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Crítica: 'La cura del bienestar', de Gore Verbinski

Rara y brillante, uno agradece que todavía la industria deje caer de vez en cuando horrores como los de 'La cura del bienestar'.

Juan Manuel González
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Mia Goth en 'La cura del bienestar' | Fox

Bendito sea el capitalismo que critican con fruición películas como La cura del bienestar, por -precisamente- permitir de vez en cuando películas tan rebeldes. En su regreso al cine de terror, sensibilidad de la que, por otro lado, nunca ha terminado de alejar (ni siquiera en su paso por el cine franquiciado de Piratas del Caribe, o el de animación, en Rango), Gore Verbinski sabe extraer toda la poesía visual de un peculiar y extraño cóctel de misterio y humor negro que se cuece -ojo- a fuego muy, muy lento durante bastante más de dos horas, hasta desembocar en un clímax loco de FX que remata un filme que, no tengan dudas, no gustará a todos. Tanto la narrativa dilatada de Verbinski, que remite a otros mamotretos de terror épico como El Resplandor, como su moraleja, paranoica en su dibujo de la realidad y definitivamente oscura en su introspección, convierten La cura del bienestar en una rareza, una anomalía de las que de cuando en cuando todavía se dan en la industria.

Porque sus peculiaridades son tanto de fondo como de forma. Verbinski remata un thriller de horror que bebe de fuentes excelsas, literarias y fílmicas, capaz de combinar la pura y dura gamberrada con la sofisticación y la elegancia visual de un director cualificado para el gigantismo del cine industrial de entretenimiento del nuevo milenio. Un tono que consigue traspasar a toda la película, ya que (y creo que esto no es un spoiler) en cierto modo La cura del bienestar no es más que una tradicional serie B de vampiros, una vuelta de tuerca al material de derribo básico del género pero adaptado a los dilemas de la sociedad de consumo. Y, atención, esto es lo valioso, mórbido y crítico con ella. Que el filme comience con una serie de ominosos planos de edificios de Wall Street no es, por eso, algo casual: la película de Verbinski actúa como, en primer lugar, un sencillo filme de terror de argumento sencillo y previsible (probablemente demasiado), que recurre a arquetipos clásicos como el "mad doctor" y otros monstruos y ambientes del género (no se pierdan la escena del dentista); y segundo, un elaborado armatoste metafórico que se viste de actualidad apelando a la conciencia culpable y los fantasmas de un capitalismo que, como Matrix, ya genera sus propias ilusiones y espejismos.

Por eso, el punto de vista del personaje de Dane DeHaan, el joven ejecutivo que parte a un balneario suizo para traer de vuelta al fundador una importante empresa de Wall Street, está siempre en la picota. Como en Shutter Island, pero apurando recuerdos bloqueados, abismos mentales y otras nuevas realidades, Verbinski dilata la acción hasta el máximo para sumergirnos en atmósferas, imágenes y metáforas de las ilusiones que genera el éxito material, la necesidad de sentirse bien, de escalar hasta la cima aún tapando los agujeros de para la junta de accionistas. Cierto que, al final, todo es un cuento chino, que existen ideas confusas y que vemos algunos giros venir media hora antes. Pero es un cuento chino brillante, que juega con un tono que nunca sabremos si es pretencioso o irónico, que devuelve las convenciones del género al territorio del espantoso subconsciente tanto personal como -insistimos- colectivo, y que lo hace utilizando recursos anárquicos y variados que van de la literatura romántica hasta el videoclip contemporáneo a una escala digna del realizador que apañó marcianadas de doscientos millones como El llanero solitario.

Puro deleite, aunque advertimos: por muy excelsa que sea su puesta en escena, esta ladina y brillante La cura del bienestar quizá se le atragante a muchos y a otros (quizá parte de la audiencia a la que Verbinski satisfizo con sus Piratas) se le escape en gran medida.

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