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Juan Manuel González

Crítica: 'RoboCop' (2014)

El brasileño Jose Padilha realiza un remake quizá innecesario, pero que inesperadamente se gana nuestro respeto.

Juan Manuel González
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No sé cuál fue la acogida del primer RoboCop allá por 1987, aunque estoy bastante seguro de que las críticas que se le dispensaron entonces, a lo mejor, quizá, no fueron tan positivas como las que se le hacen ahora, una vez ganada la etiqueta de título de culto. Partiendo de esta pregunta hay algo que me lleva a reconocerle de entrada un par de cosas a Jose Padilha, el director de su actual (y sí, innecesario) remake. Y es que pese a trabajar con muchos elementos en contra, martilleado por la suspicacia constante de los fans, los conocidos retrasos y problemas de producción, por no citar los roces con el estudio, lo cierto es que el brasileño ha conseguido una película coincidente y respetuosa con el original, con el que comparte objetivos y bastante del argumento, pero en absoluto su metodología y su talante. Animo a afrontar de nuevo película de Paul Verhoeven, que era tanto un filme de acción y ciencia ficción como una sátira corporativa y de humor negro verdaderamente salvaje, preñada de humor y violencia de serie B nada subterránea. Porque el nuevo RoboCop, a diferencia de otros remakes y a pesar de sus fallos e imperfecciones (el original, vamos a ser claros, tampoco era redondo, pero lo queremos igual) sí tiene personalidad propia.

Otra cosa es que ésta nos guste o no. Porque RoboCop, el remake de 2014, carece casi totalmente del humor malévolo del realizador holandés, de su violencia descarnada y grotesca, aunque eso no significa que nos encontremos ante un filme carente de interés. Quizá uno de los mejores piropos que se le puedan hacer a Padilha es, precisamente, que no es Verhoeven ni tampoco lo intenta. El brasileño, en su lugar, potencia ese comentario en su vertiente más política, carente de la sexualidad sanguínea del holandés. El director de Tropa de Élite hinca los dientes en traumas más recientes, en los conflictos de Irak y Afganistán, la guerra televisada y los avances tecnológicos fulgurantes, y nos sitúa en unos Estados Unidos en ebullición, embarcado en una involución mucho menos violenta y sanguinaria que la retratada en el distópico clásico ochentero. Padilha retrata los estados previos la pérdida de la libertad pero esta vez en una sociedad silenciosa y pasiva, menos visceral, sin recurrir al pulp y si acaso ocasionalmente a la acción estrepitosa.

Dicho de otro modo, RocoCop nunca ha sido un espectáculo y un personaje tan cerebral como en la presente cinta. Tanto que el nuevo filme parece habitar, precisamente, allí donde la otra película no lo hacía, evitando salvo momentos puntuales de acción su lujuria, su carácter, por dosis de relevante angustia existencial. A punto está el director brasileño de patinar en no pocas secuencias, balanceándose entre lo elegante y lo obvio, o incluso de hacerse algo pesado. Pero al final y pese a ciertas demoras, triunfa el bien. Padilha sustituye los arrebatos gore de Verhoeven por una violencia más suave y convencional, pero a cambio visualiza de manera pesadillesca y brutal la naturaleza híbrida del protagonista. El instante en el que el Dr. Norton (Gary Oldman) desprende al protagonista de sus aderezos mecánicos, reduciéndolo a una bolsa de tripas palpitantes, es arrollador, inaudito en una producción de este calibre. RoboCop (2014) funciona de una manera similar respecto a su precedente a como lo hacía la reciente El Hombre de Acero frente al clásico intocable de Richard Donner. Padilha, pese a que a veces estropea su propia aproximación, en otras ocasiones incluso utiliza esto como ventaja y nos pilla desprevenidos, como en aquel flashforward tras la operación que transforma al protagonista y que nos lleva de cabeza a un sueño digital. La película tiene el atrevimiento de burlarse de alguna de las ideas de Verhoeven, al tiempo que bebe sin pudor de las mismas. Y sí, Padilha es un maestro de la acción, pero eso quedó demostrado en sus dos entregas de Tropa de Élite.

El verdadero dilema de RoboCop, película que por cierto y en un primer visionado, se me antoja bastante coral y bien actuada, versa sobre la ilusión del libre albedrío y la autoafirmación de un hombre a punto de ser devorado por la máquina, tanto en su vertiente puramente existencial como el los intereses corporativos de los villanos. La película, al final, llega a un objetivo similar pero por un camino opuesto a Verhoeven. El único pero verdadero al nuevo RoboCop, verdadera sorpresa fílmica donde las haya, es la carencia de un climax relevante y emocionante, algo que la película pedía y necesitaba a esas alturas. No hubiera pasado nada si Padilha hubiera potenciado el "emotional payback" y el heroísmo en su parte final, aún a ritmo de la música original de Poledouris, por lo que finalmente el recuerdo del antiguo mitad robot, mitad hombre le pesa un poco a un filme que, de todas formas, se gana mis respetos.

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