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Juan Manuel González

Crítica: 'El Estudiante', ambición argentina

El Estudiante es un áspero retrato de la universidad pública argentina, y del ansia de poder que caracteriza la política.

Juan Manuel González
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El guionista argentino Santiago Mitre parece haberse llevado a su debut en la dirección, El Estudiante, no pocos de los rasgos de las películas de su compatriota Pablo Trapero. Al fin y al cabo, para él ha firmado los libretos de Leonera, Carancho y Elefante Blanco, tres películas rabiosamente universales que les recomiendo con fuerza. En El Estudiante, que ganó el Festival de Gijón de hace dos años (y que se estrena ahora, cosas que pasan) Mitre realiza un ácido y duro retrato del politiqueo en la universidad pública bonaerense, de la que hace una presentación no precisamente complaciente, en un filme de esos a los que atribuiríamos aspiraciones sociales. No obstante, y en esto se notan los paralelismos con Trapero, todas ellas aparecen vehiculadas en un formato de thriller compacto y tenso de esos que, para aclararnos, se podrían asimilar al trabajo de un Sidney Lumet de los años setenta.

A través de su relación con una profesora activista, el joven protagonista Roque Espinosa nos introduce de manera fulgurante en las conversaciones, negociaciones y luchas internas (más bien esto último) dentro de los departamentos de la facultad, y cómo la política -entendida como enfrentamiento- se filtra y enciende la convivencia como si de un frente de guerra se tratase. A lo largo de El Estudiante aparecen las viejas reflexiones sobre voluntad individual y general, el eterno conflicto entre civilización, capitalismo, indigenismo... que planean por la sociedad argentina. Mitre mira con cierta distancia y resuelve con desdén todas ellas, convirtiéndolo en el reflejo de algo mayor y más profundo, un retrato humano de la ambición, el ansia de poder y sometimiento a las reglas de la jungla humana. Lejos de proponer un semidocumental sobre la educación y la ignorancia, como por ejemplo La clase de Laurent Cantet, Mitre opta por su negativo y utiliza la universidad como escenario de una obra distinta, recurriendo a los resortes del thriller para hacer avanzar una historia sobre el ansia y el cinismo. Con una factura amateur que no resta autenticidad a la historia, sino que parece la única posible para narrarla (que sea obligada por las circunstancias es otro cantar) Mitre mira con afán crítico y frialdad (ese narrador omnisciente...) las ideas preconcebidas de los distintos grupos de estudiantes y, sobre todo, las luchas de poder para convertirse en un candidato estudiantil.

Pese a que nos resulte difícil seguir las intrigas de los diferentes sindicatos y organizaciones, en El estudiante fluye esa energía y autenticidad que caracteriza a un buen retrato social, o más bien, humano. Mitre hace que la película se inserte en ese contenedor del thriller para proporcionarse una estructura adecuada para plantarnos ante esa selva de segundas identidades, sacrificios y traiciones que supone el ascenso al poder. Y lo hace con un personaje no precisamente piadoso o sensible, en cuyas acciones y decisiones tampoco se entromete demasiado. Mitre logra que por el camino el asunto no pierda cualidades y texturas. Texturas a pie de calle, con intrigas que se debaten entre paradas de autobús, garitos de estudiantes y pasillos con grafittis. Porque al fin y al cabo y tal y como intenta decirnos, en todas partes es igual.

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