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Que nadie se lleva a engaño con El fraude. La cinta inaugural del reciente festival de San Sebastián sumerge al espectador en los pormenores de la actual crisis económica, pero a diferencia de la crónica más o menos roma de los acontecimientos, es decir, la vista en la también reciente Margin Call, lo hace desde una perspectiva mucho más interesante, la del descenso personal a los infiernos de un tiburón de los negocios a punto de perpetrar el fraude de su vida... si un accidente –de dramáticas consecuencias- no se lo impide antes.

En esta ocasión, la cinta de Nicholas Jarecki opta por mostrar el reverso del héroe siguiendo los pasos de un corrupto tiburón tratando de solucionar un embrollo que le podría mandar entre rejas. No sé por qué, pero el trayecto emocional y físico del personaje de Gere tiene algo del que vivía José Coronado en No habrá paz para los malvados: cada movimiento de la trama supone un paso adelante en la progresiva e inmoral trayectoria del protagonista hacia los infiernos, una suerte de hábil perversión del thriller más sui generis realizada a modo de reverso tenebroso del relato heroico convencional, y que puede desarmar al espectador despistado.

Naturalmente, en El fraude no hay nada del tremendísimo de la película de Urbizu (ojalá), pero sí cabe reconocerle a Jarecki, hasta ahora cortometrajista, documentalista y director de videos musicales, su notable habilidad para mantener el ritmo sin recurrir a golpes de efecto o persecuciones gratuitas. Lo mejor de El fraude es su voluntad de alejarse del género bursátil más convencional, de la crónica chata de la crisis, para ir al meollo psicológico y moral del asunto, quitando asideros al espectador pero -a la vez- sin subir demasiado la voz. En este sentido, Richard Gere pone toda la carne en el asador para revelar el lado oscuro del sujeto, mientras Jarecki permanece atento a sus destellos de humanidad sin hacer alarde de cinismo.

El problema de El fraude es que ni veterana estrella ni director debutante acaban de desentumecerse. Gere está condenadamente bien, hace una de las mejores aportaciones de su carrera, y sostiene toda la película sobre sus hombros con la clase y la contención que sólo pueden aportar los años de experiencia. Pero queda la impresión que la pulcritud y contención de Jarecki –que nunca pierde el pulso a la acción- resulta demasiado... pulcra y comedida.

En El fraude los buenos sentimientos de los protagonistas son fagocitados por la lógica del dinero y el propio devenir de los acontecimientos. La película, que nunca apasiona, se mueve mucho mejor de lo que parece en esa confusa zona amoral y gris de un planteamiento en el que el héroe tiene tanto de víctima como de villano. Pero la floja subtrama policial que adereza la historia y la escasa pasión que se desprende de ella impiden que la película, solvente y defendible del primer al último minuto, no acabe de detonar.

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