensarse, o peor, puede acabar en un fracaso teológico y social. Si aceptáramos que es inviable una comunidad cristiana sin la asunción de algunos postulados esenciales del judaísmo, entonces estaríamos legitimados para volver a los planteamientos de don Claudio Sánchez Albornoz, o mejor dicho, podríamos preguntarle a don Claudio: ¿acaso en España no cuajó la Modernidad por la expulsión de los judíos? Uno tiende a pensar que la citada expulsión fue, seguramente, un motivo muy relevante de nuestro problema con lo moderno, aunque Sánchez Albornoz a tenor de sus conclusiones le resta importancia:

"Lo judío contribuyó a la forja de lo hispano no por caminos de luz sino por sendas tenebrosas. Compensada la deuda contraída por España con los pensadores, poetas, escritores y estudiosos hispano-hebreos con la no menos crecida que ellos a su vez contrajeron con España, no obstante las persecuciones que la grey mosaica padeció en la Península, ningún crédito puede alegar contra nosotros, a tal punto nos legó deformaciones y desdichas y dañó nuestro despliegue potencial y nuestro crédito histórico". (España, un enigma histórico, t. III, pág. 998).

Sánchez Albornoz tenía voluntad, por encima de otras consideraciones, de poner en evidencia la tesis de Castro. Pretendía rebatirlo sin concesión alguna. El final de su capítulo "Lo judaico en la forja de lo hispano" no puede ser retóricamente más contundente, pero, en mi opinión, es muy discutible:

"Allí donde emigraron los judíos y los ´marranos`, unos y otros fueron, naturalmente, terribles enemigos del pueblo que los había odiado. El día que se examinen al por menor los daños que en todas las actividades a su alcance -desde el espionaje a la financiación de empresas militares- hicieron a España en momentos dramáticos y decisivos de su historia moderna, y se registre su persistencia en la violenta hostilidad hacia lo hispánico a través de los siglos (…), se comprenderá con qué razón he hablado de cuentas saldadas. Nuestras persecuciones a los hebreos y a sus hijos los conversos de una parte y, de otra, su explotación por ellos del pueblo español durante el medioevo, su sombrío legado a España al salir de ella y sus sañas después de su expulsión, equilibran la balanza". (España, un enigma histórico, t. III, pág. 1011).

No obstante, no creo que el asunto de los judíos, o el de los musulmanes en otros casos y contextos, fuera el estro principal que da vida a la obra de Sánchez Albornoz, especialmente a su España, enigma histórico, contra las tesis de su antiguo amigo Américo Castro. Porque el máximo celo, ardor o pasión del historiador Sánchez Albornoz está puesto en el porvenir de su patria, de su nación, se plantea de modo radical por qué España, la nación española, que tenía con los Reyes Católicos todas las cartas en su mano para entrar por la puerta grande en la Modernidad, fracasa. Me parece que las aportaciones del viejo republicano a este asunto siguen estando de actualidad en los ámbitos historiográficos, literarios y de filosofía de la historia de España. Es menester leer y releer su obra. Discutirla. Imposible aquí pasar revista, aunque solo fuera sucintamente, a todas esas contribuciones, pero sí podemos dar un ejemplo de la fuerza de sus tesis, casi todas ellas construidas, valga insistir en el asunto, en diálogo constante con las mejores investigaciones que se llevaban a cabo en la España de su época; sí, Sánchez Albornoz, que vivía en el exilio, recogía las tesis de quienes trabajaban en la España de Franco, cómo no recordar la importancia que tuvieron para su libro las investigaciones sobre la repoblación en tiempos de la Reconquista de Julio González González, los estudios de Ramón Carande sobre Carlos V y sus banqueros, el ensayo de López Aranguren sobre el catolicismo y el protestantismo como diferentes formas de existencia, los libros de López Ibor sobre el complejo de inferioridad de los españoles, las meditaciones de Pedro Laín Entralgo sobre la conciencia nacional, etcétera…

