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Juan Manuel González

'London Boulevard'

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London Boulevard es una nueva muestra del género de gángsters londinenses, ése que inauguró Guy Ritchie con Lock & Stock, y que en manos de William Monahan, el guionista galardonado con el Oscar por Infiltrados, y que aquí debuta en la dirección de largometrajes, se transforma en un viaje a través del crimen y en un camino imposible a la redención por parte de su protagonista.

London Boulevard sigue los pasos de Mitchel (lacónico y contundente Colin Farrell) nada más salir de prisión. Antes criminal y ahora en el paro, Mitchel recorre los bares de Londres en busca de un empleo limpio que le permita alejarse de los bajos fondos, y no tardará en encontrarlo como protector de Charlotte (Keira Knightley), una joven y exitosa estrella de cine acosada por los paparazzi. Entre ambos parece surgir una atracción evidente. Pero Mitchel ha llamado sin saberlo la atención de Gant (Ray Winston) un gangster que lo quiere reclutar en sus filas, y que no está dispuesto a dejarlo marchar tan fácilmente...

Como era de esperar en Monahan, London Boulevard está preñada de certeros y agresivos diálogos, de cierto sentido del humor que (en su primer acto) resulta perfectamente compatible con la tragedia que se masca. La película funciona entonces como un verdadero disparo. Pero el guionista y director acaba mostrando su peor faceta –ésa que Martin Scorsese y Ridley Scott contuvieron, en parte, en Infiltrados yEl Reino de los Cielos, respectivamente- y aplasta los méritos de su propio planteamiento a través de un desarrollo que trata de ser cruel, irónico y trágico, pero que se queda en efectista, artificioso e ilógico. Monahan desperdicia totalmente el elemento romántico y con ello deja coja la película, reduce el personaje de Knightley a un monigote (y así lo interpreta la actriz), y se entrega a la parte más hard-boiled de la historia, que de todas formas está hueca, al no existir un contrapeso emocional adecuado que dé sentido al filme.

Aún así, hay en London Boulevard algo que insta a seguir mirando pese a los efectismos que se permite Monahan. Se trata de los actores (Colin Farrell muestra su mejor cara, la de la estrella de cine que podría haber sido), de la concepción de los diálogos como una agresiva montaña rusa, y de su ritmo seco, despiadado y sin estilismos. La película está filmada con clase y triunfa al visualizar una ciudad tan sórdida como elegante, repleta de vagabundos y paparazzi, algo que le sirve a Monahan para hacer una ácida crítica del mundo de los tabloides británicos que finalmente no aporta nada. Porque todo carece del aliento trágico de Atrapado por su pasado, otra historia de criminal acorralado a la que parece mirar Monahan con un ojo, y al final se reduce a los golpes sobre la mesa de su autor, forzándose a sí mismo a repetir la fórmula de Infiltrados (su súbito final, su desencanto crónico) aunque película no sea la misma.

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