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Luis Herrero Goldáraz

El mito de Carvajal

Quizá quien estaba siendo castigado era el torturador. Tiene que ser demoledor tratar de doblegar eternamente lo que no se puede romper.

Quizá quien estaba siendo castigado era el torturador. Tiene que ser demoledor tratar de doblegar eternamente lo que no se puede romper.
EFE

De todas las cosas que se pudieron pensar durante los cien minutos de onanismo guardiolista del pasado miércoles —hubo ratos en los que parecía que lo que estábamos viendo era eso, al Madrid secuestrado y torturado, obligado a contemplar eternamente el perfectamente improductivo Estilo desarrollarse de forma infinita delante de sus ojos, a modo de castigo por sus pecados—; de todas las cosas que pudieron pensarse, digo, la que se me ocurrió pensar a mí tuvo que ver con el tiempo. Uno iba mirando el pasar de los minutos mientras escuchaba la narración del asedio y comprendía por qué lo más terrorífico del infierno es que es eterno. Hoy me pregunto si Camus, de haber tenido que vivir en esta época, no habría desechado El mito de Sísifo y habría tirado por titular su ensayo como Carvajal achicando espacios.

Por aquí se desprende otra idea algo ambigua pero que resulta infinitamente interesante si se contempla desde la distancia. El hecho de que el infierno del Madrid sólo pueda nutrirse de su convencimiento absoluto en la victoria cuando nadie más le da por vivo. Es decir, la peculiaridad de que nuestra mayor pesadilla no sea la derrota, sino esa victoria segura que por ahí se acerca pero que nunca llega, no termina de llegar, en este partido sin aire que no nos permite ni una bocanada furtiva, ni una arrancada anarquista y llena de vida de Vinicius, ni un mal control del rival.

Debe ser contradictoriamente liberador el momento en el que uno comprende que puede darse por vencido. Que puede, de alguna manera, parar el reloj. Aunque luego se piensa mejor y se descubre otro resquicio todavía más interesante, por inasible: ese segundo insensato en el que, váyase a saber por qué, Jude Bellingham cae a la lona en la prórroga, prácticamente derrotado, y se levanta de ella con piernas nuevas, como un Cristo resucitado dispuesto a morir en la cruz otra vez, con una determinación insondable que debe nacer nuevamente porque lo que no sabe hacer es morir. Durante cien minutos, el miércoles, estuve pensando en el infierno porque lo sufrí. Han tenido que pasar dos días para que se me ocurra que quizá quien estaba siendo castigado era el torturador. Tiene que ser demoledor tratar de doblegar eternamente lo que no se puede romper.

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