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Crítica: 'Fences', con Denzel Washington y Viola Davis

Sin tópicos multiculturales o raciales, 'Fences' trata todos los temas importantes y suma un par de interpretaciones impresionantes.

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Washington y Davis | Paramount Pictures

En algún momento de Fences, adaptación al cine de la obra teatral de August Wilson ganadora del Premio Tony y el Pulitzer, me pregunté si hubiera sido posible una aproximación más cinematográfica que la aportada por Denzel Washington, director y protagonista del filme (en el mismo papel que el interpretado por él mismo sobre el escenario). Y no porque la película esté mal (dejémoslo claro: es justo lo contrario) sino porque, pese al buen trabajo como director de Washington, que aborda aquí su tercer largometraje tras las cámaras tras Antwone Fisher y El gran debate, es inevitable percatarse (y, en ocasiones, sufrir) las limitaciones de escenario y puesta en escena que impone una adaptación más o menos literal de la obra.

No me entiendan mal. Pero Fences dura casi 140 minutos, que, debido a la verborrea implacable del guión del propio Wilson, en ocasiones pesan. Y no porque lo contado sea poco interesante o porque el filme naufrague a la hora de narrar las vicisitudes de esta familia obrera y de color en Pittsburgh. Fences es cine dialogado, y a través de sus largos parlamentos y no la acción la historia logra toda su densidad.

Bien es cierto que las satisfacciones llegan, y que el trabajo de Viola Davis (Globo de Oro por el papel) y, especialmente, Denzel Washington (que merecería salir de la gala de este domingo con un tercer Oscar bajo el brazo) es el más matizado y brillante que hemos visto en mucho tiempo. Gracias a la profundidad y minuciosidad en el diseño de personajes, Fences se eleva por encima de cualquier competidora en los Oscar y, para cuando el filme termina, el espectador tiene la sensación de que, pese a las limitaciones de acción y espacios de la obra teatral, ha penetrado verdaderamente en la psique y las vicisitudes del matrimonio protagonista, sin dramatismos ni tendencia a la lágrima fácil, y también sin poses afectadas más o menos a la moda.

Y nos deja un personaje para la historia. Troy Maxson, interpretado por Washington, es un sujeto con tantas capas como una cebolla, tan implacable con sus hijos como carismático y encantador; tan intransigente como luchador; tan profundamente egoísta como, en el fondo, herido y vulnerable. La moneda que confirma el fracaso del sueño americano pero también la lucha que demuestra su existencia, un tipo normal de cuyos conflictos internos nacen mil ramificaciones, muchas de ellas sobre la propia lucha por los derechos civiles, pero la mayoría sobre cuestiones de identidad (tanto masculina como racial, colectiva o íntima) que perviven aún hoy. En Fences se nos muestra la cara y la cruz de la institución familiar como necesario baluarte de resistencia y a la vez condena de un individuo que, con toda seguridad, en su fuero interno se siente profundamente encerrado bajo sus propio techo.

La consecuencia es un filme tremendamente complejo que, pese a abordar el racismo y cuestiones de género, se resiste a ser catalogado como un producto a la moda bienpensante de última hornada, que sin las auto imposiciones de un filme políticamente correcto acaba tratando con más peso e intensidad todos los temas de ese temible catálogo de "película importante" que tanto gusta en la temporada de premios. La igualdad de oportunidades (no solo entre blancos y negros, también para hombre y mujer y entre distintas generaciones), la clase social, el racismo, el machismo, cuestiones políticas y de contexto e incluso -por qué no- el alcoholismo aparecen reflejadas en un drama familiar que renuncia desde el principio a lo lacrimógeno, al melodrama barato, y que se muestra implacable pero también inesperadamente tierno con sus personajes. Si esa cerca que limita la humilde propiedad de los Maxson cede o resiste va a ser por el peso de la vida y el tiempo, por lo que sucede dentro de las paredes de ese hogar americano y no ante cuestiones superficiales o juicios de valor, por mucho que uno perciba la tempestad que sucede a su alrededor.

Una pena, por eso mismo, que la idea de una aproximación fiel de Washington y el propio Wilson haya sido filmando teatro con pulcro clasicismo, que el cien por cien de su apuesta se exprese a través de los diálogos y sus intérpretes, no con una brillante jugada formal. A lo mejor es porque tampoco hacía falta: de todas formas, Fences -película o teatro-es una obra que apabulla.

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