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Juan Manuel González

Crítica: 'Spectre', con Daniel Craig

Crítica de 'Spectre', el nuevo filme de James Bond.

Juan Manuel González
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Crítica de 'Spectre', el nuevo filme de James Bond.
Una imagen de Spectre | Archivo

No sé a ustedes, pero a mí lo de Sam Mendes tomando posesión de un símbolo británico transformado en película-evento como es James Bond me parece para hablarlo. El de American Beauty, al fin y al cabo un dramaturgo y cineasta de prestigio, ha afrontado tanto en Skyfall como en Spectre una renovación del mito que muchos aficionados no pedían y que ha resultado tan discutida como -al menos en taquilla- absolutamente exitosa (Skyfall batió con diferencia los récords anteriores de la saga, aupándose como casi-un-fenómeno-social, y de la presente se vaticina que haga lo mismo). Tengan en cuenta que la saga del personaje creado por Ian Fleming ha sido ejecutada a lo largo de las décadas por artesanos como John Glen, Terence Young (del cual heredó esa estampa de caballero británico) o, en los últimos tiempos, el neozelandés Martin Campbell, pero casi nunca por "autores" que -como Mendes- han intentado a toda costa dejar su estampa formal en la franquicia. Y que, efectivamente, éste ha convertido tanto Skyfall como Spectre en "su" versión de Bond, aportando una clara reflexión y reubicación de las marcas de fábrica que dan a sus dos aventuras un tono no radicalmente distinto, pero sí propio y más exclusivo. De ahí que la oscuridad y densidad de sus dos aportaciones moleste tanto a algunos al tiempo que ha entusiasmado -sin mesura- a otros.

"Los muertos están vivos" es el cartel que abre Spectre, película que trata de repetir la jugada de Skyfall, sólo que rebajando un poco la intensidad del drama y tratando de aportar una superior dosis de romanticismo y aventura. Pero ojo: que Bond comience la película disfrazado de fallecido en el el Día de los Muertos de México D.F. (como sus enemigos, un espectro) ya nos indica que Mendes tiene toda la intención de insistir en ese camino que vimos en Skyfall: una sombría aventura protagonizada por un tipo que se resiste a desaparecer, enfrentado a un indeterminado dilema del pasado y que, probablemente, juega en el equipo de los buenos, pero en todo caso está metido hasta el cuezo en el juego de la muerte.

Vaya por delante que, pese a que Spectre no llega a ser tan redonda como Skyfall y por ella asome la cabeza esa pomposidad que los detractores le atribuyen a Mendes (por ser la antítesis del atractivo lúdico que le presumimos a una aventura Bond) creo que estamos ante una buena película. Una cinta de acción que es más interesante cuando, precisamente, no es de acción, una paradoja que resume su imperfecto atractivo. Para empezar, no veo que Mendes haya tratado de quitar lo anterior para poner lo suyo, ni siquiera usurpar, personalizar o apropiarse de los motivos de la saga, sino más bien hacer una generosa puesta a punto para que la longeva serie pueda seguir operando en tiempos de cambio, ésta última -precisamente- la mayor de sus características. Y me parece que lo ha hecho de un modo puramente visual, mediante la creación de momentos que se "leen" visualmente en sí mismos, y que se construyen -atención- con tópicos y material propio de la saga. Ahí tenemos a Bond con una última decisión que tomar (o una última bala que disparar) ubicado estratégicamente en el centro de un puente (y rodeado de dos personajes que ejemplifican dos caminos antitéticos); a Bond torturado en la base secreta de su enemigo con unas agujas que llegan hasta su cerebro (o hasta el "centro de su alma", podríamos interpretar); o esa nueva e impersonal organización privada que trata de absorber al tradicional servicio de inteligencia del MI-6 (y que, completamente computerizada, ni siquiera se molesta en mirar a los ojos a sus víctimas). Como el Aston Martin que voló por los aires al final de Skyfall, Mendes está -con el permiso de la férrea producción de Wilson y Broccoli- ejecutando en estampas esa concepción de pura Ruptura Continuista.

