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Crítica: 'Una noche para sobrevivir', con Liam Neeson

Vibrante, violenta, divertida y crepuscular, 'Una noche para sobrevivir' suena a lo de siempre, pero supera todas las expectativas.

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"Va a ser una noche larga", promete Jimmy "El Enterrador" Conlon (Liam Neeson) a su hijo, encarnado por Joel Kinnaman, en algún momento de esta excelente Una noche para sobrevivir. Desde luego, para el espectador, no lo va a ser en absoluto, al menos para todo aquel que sepa apreciar las bondades de la película, una suerte de híbrido de Atrapado por su pasado y Speed (dos referencias salidas casi al azar, pero que de alguna manera resultan perfectamente válidas) que destaca por un inesperado contenido humano y, en segundo, por ser ese gran cóctel de acción testosterónica que algunos entre los que me cuento estamos siempre esperando y que, sin embargo tanto, tanto, se resiste a aparecer.

La tercera colaboración del director barcelonés Jaume Collet-Serra con el norirlandés Liam Neeson tras las crecientemente sólidas Sin Identidad (2011) y Non Stop (2014) marca un pequeño pero importante hito no ya en la carrera del actor (cuya resurrección para el género en la exitosa Venganza sólo puede calificarse de milagro) o del propio director, que ha hecho de su asociación con el productor Joel Silver la mejor y a la vez más humilde plataforma de trabajo, sino también en el thriller de acción, un género que puede que esté en decadencia tal y como lo conocíamos, oculto entre taquillazos globales y bobadas con pedigrí (y para muestra, el imperdonable fracaso en la taquilla de EEUU de la que nos ocupa) pero que aquí alcanza las cotas de excelencia y entretenimiento que sus aficionados esperamos.

Permítanme en este artículo, por eso, una pequeña ida de olla creo que plenamente justificada. Estamos ante una cinta que mezcla la poética crepuscular del western urbano de Walter Hill con la locura visual de la generación Michael Bay, todo a una escala más o menos accesible para el fan del cine de acción de los 70/80. Y eso, amigos míos, es decir mucho. El barcelonés afincando en Hollywood va tocando diferentes cuerdas y registros en el género de una manera tan vibrante como artesanal, dejando esta vez de lado el suspense hitchockiano que recorría la espina dorsal de sus citadas incursiones en el género para meterse de cabeza en el neonoir más urbano y adrenalínico. Con la maravillosa paradoja de que, esta vez, los tópicos de su correcto guión no impiden a los personajes cobrar vida ante el espectador de una manera inesperada. Puede que Una noche para sobrevivir sea cine de género, de ese que llama al menosprecio y el choteo, pero a la vez es un tipo muy determinado de película: es esa que será recordada dentro de una década como la mejor de su clase, el tesoro que algunos dejaron escapar.

Hay en todos sus planos una energía hard boiled que proviene, efectivamente, de la histérica pero siempre controlada mano de Collet-Serra, que maneja el material con una profesionalidad que trasciende al correcto guión de esta -no se me ocurre mejor ocasión para escribir esto- aventura emocional. Pero también de sus creíbles interpretaciones masculinas, del sombrío y nocturno escenario (por cierto: maravilloso retrato de una multicultural Manhattan) y el sensacional abanico que la cinta ofrece a sus actores. La mejor paradoja de Una noche para sobrevivir es que el histerismo y ritmo de su acción (constante, violenta, oscura) es perfectamente compatible con una introspección que resulta tan económica en recursos como certera en resultados, una virtud tan difícil de rematar en un filme de las características del aquí presente, al fin y al cabo casi forzado a trabajar con tópicos.

Ninguno de ellos parece, sin embargo, material de derribo en manos de Collet-Serra. Estamos ante una sensacional persecución de hora y media que deja secuencias de acción para el recuerdo (me quedo con el asedio al edificio de vecinos: atención a la música de Junkie XL, pero también a esa épica última bala que, por supuesto, acierta en su objetivo) pero también un viaje vital sin billete de vuelta, el que emprende el asesino Jimmy Conlon (sensacional Neeson) para salvar a su hijo de las garras de Shawn Maguire (contudente Ed Harris), su amigo y antiguo empleador.

El centro emocional de Una noche para sobrevivir son tanto los tiroteos como la encrucijada emocional de Jimmy, que se resuelve en torno a dos ejes que miran hacia atrás (su pasado en un mundo de criminales sin compasión pero con cierto sentido de la ética) como al futuro (una relación paternofilial cuyo trasfondo, aún abstraído del filme, es un perfecto y verosímil retrato de un conflicto -o maldición- generacional universal). El que tanto un extremo como otro resulten intensos, rabiosos y conmovedores es casi un misterio para mí, y sin duda basta para elevar Una noche para sobrevivir no ya por encima de la media del género, sino al olimpo de los buenos largometrajes al margen de etiquetas. Es decir, de esos que queremos -o quiero- ver una y otra vez.

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