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Los amantes de la acción cinematográfica no se sorprenderán ante lo que voy a decir. Pero el actor británico y ex nadador olímpico Jason Statham es de lo mejor que le ha pasado a ese género en la última década. Me refiero, naturalmente, al cine de acción más directo y simple, a ese que no necesita de coartadas o disculpas intelectuales para advenedizos ocasionales. Ya sea como invitado especial en series de mayor copete (Los Mercenarios) o en productos de género europeos (la saga Transporter, de Luc Besson, o la mediocre Blitz), Statham, que estrena casi media docena de títulos al año, destila una personalidad y humor que trasciende sus limitadas dotes de actor, y que le convierten en el heredero natural de los Willis, Stallone y Schwarzenegger de turno, una presencia de superior carisma a forzudos de videoclub como Norris, Seagal o el belga Van Damme.

El director y guionista de Safe es Boaz Yakin, que tan pronto escribe Fresh como Prince of Persia, y que de dirigir el drama deportivo Titanes: hicieron historia, pasa a la cinta infantil Niñera a la fuerza sin mayores problemas. Yakin inicia el cotarro subrayando la mutua dependencia entre la niña Mei y el mendigo y expolicía Wright (¿?) sin que éstos se hayan siquiera conocido, con un sentido humor no exento de fatalidad, y haciendo guiños a Guy Ritchie a la hora de trasladar la acción desde China, donde conocemos a la pequeña, hasta Nueva York, donde el forzudo Statham se está metiendo en líos. En menos de veinte minutos, Yakin ya está metido de lleno en la guerra entre bandas, la Policía y las autoridades políticas de una Nueva York post 11-S corrompida, que el realizador y guionista compara sin reparos a la de la era pre-Giuliani.

No obstante, la madeja entonces se lía tanto que la notable niña Catherine Chan queda reducida a la categoría de McGuffin cinematográfico, y algunos querríamos más secuencias con Statham ejerciendo de padrazo. A Safe, sin duda, no le habría venido nada mal un pulimento de su guión, que de todas formas es de lo mejorcito que ha protagonizado el actor londinense en los últimos años. La película se disfruta más porque destila cinismo y desconfianza del poder por sus cuatro sudorosos costados, y porque pese a carecer de un clímax más intenso, se sabe pequeña y ridícula. Y quizá por eso, resulta un entretenimiento sin pretensiones óptimo.

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