Utilizando estos ladrillos como elemento narrativo (porque en el fondo, la trama no es gran cosa) Mendes crea una magistral tensión entre la estructura tradicional de una aventura 007 y la historia personal y los traumas psicológicos de su protagonista, aquí el centro de todo, logrando que esa renovada y oscura intimidad de Bond y la que envuelve a la organización Spectre, ya no tanto una organización maléfica y ni siquiera una de naturaleza puramente terrorista, sino más bien una corporación privada que desarma el espionaje tradicional por la pura y dura adquisición de mercado (la película, al fin y al cabo, versa sobre el destino final de todo el MI-6, y por extensión de 007) sean en realidad una misma cosa. No puede ser casualidad que todo el laberinto psicológico del Bond-Craig culmine en esa maraña de hormigón y cristal de las ruinas del MI-6 (destrozado por Bardem en Skyfall)... y que -importante idea- en el centro del mismo lo que se esconda no sea sino una mujer, una "chica Bond", entendida no como objeto o recompensa sino como la única vía de expiación y salvación personal. Como digo, tanto en Skyfall como Spectre Mendes está deconstruyendo... para erigir de nuevo el mito, más fuerte que nunca, mucho más que apropiarse del material para hacer "la mejor" película Bond de la historia. Pese al tono relativamente realista, ¿acaso es esto la oscuridad, el pesimismo, que los detractores de esta última encarnación de Craig -o la saga en general- le echan ahora en cara? Yo creo que no...

Una pena, la verdad, que la presente no sea un filme redondo. El problema es la intención, no del todo cerrada esta vez, de que Spectre sea una película más ligera que la anterior, algo más simpática (o si quieren un poco más tonta, pero aún así en plena posesión de sus facultades) en la que sus personajes ya bromean entre sí porque -básicamente- se conocen de la película anterior. Spectre nos muestra a un Mendes que trata de compaginar el guiño culterano con el homenaje más lúdico, demostrando que no sólo es un buen analista, sino un tipo que quiere pasarlo bien. Lo cierto es que el director parece disfrutar por primera vez con los homenajes a 007 al Servicio Secreto de su Majestad (ese centro wellness perdido en las montañas...) y la mítica pelea en el tren de Desde Rusia con amor (Dave Bautista, por cierto, encarna a un trasunto extraordinario de Tiburón que debería volver en las siguientes películas), ambas una gozada. Y recupera el mito de la base secreta, que se aparece ante Bond y Madeleine (Léa Seydoux) sólo tras una larga travesía por el desierto. El problema viene precisamente porque, sin ir más lejos, esta instalación carece de la exuberancia de las creadas por Ken Adam para la etapa Connery, y que al final -dado su poco tiempo en pantalla- todo genera una relativa insatisfacción, como si pagáramos el peaje de este gran arco argumental iniciado en la superior Casino Royale (2006): al final, vemos mucho menos de Spectre y de Christoph Waltz de lo que desaríamos. Mendes triunfa a la hora de enlazar niveles transversales, pero en su pura linealidad el argumento tampoco es gran cosa (en Skyfall tampoco lo era, pero no me digan que su tercer acto no era demoledor).

Da igual. Spectre demuestra, pese a sus imperfecciones, que el mito de 007 goza de un inmejorable estado de forma, capaz de aunar sus -ahora más que nunca- asumidas contradicciones con la pura y dura diversión. Jamás ese compartimento estanco en que algunos fans (y detractores) quieren convertirla, ni tampoco un mero refugio para artesanos sin personalidad (aunque bienvenidos sean para la próxima ocasión; o que venga ya Matthew Vaughn), Bond es el único tipo que no resbala en tiempos de cambio. Y para demostrarlo, ni una persecución ni una cuenta atrás explosiva, sino otro sutil instante servido por Mendes, aquel en el que Bond baja de una lancha a un embarcadero... simplemente caminando, mientras su acompañante debe agarrarse para no caer al agua.

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