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Juan Manuel González

'Posesión Infernal (Evil Dead)'

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En 1981, el estreno de la original Posesión Infernal, rodada de manera casi amateur por el debutante Sam Raimi, se convirtió en la comidilla de los autocines y sesiones golfas, un clásico del cine de serie B considerado ofensivo, repulsivo y traumático en su época, y que por eso mismo generó dos secuelas que se inclinaron progresivamente por la comedia absurda, manteniendo siempre el particular tour de force visual de su realizador y el protagonismo del inolvidable Bruce Campbell. Prohibida o censurada en muchos países, la cinta se convirtió en una obra de culto aclamada por fans que ha dado lugar incluso a un musical de off-Broadway y que, pese a sus efectos especiales pedestres, se ha mantenido durante décadas impertérrita como un verdadero e irreductible icono freak, un ejemplo de inventiva por encima de todas las limitaciones (de argumento, de presupuesto) y, también, como uno de los pocos clásicos del terror ochentero en no sufrir un remake... que finalmente el propio Raimi se ha encargado de producir. Y el resultado, quien lo iba a decir, no podía ser mejor.

Y no lo es por su trama, con unos cuantos agujeros de considerables dimensiones (aunque alguno de ellos intencional) y con momentos ciertamente tontos. Tampoco por el diseño de sus personajes o sus interpretaciones, aunque todas ellas (y especialmente las de la espléndida Jane Levy o Lou Taylor Pucci) cumplen perfectamente su cometido. Lo es por ser, simplemente, una sangrienta montaña rusa de emociones fuertes para el fan del terror. La nueva Posesión Infernal huye el apodado torture porn, que proliferó durante la última década, y revuelve en las tripas del género de la forma más simple y rápida, afirmándose a sí misma por la vía directa, combinando lo viejo y lo nuevo pero, sobre todo, cogiendo al espectador por el cuello y agitándolo a base de bien.

La historia es la de siempre: cinco veinteañeros, una de ellas en plena desintoxicación de drogas (lo que establece alguna que otra alegoría de nueva cosecha) se refugian en una remota cabaña donde descubren "El Libro de los Muertos" y sin ser conscientes de ello despiertan a los demonios que habitan en los bosques cercanos. Sucesivamente todos los jóvenes son poseídos menos uno, quien tiene que enfrentarse al mal y luchar por su vida.

El uruguayo Fede Álvarez, escogido a dedo por el propio Sam Raimi y debutante en el largometraje, es perfectamente consciente de que en ausencia de autocines o cultura alternativa alguna, aumentar el realismo es la única manera de atormentar al patio de butacas y a sus personajes. Y lo hace sin un instante de duda, manteniendo un perfecto equilibrio entre humor y seriedad, y graduando la intensidad y el realismo de la matanza a la vez que conserva ese sentido lúdico y siniestro que llevó a generar la base de fans de la trilogía original, y que precisamente era el denominador común de las cintas de terror de aquella década.

La cinta aparece poblada por set-pieces excesivas que recuperan el placer del terror más directo, visceral y extraordinario, sin coartadas psicológicas ni subterfugios, combinando el homenaje para los fans con las nuevas necesidades del público de multisalas. Álvarez ahonda en el gore malsano del clásico de Raimi, en su imposible violencia, renovando su factura visual pero –atención- conservando la teatralidad melodramática de aquel, sin rehuir instantes de humor negro que nunca vienen a costa del sufrimiento de los personajes, sino de lo grotesco y excesivo de las situaciones, de sus reacciones a la sucesión de mutilaciones. La posesión de Olivia (Jessica Lucas), que tiene lugar dentro del cuarto de baño y rodeada de cristales (y lo que sucede después con una aguja hipodérmica...), el deceso de la desafortunada Natalie (Elizabeth Blackmore), que sucede tras un sinfín de tormentos y tras la entrada en escena de una máquina de clavos... Posesión Infernal es gráfica, sádica y realista, pero nunca trata de ser más de lo que es: una gozosa película de terror.

Ese difícil y sutil equilibrio en el tono, cafre pero nunca extremo, descaradamente físico pero también fantasioso, realista pero grand-gignolesco, resulta finalmente el perfecto revulsivo para el que probablemente es el mejor remake terrorífico desde Amanecer de los Muertos (2004), y la película que a la vez mejor reproduce las sensaciones de aquella década de oro del fantaterror que fueron los ochenta. La espléndida labor de efectos especiales, carente casi por completo de aderezos digitales, y la enérgica música del español Roque Baños, conocido por la saga Torrente, rematan una cinta de terror exasperante, entretenida, moderadamente paródica, moderna y a la vez nostálgica (ese arrebato heroico al final, todo un guiño a las secuelas). Una auténtica joya para todo aquel que la quiera, ya sea los fans más fundamentalistas del original como los nuevos espectadores en busca de emociones fuertes.

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