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Si algo nos ha enseñado esta semana el caso Gil de Biedma es que un pecado pesa más que mil virtudes.

Luis Herrero Goldáraz
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Los mejores libros hacen pensar sin pretenderlo. Uno los cierra de repente y siente, por ejemplo, que habría que congratularse de muchas cosas en estos tiempos tan convulsos. Si las aseveraciones más entusiastas que hay publicadas por ahí estuvieran en lo cierto, se me ocurre, Calígula en persona abandonó la Casa Blanca hace una semana sin que hiciera falta que un complot de senadores le apuñalase por la espalda a la salida del lavabo; gesto de cortesía, cuanto menos, que debería emocionar. La ocurrencia es magistral, en mi opinión, porque aunque alguno afee la comparación de personajes, lo que no podrá negar es que 2.000 años de civilización han cundido de lo lindo. El pasado día 20 llegó Biden y voló Trump, en una imagen que ilustró como ninguna esa renuncia a la sangre que ha venido a convertirse en norma básica de educación. Algunos se quejarán de que el género histórico vaya a quedarse sin grandes dramas con los que alimentar la industria del cine, qué le vamos a hacer, pero al menos los servicios de limpieza palaciegos lo agradecen.

Se pregunta Stephen Dando-Collins en su último libro cómo de certeras son las comparaciones entre el déspota romano y el presidente saliente de Estados Unidos. El ejercicio es interesante no tanto por lo manido del paralelismo como por la respuesta del escritor, capaz de dar sin pretenderlo una definición reutilizable para cualquier líder político de nuestro tiempo. Así, enumera, por ejemplo, que tanto Calígula como Trump comparten rasgos narcisistas como la necesidad de admiración y la falta de empatía; que reconocer errores no es lo suyo; o que “ambos disfrutan desplegando una personalidad dominante sin ofrecer ninguna excusa”. Como colofón, al menos para el público español, lanza al aire una sentencia que igual podría decorar la faja de más de un manual de resistencia: “Calígula nunca olvidó una ofensa, ni a él ni a su familia, y se vengó rencorosamente, en ocasiones años después del suceso”. Leyendo a Dando-Collins uno llega a preguntarse cuáles son los verdaderos referentes de la gente que nos gobierna.

Aunque de todas las comparaciones sin duda la que brilla por su ausencia es quizás la más interesante. Relata Stephen que, nada más subir al trono, Claudio trató de borrar a conciencia el legado de su sobrino y predecesor. No lo consiguió, evidentemente, si tenemos en cuenta que, a día de hoy, el único emperador capaz de competir en la carrera por ser el monstruo más vistoso de la Antigua Roma es Nerón, ese pintoresco fin de raza de la dinastía Julio-Claudia. A Trump, por su parte, tampoco nadie podrá borrarle de la Historia. Pero lo harán de Twitter, castigo bastante más severo si nos ceñimos a los intereses que dominan nuestro tiempo. Pensando en esas cosas uno se da cuenta de lo errado que estaba Stalin cuando consideraba que el mayor castigo para el caído en desgracia era eliminarlo por completo de la existencia. Si algo nos ha enseñado esta semana el caso Gil de Biedma, por ejemplo, es que un pecado pesa más que mil virtudes –sobre todo si lo dejas por escrito de tu puño y letra–; y que cualquier olvido en vida es preferible a vivir como un villano eternamente.

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