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Juan Manuel González

Crítica: 'Una cuestión de tiempo', de Richard Curtis

Una cuestión de tiempo lleva la comedia romántica y dramática al siguiente nivel. Fantasía y costumbrismo, drama y comedia.

Juan Manuel González
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Creo que incluso el detractor más acérrimo de las comedias románticas estará de acuerdo conmigo: resulta de agradecer que la obligatoria cuota de ese género venga, al menos, cubierta por el británico Richard Curtis, guionista de Cuatro bodas y un funeral y Notting Hill (además de la infravalorada War Horse, de Spielberg) y autor total de Love Actually, y por tanto creador como tal del género en su variedad británica. Es decir, la mejor de todas ellas.

Una cuestión de tiempo es una suerte de El árbol de la vida de la comedia de amoríos británica, o si quieren, la interpretación entre british y romántica de la célebre Atrapado en el tiempo. Curtis lleva al siguiente nivel los tópicos del género en una cinta que combina el romance, el drama familiar y la comedia fantástica (el protagonista, lo han adivinado, puede viajar hacia atrás en el tiempo, o mejor dicho, en su propia vida) todo ello con una exaltación emocional que en ocasiones se sumerge sin complejos en lo manipulador, pero que en manos de Curtis resulta siempre evocadora y divertida.

En efecto, a mitad de su metraje nos va quedando claro que Curtis toma el esquema chico conoce chica para elaborar una panorámica más amplia, no ya de una relación amorosa, sino de la totalidad de una vida... y atención, de la muerte. Una cuestión de tiempo se arriesga a parecer una película melosa o un anuncio de Coca-Cola, y a veces se precipita en ello, pero Curtis nunca resulta presuntuoso y sólo ocasionalmente cursi. El tono fabulador de Una cuestión de tiempo, el talento de Curtis para el diálogo certero, suaviza la cabriola de la comedia romántica al drama familiar de una manera casi exquisita.

Es más, al final es la relación paternofilial entre dos actores monumentales como Bill Nighy y ese descubrimiento de nombre Domhnall Gleeson (hijo de Brendan Gleeson y un prodigio de naturalidad en pantalla) lo que paga el precio de la entrada. El espectador tiene que aceptar las reglas del juego que plantea Curtis, su tendencia a lo lacrimógeno, pero sus benditos actores y su escritura afilada, de un costumbrismo arrebatador, brillan en demasiados momentos: Bill Nighy revelando a su hijo el "secreto familiar" que esconden los hombres de su familia; la primera aparición de Rachel McAdams a la salida del restaurante, de un genuino y fulminante romanticismo... e incluso ese desenlace en una playa a ritmo de Nick Cave, de una eficacia y emoción insultante (e innegable).

A Una cuestión de tiempo le sobran un puñado de minutos y le falta algún punto de giro ,de esos de escuela de guión, pero le sobra madurez. La película se recibe con aplausos en medio de un género que nació de capa caída.

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