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Juan Manuel González

Crítica: 'Cazafantasmas' (2016), con Kristen Wiig y Melissa McCarthy

La mala prensa que arrastra el filme es inmerecida: estamos ante una digna continuación de las anteriores.

Juan Manuel González
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La mala prensa que arrastra el filme es inmerecida: estamos ante una digna continuación de las anteriores.
Cazafantasmas | Sony Pictures

En un verano más bien mohíno en cuanto a recaudaciones y propuestas cinematográficas (solo la animación familiar ha cumplido el expediente en cuanto a taquilla) quién nos iba a decir a algunos que el filme más criticado a priori, estas nuevas Cazafantasmas puestas en acción un tanto a la desesperada por Sony Pictures, se iban a llevar la palma... y aquí no hablo tanto de recaudaciones como del interés de la propuesta. O al menos, a convencer gracias a su bien ponderado equilibrio a la hora de venerar su referente, el filme original de Ivan Reitman que marcó a fuego el tono y espíritu de su década, como también de llevarse el asunto a su propio y exclusivo terreno de juego. Esta vez no solo tenemos a cuatro cazafantasmas femeninas y un hombre-objeto (hilarante interpretación de Chris Hemsworth) sino también un director capaz de inyectar su propio “tempo” cómico al filme más allá de la inversión de roles de género.

En efecto, los cazafantasmas ahora son chicas. Factor que sirvió a trolls y eternos niños adultos de internet para arremeter con una ferocidad inusitada, aunque tampoco inesperada, contra la película antes de que se rodara un solo plano (y después, también), en una extraña y babosa mezcla de nostalgia, fundamentalismo pop y sí, por qué no, machismo. Cazafantasmas ha sido, en efecto, el reboot/remake/secuela con peor prensa de todos los realizados hasta el momento, y Dios y el espectador saben que no han sido pocos. Y pese a la evidente descofianza hacia una industria que busca a la desesperada franquicias, sagas y reinicios de marcas populares, o en definitiva una base de fans a explotar aunque sea apelando a asociaciones emocionales de nuestro pasado, uno, que solo busca divertirse y encontrar un sentido al producto, al final siente cierta necesidad de ponerse del lado del filme antes incluso de ponderar sus defectos (que existen) y virtudes (muy, muy fáciles de encontrar).

Primero lo menos bueno. Abrupta y poco refinada en su puesta en escena, Paul Feig se revela aquí como un mediocre realizador de género fantástico y un tanto inexperto a la hora de manejar las oportunidades que le ofrece el despliegue de efectos visuales. En ese sentido Cazafantasmas solo aprueba raspada, aunque sea lo bastante exuberante para, al menos, salvar el expediente. Pese a esa invasión fantasma en Times Square, con Kate McKinnon despachando espíritus cual protagonista de Matrix, el filme carece de ese puñado de postales icónicas fabulosas que abundaron en el largometraje del 84 e incluso en su inferior secuela, con sus ríos de mocos y estatuas de la libertad andantes. Cazafantasmas (2016) se apoya muchísimo en el soporte de los filmes dirigidos por Reitman, pero se topa de bruces con una mirada diferente, la nuestra, ya nunca más la de ese niño fácil de sorprender y maravillar; pero también con la textura digital que otorgan las nuevas tecnologías que ciertamente han ensanchado los límites del espectáculo cinematográfico y cambiado la narrativa de artefactos como este filme, que nunca llega a aprovecharse del todo de ellos. Aunque ese tono menor se agradece (y mucho), al fin y al cabo ya hemos visto a Nueva York fenecer en múltiples ocasiones este verano cinematográfico.

Esa tosquedad, sin embargo, no es óbice para que Feig no sepa hilar muy, muy fino y muy bien, convirtiendo el filme en un festival sin pretensiones armado, sin embargo, de una extraña densidad otorgada por una autoconsciencia que no resulta machacante. De pensarse a sí mismo, si quieren, pero tampoco demasiado. Y aquí es donde precisamente comienzan las virtudes de una película que incorpora de manera burlona a su discurso esa inquina que recibió en las redes sociales desde el inicio de su concepción (las propias cazafantasmas reciben comentarios en Youtube muy similares a los dispensados a las actrices, director y reparto), y en el que Feig muestra el mismo tino a la hora de recomponer los iconos de la marca e incorporarlos a su narrativa, no tanto a la hora de distribuir cameos y homenajes a modo de guiños (muchos innecesarios, alguno tan discreto como emotivo -ver el dispensado a Harold Ramis- y otros absolutamente brillantes, como ese convierte a Bill Murray en el “tocapelotas sin pelotas” que en su momento interpretaron William Atherton y Kurt Fuller, permitiendo al actor asumir esa identidad de “troll” que él mismo desempeñó en la realidad, impidiendo la ejecución de Cazafantasmas III durante años). Feig, en suma, tiene tiempo para trastear con la herencia de la franquicia, y la muestra definitiva podría ser ese villano final que de forma similar a la película del 84, toma la forma de la mascota de una marca comercial… ¡pero esta vez del propio logo corporativo de la película!.

Y luego están sus actrices, capaces, en colaboración con su director y guionista, de devorar de un bocado esta película y cualquier potencial secuela, componiendo simplemente cuatro chifladas geniales que resulta que son mujeres; cuatro personajes cómicos que no están definidos necesariamente por ser chicas... en la que es, sin duda, la mejor decisión creativa de la película. Wiig interpreta el personaje con una gravedad cómica que contrasta con la descreída interpretación habitual de Murray (ver cuando grita "¡por favor, no sea el alcalde de Tiburón!"); McCarthy y Jones convierten el show en uno mucho más verborreico y diferente, mientras Kate McKinnon y Chris Hemsworth se erigen como unos auténticos robaplanos. Entre todos y otros secundarios fugaces se las arreglan para reeditar los méritos de la gran aportación a la comedia de Feig, La boda de mi mejor amiga (también algunos de sus defectos, como esa duración excesivamente dilatada) haciendo fácil lo difícil: que el filme sea una comedia extremadamente divertida y, sobre todo, digna de incorporar a esa fiesta lúdica que, al fin y al cabo, era lo único que pretendían ser las dos películas originales de los ochenta: dos filmes tan eufóricos y optimistas que en ellos el espíritu emprendedor de esa década atropellaba sin asomo de remordimiento alguno el dramático y romántico concepto de fantasma que atesora nuestro folclore.

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