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Lanzmann en la retina

'Shoah' es una obra monumental, imperecedera; uno de los grandes documentos del 'siglo de los genocidios'.

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Fotograma de 'Shoah'

No sabemos cómo definirán los historiadores el siglo XX. Desconocemos si harán hincapié en el gran salto tecnológico, en las guerras mundiales o en la cultura popular. El filósofo Gabriel Albiac escribió que será conocido como el siglo de los genocidios, y ciertamente no seremos capaces de pasar por encima de uno de los siglos más fascinantes de la Historia sin hablar de los asesinatos masivos de grupos enteros de personas por el simple hecho de ser o pensar diferentes.

El Holocausto ha sido y es el paradigma de los genocidios. Sus horrores nos hacen estar alerta ante cualquier brote totalitario que surge en las sociedades libres. Un trauma en la conciencia occidental que ha traspasado generaciones y que ha definido el sistema de relaciones internacionales y los controles que establecen todas las democracias para evitar el ascenso de las tiranías o la represión de minorías o grupos concretos. En consecuencia, es uno de los temas más tratados, y definitorios, del siglo XX.

Claude Lanzmann, fallecido este jueves a los 92 años, ha sido testigo y relator de ese capítulo central del pasado siglo: el genocidio industrial e indiscriminado de 6 millones de judíos en Europa durante la Segunda Guerra Mundial.

Su documental Shoah, de nueve horas de duración, aclamado mundialmente y definido como "obra monumental", hizo un íntimo y crudo ejercicio de introspección en torno a los protagonistas de uno de los momentos más oscuros de la Humanidad. Sin utilizar ninguna imagen de archivo, a través de los testimonios de víctimas, verdugos y testigos, Shoá es un examen de conciencias, un intento de contestar la sempiterna pregunta: ¿cómo pudo pasar? Es, también, un documento inapelable y valiosísimo contra la recurrente y siempre motivada moda de negar o minimizar el Holocausto.

Lanzmann siempre despreció la ficción que se ha hecho sobre el Holocausto, la consideraba una transgresión. Juzgaba, además, que imágenes explícitas sobre los crímenes en los campos de concentración eran una obscenidad y las lágrimas que provocaban en el público, "un goce, una catarsis". Lanzmann era periodista, y su obra gira en torno a la difusión de la verdad y no a la creación de relatos; y se la tomó muy en serio. "Cuando veo lo que he hecho a lo largo de mi vida, creo que encarné la verdad. Nunca jugué con esto", llegó a decir. El prestigioso crítico Roger Ebert dijo de Shoah: "No es un documental, ni es periodismo, ni propaganda ni política. Es un acto de testimonio".

Más allá del negacionismo que propalan los nazis y los islamistas, hay un hartazgo por la constante producción de películas, libros y documentales sobre el Holocausto. Es verdad que muchos supervivientes, y no sólo Lanzmann, han renegado de La vida es bella, de La Lista de Schindler o de La Raffle, por no ajustarse a lo que ellos vivieron o, directamente, por explotar el tema. Son debates espinosos pero legítimos. Sin embargo, es imposible negar el valor pedagógico de la ficción y del ejercicio artístico para explorar un acontecimiento que ha marcado a fuego las conciencias occidentales.

Lanzmann no hizo ficción, ni buscó concienciar. Sólo descubrir la verdad sin cortapisas y sin maquillajes. La cámara frente a la persona, el testimonio sobre el relato, la investigación sobre la suposición, la historia sobre la especulación. Tan empecinado fue en su búsqueda de la verdad y del sentido del Holocausto, que el rodaje de Shoah le llevó once años.

Aunque su origen judío le vinculara al Holocausto, siempre valoró su distancia relativa con los campos de concentración para rodar Shoá. De hecho, afirmó que no habría podido hacerlo si hubiera sido prisionero en alguno de ellos. Aun así, su cercanía a los hechos es evidente –luchó en la Resistencia francesa contra los nazis–.

Lanzmann tuvo una biografía trepidante. Vivió un romance con Simone de Beauvoir y, según contó en su autobiografía, no se quedó a vivir en Israel porque la noche antes de partir se había acostado con ella. Dentro de esa relación pasional, fue invitado por Jean-Paul Sartre a escribir en su revista Les Temps Modernes, incluso a dirigirla.

No obstante, no todo fueron éxitos profesionales, viajes, luchas políticas y romances. Hace unos meses sufrió la peor de las pérdidas: la muerte de su hijo de 23 años, de cáncer. Lanzmann dijo entonces:

La muerte no es evidente. Yo no defiendo para nada la muerte. Sigo creyendo en la vida. Amo la vida con locura, aunque la mayoría de veces no sea divertida.

Lanzmann muere, pero su obra sobrevive en nuestras retinas. El esfuerzo de Lanzmann por informar y tratar de comprender es una lección esencial para el mundo volátil y ambiguo en el que estamos atrapados. Su documental Shoah es una obra imperecedera que nos adentra en los pasajes más tenebrosos del siglo XX.

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