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En un segundo, todo lo demás

Si alguna vez vuestras novias os preguntan, queridos niños, para qué sirve la Eurocopa, decidles que sirve para viajar en el tiempo.

Si alguna vez vuestras novias os preguntan, queridos niños, para qué sirve la Eurocopa, decidles que sirve para viajar en el tiempo.
EFE

Hubo un segundo en el España-Italia en el que pudo concentrarse el partido entero, la Eurocopa, el fútbol mismo y, si me apuras, nuestras vidas. No fue el segundo del gol, aunque de alguna forma sí. Fue el segundo anterior, ese instante en el que Calafiori, asomado al precipicio de su propia portería, movió instintivamente su rodilla izquierda y levantó ligeramente los brazos, iniciando un gesto que debía anunciarle al mundo que el peligro había sido conjurado, que la posición estaba ganada y que lo único que faltaba era seguir con la mirada la trayectoria del balón, ya inofensivo, hacia donde acaban las falsas promesas de gol. Como digo, fue un segundo solamente. Pero un segundo de los que explican que en un segundo cabe la eternidad. Poco tiempo antes —nada, realmente— Nico Williams había apurado la banda y sacado un centro que fue como una muerte: no por anunciado posible de evitar. La sucesión de acontecimientos fue instantánea. La pelota paseó por el área con la determinación distraída de los perros que van marcando árboles en el parque; rozó caprichosamente los obstáculos que le salieron al encuentro —la cabeza de Morata, el guante de Donnaruma—; rebotó sobre sí misma imperceptiblemente y, durante un lapso imposible de medir, se quedó suspendida en el tiempo, desacompasándolo a su antojo, sólo que nadie lo notó. Después —o antes, quién sabe— impactó rotundamente en una rodilla que no debía estar allí, pero que estaba, porque había seguido los designios de otra época. Y Calafiori cayó al suelo, derrapando como un delorean que acabase de regresar de un viaje infinito por su propio multiverso neuronal. Nada más verle yo lo supe. Lo de menos era el gol.

Hay segundos como ese todos los días, incluso a todas horas, pero pocas veces son tan perceptibles como para dejarnos reparar en ellos. Hace falta que algo ocurra a su alrededor, que alguna encrucijada se dirima delante de nuestras narices en el preciso instante en el que se dan para que caigamos en su elástico poder de seducción. Porque son elásticos. Se dilatan a su antojo y nos atrapan como dos paréntesis dentro de un texto que no se ha terminado de escribir. Son como segundos de Schrödinger. Instantes eternos en los que todas las posibilidades han sido abiertas pero se mantienen a la espera, dejándonos observarlo todo lentamente, tanto el futuro como el pasado, en una especie de parálisis existencial. Así que si alguna vez vuestras novias os preguntan, queridos niños, para qué sirve la Eurocopa, decidles que sirve para viajar en el tiempo. Y cuando os miren con esa cara que ponen las novias antes de mandaros a la mierda, sabed que no es su culpa no entenderos. Ellas no imaginan que vivimos una semana adelantados porque ya estamos en octavos. O que, para cuando esos octavos se den, llevaremos dos instalados en 2008, aquella época en la que fuimos felices sin saberlo. Y todo porque alguien decidió, no sabemos quién, que Calafiori no fuese un destino turístico, o una marca de coches, sino un central. Y que moviese una rodilla. Y que ocurriese todo lo demás.

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