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El argumento que nos propone Soul Surfer, basada en la historia real de la joven surfista Bethany Hamilton, entronca directamente con la épica del drama de superación y deportivo estadounidense. No obstante, la odisea adolescente dirigida por Sean McNamara y protagonizada por AnnaSophia Robb no tiene mucho que ver con Mi pie izquierdo, de Jim Sheridan, y en realidad tampoco con Rocky, si nos atenemos a la segunda de las categorías.

El filme está basado en la autobiografía de la propia Hamilton, toda una figura en el ámbito del surf. En el año 2004 y con apenas 13 años, la rubia protagonista perdió el brazo mientras surfeaba como resultado del ataque de un tiburón, pero regresó a casa con el firme propósito de superar sus limitaciones y convertirse en un ejemplo de lucha contra la adversidad.

Soul Surfer, al igual que cintas como The Blind Side, Acto de valor o incluso 127 horas -otra crónica del sufrimiento basada en hechos reales y con mutilación de por medio-, es una de esas producciones destinadas al público conservador y cristiano estadounidense. Sea lo que sea lo que esto signifique, tampoco me supone ningún reproche por sí mismo. McNamara obviamente no es Malick pero tampoco lo intenta, y disemina las citas bíblicas y los arrebatos trascendentales con eficacia, sin que la exaltación de valores como el coraje ante la adversidad, la vida en familia o el concepto de pequeña comunidad que recorren la espina dorsal del largometraje resulten incendiarios o solemnes, sino más bien formen parte de lo exótico y pintoresco del decorado.

Lo que falla en la exaltación a la figura de Bethany Hamilton, y créanme que lo hace bastante, es la falta de detalles a la hora de retratar a la pulcra heroína, a quien -tal y como se describe en el largometraje- le faltaron minutos para apuntarse a un nuevo campeonato regional de surf nada más salir del hospital. McNamara no se molesta en matizar la probable odisea física y mental de la protagonista, y en definitiva, su progreso deportivo, salvo un par de pinceladas eficaces (ese instante ante el espejo en el hospital, adornado con la partitura del gran Carter Burwell). Y a raíz de esa loa demasiado evidente, la emoción disminuye. No obstante, la puesta en escena resulta lo bastante animada como para cumplir el expediente de un drama de andar por casa, decorado –eso sí- por las presencias de Dennis Quaid y Helen Hunt, el exótico escenario y, en definitiva, una factura que ayuda a aguantar si somos de paladar poco exigente.

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