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Juan Manuel González

'Profesor Lazhar'

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Profesor Lazhar, de Philippe Falardeau, fue la candidata a los Oscar a la mejor película extranjera por Canadá, donde ha sido considerada poco más o menos que la película del año. El filme comienza de manera trágica, con el suicidio en plena clase de una profesora de primaria. Casi surgido de la nada llega el profesor Lazhar del título, un docente argelino que acaba de llegar al país y que acaba conectando con los niños de una manera inesperada.

Pese a las buenas intenciones de la cinta, poco hay de Mary Poppins en la estupenda película de Falardeau. El realizador relata, con admirable economía narrativa, el vínculo progresivamente fuerte entre profesor y alumnos a la hora de asimilar un hecho traumático, y que en el caso de los segundos es el suicidio de su profesora. Por otra parte, el secreto que guarda el profesor argelino, su tragedia oculta, se nos desvela de una forma casi natural y sin golpe de efecto alguno, evitando sentimentalismos pero con una ternura inmensa. Las secuencias en las que Lazhar se sienta en el banquillo y cuenta su historia se encuentran entre lo mejor de la película.

El profesor, por cierto, está interpretado de forma magistral por el argelino Mohamed Fellag. La humanidad y serenidad que transmite Fellag, prestigioso actor cómico exiliado en Francia, es de las que literalmente cogen al espectador por la solapa y lo sientan en la butaca del cine. El naturalismo y la dureza del trabajo de Falardeau, por otro lado, remite directamente a la extraordinaria La clase, la premiada obra de Laurent Cantet, pero hay en ella una candidez, amabilidad y belleza que acerca el filme a El club de los poetas muertos, otra referencia -esta vez más comercial- del subgénero de pedagogos. Como prueba de esa sensibilidad, además de la interpretación de Fellag, está el vínculo entre la alumna aventajada y el alumno conflictivo, que parecen condenados a entenderse en su tristeza, o escenas tan destacadas como aquella en la que la primera de ellos lee su poema a la clase.

Profesor Lazhar aborda el sentimiento de pérdida tanto desde la perspectiva adulta como la infantil -si es que éstas son diferentes- y en su último tramo incluso los contrastes entre el mundo oriental y occidental. Lo hace con una madurez y emoción capaz de contentar a toda clase de público. Por el camino, Falardeau nos arraiga en la realidad describiendo el panorama social de la fría Montreal como un verdadero ‘melting pot’ de razas y apellidos, sin rastro alguno de fatalismo político ni de buenismo filantrópico.

Quizá como consecuencia de esto, la reflexión sobre la educación que se desprende de la película ensalza la libertad por encima de todas las cosas: la exaltación de la labor del docente acaba resultando extraordinaria, y contrasta con las pegas impuestas por la burocracia y, atención, los propios padres de los chicos. En Profesor Lazhar coexisten una serie de consideraciones sobre el individuo y la colectividad que aportan una sensibilidad y riqueza de matices inesperada, sin que se vea comprometida la que se convierte en la mejor de sus armas: la sencillez de una historia intimista emocionante. Profesor Lazhar, un filme sobre la conexión inaudita de un adulto con unos niños, es uno de los mejores filmes que se hayan podido ver en los cines en los últimos meses.

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