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Ejemplar es, por poner un solo ejemplo, la crítica de Sánchez Albornoz a la tesis de Castro sobre la influencia del musulmán Ibz Hazm, polígrafo cordobés del siglo XI y autor de El Collar de la Paloma, en Juan Ruíz, Arcipreste de Hita, la voz poética más importante de la Edad Media española y autor de El Libro del Buen amor, no tanto por el desmontaje final de un principio clave de la obra castrista cuanto por el respeto intelectual que muestra el crítico a las tesis de su criticado. Le hubiera resultado muy sencillo a Sánchez Albornoz terminar rápido la discusión apelando a los grandes arabistas españoles que consideraban poco menos que una locura derivar El libro del Buen Amor, texto fundamental de la literatura española, de El collar de la paloma. Naturalmente, Sánchez Albornoz no deja pasar la oportunidad brindada por los arabistas contra el supuesto mudejarismo del Arcipreste, pero lo decisivo es reconocerle a Castro que una nación no puede conocerse sin su literatura.

Nunca agradeceremos suficientemente a Sánchez Albornoz, un historiador de hechos y acciones, de la política y lo social, que haya concedido a la literatura, ese ámbito de la creación humana abierto permanentemente a la fabulación de lo hipersubjetivo, un puesto imprescindible para conocer el devenir "objetivo" de una sociedad. La literatura, digámoslo con pocas palabras, es esencial para construir racionalidad pública:

"Cualquier intento de interpretación del pasado de una comunidad histórica no puede dejar a la vera del camino al examen de los fenómenos literarios. Difícil tema para todos; archidifícil para mí. Difícil para todos, aunque los más no lo crean, porque los fenómenos literarios brindan tantas facetas diferentes y contradictorias y tantas incitaciones encontradas y complejas a los más agudos y sutiles buceos interpretativos, que son selva laberíntica en la que fácilmente se extravían los más serenos críticos. Y archifícil para mí porque (…) nunca han atraído mis estudios y mis meditaciones (…). Pero no me cabe libertad de opción. Soy prisionero de mi ambicioso empeño. Y he de asomarme al proceso histórico de las relaciones entre la vida y la literatura de mi patria española". (España, un enigma histórico, t. II, pág. 377).

Aceptar la discusión en el terreno del adversario, en el ámbito de la historia y la crítica literaria, no es la mayor virtud de Sánchez Albornoz, sino también reconocer que lo literario, "reducido a sus justos límites", es un valor primordial en la historia de una nación, un factor decisivo en la forja de su contextura vital (España, un enigma histórico, t. II, págs. 377 y ss). Entra, pues, don Claudio en el campo del adversario asumiendo el riesgo de ser vencido por todas partes, pero, en mi opinión, no sólo gana la batalla, sino que también nos da a conocer lo mejor de las tesis de Castro sobre la vinculación de la literatura y la vida antes y después del Arcipreste de Hita. Sí, más allá de su victoria sobre el supuesto mudejarismo del Arcipreste de Hita, defendido por Castro, Sánchez Albornoz da una lección eterna no de cortesía intelectual sino de reconocimiento intelectual del adversario:

"Pocos estudios he leído en los últimos tiempos tan apasionantes como el dedicado por Castro al Arcipreste. Sus derroches de ingenio y de sutileza, su extraordinaria habilidad dialéctica, sus sorprendentes hallazgos expresivos, el zigzagueo en arabesco de sus alegatos, todo arrastra al ánimo peor dispuesto. Y sin embargo". (España, un enigma histórico, t. II, pág.451).

Sí, sin embargo, don Claudio demuestra con solvencia que el Archipreste de Hita y su Libro del Buen Amor poco tienen que ver con El Collar de la Paloma:

"El Arcipreste de Hita es para Castro un clérigo castellano que vive una vida mudéjar; su obra es fruto sazonado del injerto vital y cultural cristiano-islámico. No me seduce el calificativo que Castro da a la vida de Juan Ruíz, porque mudéjar es lo hecho por moros al servicio de cristianos y el mudejarismo implica una simbiosis de signo contrario a la que supone engendrado el Libro del Buen Amor" (España, un enigma histórico, t. II, pág.451).

De parecido rango intelectual al de esta discusión "literaria", que por cierto don Claudio prosiguió con Rosa Lida de Malkiel, la extraordinaria filóloga argentina de origen hebreo, son otras contribuciones en el campo económico, teológico y político. En realidad, tiendo a pensar que toda la "filosofía de la historia de España" construida por Sánchez Albornoz tiene como principal objetivo mostrar las ambigüedades y zozobras de España con la modernidad. Son el cometido central de los últimos capítulos de España, un enigma histórico.

