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Juan Manuel González

Crítica: 'En el ojo de la tormenta'

En el ojo de la tormenta revive el cine de catástrofes de los noventa y suma a la fórmula el punto de vista semisubjetivo.

Juan Manuel González
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En el ojo de la tormenta revive el cine de catástrofes de los noventa y suma a la fórmula el punto de vista semisubjetivo.
Una imagen de En el ojo de la tormenta

Ah, agosto. Mes en el que los grandes estudios estrenan sus desechos veraniegos, una vez liberados de sus grandes apuestas de la temporada. No me entiendan mal: películas como En el ojo de la tormenta son necesarias, industrial pero también intelectualmente. En apenas 80 minutos de proyección y no 150, como viene siendo ya habitual, el director Steven Quale (Destino Final 5) despacha la secuela express de Twister que Hollywood nunca hizo, montándose un apañado remix en clave de serie B del ya lejano revival de cine de catástrofes de los noventa (iniciado por filmes como, precisamente, Twister) pero sumando a la fórmula la narrativa "found footage" descubierta a raíz de El proyecto de la bruja de Blair, libre ya del terror puro para adaptarse a otras variantes genéricas (Chronicle sería la primera que nos viene a la cabeza).

El ardid de Warner Bros para estrenarla en España, acompañando la proyección de ventiladores que esparcen viento y gotas de agua por la platea (en un puñado de salas seleccionadas) no hace más que subrayarlo: como si de una película del rey de la serie B de los 50, William Castle, que no dudaba en arrojar esqueletos al patio de butacas o introducir a tipos disfrazados en el cine para asustar a los adolescentes, En el ojo de la tormenta promete lo último en sensaciones extremas y los efectos visuales más vanguardistas, pero no puede ocultar su naturaleza real: estamos ante un genérico filme de escala media o pequeña, con todo su presupuesto dedicado a los FX, una producción modesta que parece directamente extraída de una década atrás aunque convenientemente remozada gracias a el formato "found footage" o material encontrado que ancla sus pies en el suelo, le da una apariencia de "realidad", tanto en cuanto a punto de vista como en pretensiones artísticas.

Es una lástima que para alcanzar su clímax el espectador tenga que soportar cuarenta minutos de explicaciones innecesarias y personajes insulsos. Quale se ve limitado en esa primera mitad por el que iba a ser su principal gancho, el utilizar cámaras manejadas por los propios personajes, y obliga al espectador a soportar inanes conversaciones adolescentes en plano fijo durante más de un minuto. Claro que no anda sobrado de guión, precisamente. Tampoco resulta acertado el casting, repleto de rostros anodinos indignos de la peor serie de televisión, por mucho que algunos de los conflictos que se planteen pudieran haber dado más de sí.

Pero una vez pagado el peaje de las presentaciones, En el ojo de la tormenta encadena varias set-pieces bien compactadas que funcionan como las de un verdadero blockbuster, que no necesitan enfatizar los destrozos para introducir al espectador en la acción (combinando por fin los puntos de vista, verdadero meollo de la película), y que están rodadas con oficio y hasta en algún momento de manera extraordinaria. No falta, incluso, un rescate a contrarreloj que acaba resultando mucho más agónico y tenso de lo esperado, y algunas muertes -por fin- entre el insoportable elenco de protagonistas, que recuerdan de manera nada casual a las orquestadas por él mismo para su entrega de Destino Final. Todo ello y el ritmo creciente del invento demuestran que En el ojo de la tormenta podía ser mejor (me imagino la misma propuesta más abiertamente violenta) pero al menos se merece ser, y que Quale es, en realidad, un tipo bastante consciente de lo que tiene entre manos.

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