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Utopía, perversión y terror: por qué la revolución devora a sus hijos

Pitirim Sorokin detalla cómo los procesos revolucionarios destruyen el orden social, hunden a la población en la miseria e impulsan el terror.

Pitirim Sorokin detalla cómo los procesos revolucionarios destruyen el orden social, hunden a la población en la miseria e impulsan el terror.
Lenin dirigiéndose a una multitud en la plaza Sverdlov, Moscú. | Alamy

Después de muchos años de pacífica evolución 'orgánica', la historia de la humanidad ha entrado de nuevo en un período 'crítico'. Por fin, la revolución, odiada por unos y bien recibida por otros, ha llegado. Su fuego ya consume algunas sociedades y se aproxima peligrosamente a otras. ¿Quién puede predecir hasta dónde se extenderá esta configuración? ¿Quién puede estar seguro de que tarde o temprano este huracán no destruirá su propia casa? Nadie.

Así alertaba en 1924 Pitirim Sorokin sobre los peligros del ardor revolucionario al comienzo de La sociología de las revoluciones, que acaba de ser editada por Deusto en colaboración con el Instituto Juan de Mariana y Value School. Dos años antes, el sociólogo y filósofo ruso había sido desterrado, tras ser testigo de la Revolución bolchevique y sus consecuencias, incluidos los padecimientos durante la Guerra Civil posterior. Su conclusión es clara: en lugar de la emancipación de los pueblos que dicen perseguir, los procesos revolucionarios implican un mayor sufrimiento y una involución de la sociedad. Es más: para Sorokin el fondo de toda revolución es un pozo de falsedad, cinismo e hipocresía.

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Editorial Deusto

En su estudio, Sorokin constata que, durante las revoluciones, se produce una perversión de la conducta humana en todos los ámbitos: se transforma el comportamiento del pueblo, su psicología, su ideología, sus valores y sus creencias. Se produce así una 'biologización' de la conducta humana, con la que los impulsos más primitivos e instintivos toman las riendas de la psique y, al mismo tiempo, los caracteres adquiridos mediante la socialización y el aprendizaje –lo que denomina 'reflejos condicionados'– quedan inhibidos. Como consecuencia, desaparece el respeto a la propiedad, se incrementan las conductas irresponsables –incluido el ámbito sexual–, se rechaza el trabajo, se cuestiona la autoridad y se produce un alejamiento de los valores religiosos y morales.

Lo anterior, sumado a la violencia propia de los estallidos revolucionarios, implica también un cambio de la estructura de la sociedad, afectando directamente a la mortalidad, la natalidad y las condiciones de vida de la población. Al respecto, el sociólogo proporciona además una gran cantidad de información estadística relacionada con los cambios demográficos: no sólo hace referencia a las consecuencias de la Revolución rusa, también utiliza como ejemplos la Revolución francesa de 1789, la de 1848 y la inglesa del siglo XVII, así como otras rebeliones de la Edad Antigua, como la de los Graco en Roma.

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Editorial Deusto

Sorokin subraya que en todo proceso revolucionario podemos distinguir dos momentos o etapas: una primera fase de ruptura con respecto al orden establecido y una fase de reacción frente a los excesos producidos durante la anterior. "La esencia de esta 'reacción' no es algo absolutamente negativo, que la distinga de una ideología revolucionaria absolutamente positiva, (...) sino que es la corrección inevitable, y con frecuencia perfectamente legítima, de los errores cometidos por la revolución", argumenta.

No obstante, que las revoluciones tiendan a ser frenadas por la reacción de la propia sociedad no ha de constituir un motivo de despreocupación ante los excesos. Al contrario: Sorokin alerta del alto precio que se paga para frenar la rebelión. Son el hambre, el sufrimiento, la pobreza y la represión lo que motiva esa reacción del pueblo contra la revolución. ¿Merece la pena? Responde Sorokin: "Por supuesto, la revolución también da algunos resultados positivos... Pero incluso el suicidio tiene algunos aspectos positivos. La cuestión es ¿qué importancia tienen en comparación con los resultados negativos?".

Una visión realista de la revolución

La aproximación de Sorokin en su estudio sobre la revolución es, en esencia, de carácter realista. En este sentido, es evidente el interés que muestra el sociólogo ruso por el análisis histórico, fundamentando su labor teórica en las experiencias legadas por algunas de las revoluciones más importantes. Recordemos que Maquiavelo, en los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, ya había adelantado que "el que estudia las cosas de ahora y las antiguas conoce fácilmente que en todas las ciudades y en todos los pueblos han existido y existen los mismos deseos y las mismas pasiones".

Si por algo resulta relevante el estudio del pasado para un realista, es porque considera que existe una naturaleza humana que permanece a lo largo del tiempo en las distintas sociedades y que podemos conocer atendiendo a las constantes del devenir histórico. El realista considera que, mediante la reflexión histórica, podemos obtener importantes conocimientos acerca de lo político, tratando de "captar lo universal en lo particular". Esto es lo que, en última instancia, nos vacuna contra el utopismo.

Por tanto, en su teoría de la revolución Sorokin incluye una idea de la naturaleza de la condición humana, que le lleva a explicar por qué ésta tiende regresar a una situación similar a la inicial. De hecho, en la introducción del presente volumen, la primera consideración que realiza es clara: "una reforma no debe profanar la naturaleza humana ni contradecir sus instintos fundamentales".

Precisamente, Sorokin denuncia también el 'ilusionismo revolucionario' y defiende, en términos similares a los que utiliza Hayek cuando habla de las instituciones sociales evolutivas, que el orden social "es el resultado de siglos de adaptación de la humanidad a su entorno". Así, rechaza el utopismo de los revolucionarios y sostiene que un orden social presuntamente más perfecto sería muy difícil de alcanzar o, en todo caso, supondría en realidad una involución.

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