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Son tantas y tan diversas las causas espirituales, sociales y políticas que estudia Sánchez Albornoz para explicar "el cortocircuito de la modernidad española" que se diría que el verdadero problema de España es la propia España. Otra vez el título del libro de Laín Entralgo, España como problema, nos sirve para darle cobijo a otra de las grandes reflexiones sobre España como nación. Mas cualquiera que fuera la valoración que hiciésemos de sus grandes afirmaciones o tesis, más allá de nuestra disidencia o acuerdo con las razones de don Claudio para cuestionar nuestro tardío o fracasado intento de modernidad, nunca podemos dejar de contemplar y aprender de sus lecciones para salir de uno de los motivos que nos mantienen aún en los límites de una sociedad moderna, a saber, la formación de dos Españas enemigas e irreconciliables. El intento de predecir, prever, cuando no profetizar, el futuro de España es la otra excelsa aportación de España, un enigma histórico; aunque se muestra de modo explícito en el último capítulo, me parece que sería una injusticia pasar por alto este aporte genuinamente político, o mejor de discurso político, al devenir de la nación española.

Integrarse en la modernidad, dar carpetazo a las dos Españas y desarrollar en Europa un genuino Estado-nacional no son asuntos menores para releer a don Claudio. ¿Europa y España? Sí, en el año 1956, Sánchez Albornoz advertía algunos apuntes sobre Europa y España que son algo más que "angustiosos recelos":

"A la luz del pasado de España pueden calcularse las gravísimas proyecciones que esa perdurable vigilia armada puede tener en la mudanza de la contextura vital de cada nación y también en la acuñación de la herencia temperamental de Europa". (España, un enigma histórico, t. IV, pág. 1387).

Es obvio que Europa sin España para don Claudio es inviable, por su pasado, presente y futuro. Para avalar mi afirmación daré un cita de España, un enigma histórico, es larga, lo siento querido lector, pero también imprescindible para repensar nuestra nación en Europa:

"En 1932, cuando mayor virulencia alcanzaban los nacionalismos en el mundo y menos podía sospecharse la caída de Europa bajo la amenaza señorial de dos comunidades políticas de ellas nacidas pero extrañas a ella, adiviné en Roma el porvenir que ya ha llegado. Y defendí la urgente precisión salvadora de articular el estado continental europeo. Veinte años después de que anunciara mis temores, millares y millares de hombres creen ya en el futuro alumbramiento de Europa. No deseo aquí, en estas páginas, tomar partido en los problemas políticos de hoy. Por cima de ellos miro desde el ayer hacia el mañana, desde el ayer de España hacia el mañana de Europa. No sé si esa Europa, todavía lejana, será obra de la convicción, del miedo o de la espada -la espada, el miedo y la convicción hicieron en su día las naciones modernas superando sus particularismos-, pero históricamente me parece seguro que los pueblos europeos se integrarán antes o después en una comunidad política (…). ¿Los españoles vamos a ver llegar esa integración supranacional encastillados en nuestras ya seculares posiciones antagónicas? ¿A la deriva de una Europa que nos ha encandilado con sus luces? ¿O con el entrecejo fruncido frente a ella?". (España, un enigma histórico, t. IV, pág. 1387).

Si alguien, después de leída esta meditación de Sánchez Albornoz, no tuviera claro que la política, el discurso político, es una dimensión de la historia, es decir, de la conexión del pasado con el presente y el futuro, entonces jamás comprenderá que un historiador, un político, en fin, un ciudadano español en el exilio, escribió España, un enigma histórico para que dejarán de existir dos Españas enfrentadas:

"Es hora de que esas dos Españas dejen de mirarse con odio como fuerzas enemigas, unilateralmente responsables de los males de la patria común, sin posible concordia y, a lo que creen, obligadas en interés propio y en interés de la España única, a la supresión de la facción hostil y culpable. Histórica y vitalmente ninguna está libre de responsabilidad; y vital e históricamente son complementarias. No es imposible su pacífica y jurídica convivencia". (España, un enigma histórico, t. IV, pág. 1386).

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