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Juan Manuel González

Crítica: 'El Hobbit. La desolación de Smaug'

La segunda parte de la trilogía de Peter Jackson se muestra más afinada y segura de sí misma que la anterior película.

Juan Manuel González
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Quien espere cambios, mejor que lo haga sentado. El Hobbit. La desolación de Smaug, el segundo capítulo de la trilogía concebida por su director Peter Jackson a modo de precuela de El Señor de los Anillos, tiene la misma personalidad y los mismos problemas que la anterior película, por mucho que la continuación de las aventuras del grupo encabezado por Bilbo Bolsón esta vez apriete el paso y supere bastantes de sus deficiencias... esas mismas que costaron a la primera entrega algún que otro disgusto con la crítica y el fan más extremista.

Claro que en realidad y pese a las limitaciones del material, la necesidad o no de una trilogía de El Hobbit (la tercera entrega, Partida y regreso, se estrenará el año que viene por estas fechas) resulta del todo innecesaria. Hace justo doce meses, Un viaje inesperado acabó sumando 1.017 millones de dólares globales sólo en la taquilla, lo que certificó las ganas de Tierra Media del público internacional pese a algunas predicciones agoreras.

Pero vamos con El Hobbit. La desolación de Smaug, nueva aventura que continúa el viaje justo allí donde lo dejamos en la anterior entrega y que, en efecto, recupera bastante del brío que hizo famosa la trilogía original, ésa que en cierto modo desfallecía en algunos pasajes de la primera. Jackson ha elaborado una película mejore en casi todo, y camina con paso firme hacia ese gran cine aventurero que pretende rememorar en casi todas sus secuencias. Otra cosa es que, como casi siempre, lo haga luchando contra sí mismo, su voluntad de engordar la narración y alargar los pasajes de lo que al fin y al cabo no es más que un cuento breve y primordial, obligado por los requerimientos del cine franquicia y el hambre de diversificar y fragmentar una narración que no siempre sale beneficiada de tantos minutos de explicaciones.

No obstante, la segunda entrega remata mejor los personajes, logrando que sean éstos, junto a los efectos especiales e inconcebibles secuencias de acción, los que lleven el control de un relato demasiado largo, pero más y mejor centrado. Una vez planteado el universo de la Tierra Media, Jackson no pierde el tiempo en situar y presentar enanos que más tarde están destinados a perderse entre la masa. Y una vez se desprende del relleno y encuentra el foco, el filme gana enteros: no sólo la película ofrece más Martin Freeman e Ian McKellen, sino que las incorporaciones destacadas de Evangeline Lilly y Orlando Bloom (éste último evidentemente feliz de recuperar su carrera, si acaso temporalmente) ayudan a cumplir el expediente, amortiguando el escaso interés de algunos de esos conflictos raciales que suponemos trascendentales para sustentar el universo Tolkien, e incluso advertirnos de ese futuro regreso de Sauron que motivará la acción de la trilogía madre. Porque todo ello cabe en La desolación de Smaug.

Pero naturalmente, lo mejor de este segundo Hobbit son sus enormes secuencias de acción y aventura, que por cierto, no siempre se benefician de la cámara de Jackson, en constante movimiento. El dragón Smaug interpretado por Benedict Cumberbatch, compañero de reparto de Freeman en la serie Sherlock, es por fin un oponente carismático contra el que enfrentarse, al que Jackson dota de la misma entidad y respeto como personaje que en su momento proporcionó a otro "efecto especial", el célebre Gollum. Un trabajo que hace que el desenlace de acción resulte satisfactorio, además de emocionante. Y sí, todavía tenemos escenas como la persecución de los barriles en el río, que sin duda complacerán al fan de la pura y dura exageración, también territorio afín al neozelandés (echen un vistazo a su anterior Braindead, echen). Aunque uno se sigue preguntando por qué eran necesarias tres películas de tres horas, el ahínco y entusiasmo de Jackson y el buen trabajo de un puñado de actores se hace evidente por todas partes.

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