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Dulce tormenta de verano

Algo así debe ser morir, posiblemente: una tregua salvífica entre dos veranos asfixiantes.

Algo así debe ser morir, posiblemente: una tregua salvífica entre dos veranos asfixiantes.
El Capitolio y el Monumento a Washington son alumbrados por dos rayos durante una tormenta eléctrica producida en Washington, DC. | EFE

La primera gota cayó como caen los avisos bomba y yo pensé inmediatamente en las palabras de mi hermano el día anterior, durante nuestra dura negociación: "Yo tendería la ropa dentro", había dicho. "Basta que lo hagamos fuera para que se ponga a llover barro". Lo de menos era que sus palabras tuviesen sentido; lo de más que siempre estén cargadas de razón. El impacto contra el cristal de la cocina fue tan repentino que ni siquiera me dio tiempo a arrepentirme de haber terminado haciendo lo que Dios me dio a entender, que es cualquier cosa menos la que me sugiera un tipo al que he educado yo. Justo después llegó mi reacción, rápida e instintiva como la de una abuela gallega, si las abuelas gallegas fueran madrileñas y torpes y no supiesen nada de lo que es llevar las riendas de un hogar. Volaron cosas. Voló el cuchillo que tenía en la mano, por ejemplo. Voló mi alma, todavía en vilo. Voló una cebolla a medio cortar y voló mi imaginación, desbordada de repente por ríos de lodo bíblicos y por plagas de miseria salidas del infierno con el único objetivo de joderme la colada y los lazos familiares. "¡Qué nos estás haciendo, Pedro Sánchez!", me escuché gritar. Y salí volando yo en un arranque impetuoso que sin duda una abuela gallega habría sabido ejecutar mejor. Lo demás no lo recuerdo bien, aunque algunas cosas las retengo. Por ejemplo, mi mueca sorda, a cámara lenta. Y el crujido del meñique de mi pie cuando fue a estrellarse contra la esquina del pasillo. Yo reptando a gatas, desesperado, atravesando una trinchera de dolor y extendiendo un brazo agonizante en dirección al otro extremo de la casa. La Cabalgata de las Walkirias retumbando en algún lado, por ahí encima. Y mi salón en un blanco y negro tremendamente cinematográfico. Hasta que todo concluyó con un fundido espectacular.

Cuando recuperé el cerebro, la colada seguía ahí, bailando en la tormenta como los pies de la familia de Máximo Décimo Meridio. El gris del cielo lo envolvía todo igual que el canto de un sordomudo. Yo, sentado todavía y con la espalda apoyada en la pared, deduje por los chasquidos contra el asfalto que lo que caía no iba acompañado de calima, sino de granizo, y suspiré aliviado de saber que por lo menos podía aferrarme a una salida desesperada cuando llegase el "te lo dije" histórico. En eso, lo que llegó fue un olor. Primero insinuante, después arrollador, como si hordas de bárbaros atilas hubiesen decidido iniciar un fuego en mi vestíbulo. Por último el humo, más denso y más negro que mi futuro, y la fina convicción de que seguro que hay cosas peores que que se te calcine la comida, pero yo no sé cuáles son. A falta de una lira, y de un caballo al que nombrar general de mis ejércitos, lo que hice fue reírme. Primero suavemente, con una cadencia lenta. Después a calzón quitado. Durante no sé cuántos minutos me dejé llevar por una carcajada automática que tapó el sonido y que se sobrepuso a las crepitaciones de la lluvia. Y entonces ya no estaba allí, rodeado de caos o de silencio. Estaba en otro lado, más próspero y más pacífico. Un lugar suave como la brisa que notaba contra mi cara y dulce como el frescor de la tormenta que aparecía al fin, yo la notaba, no como portadora de calamidades, sino como una tregua salvífica entre dos veranos asfixiantes. El tiempo se detuvo y todo estuvo bien, por un momento. Las cosas importantes dejaron de importar, subrayando el valor de lo invisible. Y yo pensé que algo así debe ser morir, posiblemente. Tampoco tuve que esperar demasiado para comprobarlo porque justo en aquel momento escuché el sonido de unas llaves y a mi hermano al otro lado de una puerta, que se abría.

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