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EDITORIAL

El ministro, las mujeres y sus "obras difíciles"

El contenido de la ley que ha anunciado el titular de Cultura es un completo despropósito y, sobre todo, un despropósito que debería ofender a las mujeres.

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No deja de sorprender que en un mundo como el de la cultura, que presume de ser punta de lanza del progreso –esa es, de hecho, una de las razones por las que artistas de diversos sectores exigen ser subvencionados– y que se permite dar incesantes lecciones morales y políticas sobre los más variados temas, no sea ya perfectamente paritario y feminista.

Porque si, tal y como explicó el ministro Rodríguez Uribes este miércoles, es cierto que hay "una brecha [de género] inaceptable" que justifica que las obras realizadas por mujeres reciban subvenciones extra, deberíamos concluir que los profesionales de la cultura no hacen en sus propias vidas, trabajos y proyectos lo que con tanta vehemencia exigen a los demás en sus discursos llenos de moralina y superioridad.

Más allá de esta sorpresa inicial, el contenido de la ley que ha anunciado el titular de Cultura es un completo despropósito y, sobre todo, un despropósito que debería ofender a las mujeres: es absolutamente impresentable que una obra cinematográfica se considere difícil sólo porque la persona que se encarga de una parte del proyecto es mujer. ¿Acaso cree el ministro que las mujeres tienen menos capacidad? ¿Hay algo genético o fisiológico que les complique determinadas tareas audiovisuales?

Realmente, cualquier mujer que no aspire a aprovecharse de esas subvenciones debería sentirse ofendida. De hecho, cabría preguntarse qué pensaríamos si se aplicasen criterios similares a otros ámbitos de la vida; por ejemplo, si las mujeres tuviesen más puntos en el carnet de conducir para que las carreteras fuesen más paritarias.

Lamentablemente, los referidos al cine no son los únicos despropósitos que anuncia la referida ley, que también contempla, por ejemplo, que las bibliotecas compren la misma cantidad de libros escritos por hombres y por mujeres, lo que supone un criterio absolutamente abracadabrante de selección: ¿qué clásicos de la literatura se dejarán fuera? ¿Prescindiremos de Cervantes o García Lorca para dar entrada en las bibliotecas españolas a alguna escritora desconocida?

Sin embargo, lo más grotesco es probablemente la pretensión de que las obras de teatro tengan el mismo número de actores que de actrices. Los problemas pueden resultar extremadamente divertidos: ¿qué se hará en las obras que sólo tengan un número impar de personajes? ¿Habrá que poner a un hombre a hacer de cadáver en la conocida adaptación teatral de Cinco horas con Mario, monólogo que interpreta una mujer?

No sabemos aún si este proyecto incorporará finalmente todas estas propuestas o los trámites pendientes suavizarán y racionalizarán su contenido, pero cabe esperar lo peor: la llegada al poder del feminismo identitario que defienden el PSOE y Podemos va a deparar, nos tememos, muchos casos en los que la ideología pasará por encima del sentido común como una apisonadora.

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