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Juan Manuel González

'La boda de mi mejor amiga'

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Cuando La boda de mi mejor amiga - convencional título español de Bridesmaids- se estrenó el pasado mes de mayo en EEUU, ni siquiera la Universal preveía los extraordinarios resultados de crítica y público que ha cosechado la película producida por el último as de la comedia estadounidense, Judd Apatow. Y es que gracias al cada vez menos habitual boca-oreja, la película escrita y protagonizada por Kristen Wiig se ha convertido en una de las sensaciones de la temporada.

La boda de mi mejor amiga significa el asalto de Apatow al cine protagonizado exclusivamente por mujeres y narrado desde el punto de vista de una de ellas, todo ello sin tocar un ápice la sustancia grosera y adulta de sus comedias varoniles. La fórmula se revela como totalmente unisex y capaz de complacer a todas las audiencias, independientemente de su género. La boda de mi mejor amiga es, de hecho y probablemente, la mejor de todas las aportaciones de Apatow al género de la comedia.

Una cinta que pese a su título español está muy lejos, en realidad, de caer en las redes del sobado género de la comedia romántica. La cinta dirigida por Paul Feig, en realidad, centra casi toda su atención en el retrato de Annie, el personaje interpretado por una excelente Kristen Wiig. Una joven pastelera de Milwaukee que ha fracasado en todos los aspectos de su vida: abandonada por su novio, humillada por su amante, obligada a cerrar su establecimiento en plena recesión, y compartiendo piso pese a sobrepasar con mucho la treintena. No obstante, la peor humillación para Annie vendrá cuando tenga que asistir con perplejidad a los preparativos de la boda de su mejor amiga, en la que ejerce como dama de honor.

Como es habitual en las comedias de Apatow, La boda de mi mejor amiga se sustenta totalmente en los personajes, las interpretaciones, y en largas escenas de diálogos groseros y gamberros, pero tras los cuales se esconde un patetismo y una ternura capaces de establecer una conexión genuina y real con el espectador adulto –eso en los mejores casos, en los peores simplemente lo aburren-.

La cinta dirigida por Paul Feig pertenece, afortunadamente, al primero de los grupos. El director demuestra una notable capacidad de observación y centra sus miras en el personaje de Wiig, y no en la boda de marras. Y la actriz demuestra, por su parte, saber muy bien cómo coger de la mano al espectador -su cara de perplejidad en algunos de los gags más delirantes vale el precio de la entrada- e implicarle sentimentalmente en una trama que hace de la sencillez su mejor arma.

Por lo demás, el guión, co escrito por la propia Wiig -que demuestra ser una genuina estrella-, esparce sal gruesa en su firme decisión de anular los clichés del género romántico, pero se reserva algunos gestos de verdadera sutileza y auténtico talento. La química que ésta logra con el resto del reparto –ver la conversación inicial en la cafetería-; el conjunto de secuencias que transcurren dentro de un avión -una mini película en sí misma-, y el escaso impacto en el filme de la boda una vez ésta se produce, soportan la historia y el interés del espectador, aunque la extensa galería de secundarios del filme eleve su duración innecesariamente hasta casi los ciento treinta minutos, un defecto habitual de las películas Apatow. Aún así, La boda de mi mejor amiga demuestra cómo se fabrica un buen éxito sorpresa.

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