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Crítica: 'Aquaman', con Jason Momoa y Amber Heard

Aquaman no se toma casi nada en serio. Pero es tan enorme y excesiva que no hay posturas intermedias: o te gusta o la odias.

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Aquaman supone un paso más en la corrección de rumbo de las superproducciones DC tras la negativa recepción de los fans a películas como El Hombre de Acero o Batman vs Superman. Otro día debatiremos lo oportuno o no de este sometimiento de la visión artística de un cineasta (también, por supuesto, influye la discutible calidad del resultado final) a cierto tipo de recepción colectiva, pero lo cierto es que este blanqueamiento de Warner, tras el destrozo puntual de Justice League, dio lugar a un filme bastante afinado, Wonder Woman, y ahora esta Aquaman, una película marrullera, escandalosa y hortera... También absolutamente divertida y espectacular, pese a ciertos altibajos que ya son algo casi connatural al desmesurado arte del blockbuster de estudio.

El código de estilo de su director, James Wan, llegado desde los márgenes y proveniente del cine de terror (Insidious, Expediente Warren), y propulsado desde la problemática Fast & Furious 7 al olimpo de Hollywood, se plasma en un sutil momento al principio de la película: una bola de cristal con nieve posada sobre uno de los relatos fundamentales de Lovecraft, El horror de Dunwich, que al fin y al cabo también versaba con criaturas tentaculares y la historia de un (terrible) mestizo. Wan sella así un compromiso con su película y consigo mismo: un objeto propio de un cuento de hadas posado sobre un icono del horror... aunando su propia sensibilidad con un aire de cuento clásico al que, por supuesto, someterá a los dictados del canon superheroico. Porque si algo es Aquaman es una película de consenso...

La historia parte allí donde lo dejó la citada Justice League, prolongando ese tono socarrón y juguetón que aproxima el relato a no pocas aventuras de la competencia Marvel. Arthur (y aquí el nombre no es casual, como demuestra la deriva artúrica de la historia en la segunda mitad) es un mestizo de humano y atlante que trata de vivir su vida en tierra firme, lejos del hogar, con solo algunas ocasionales y casi obligadas intervenciones heroicas. Igual que todo (anti)héroe necesita un villano, y a menudo genera el problema que él mismo está llamado a resolver, esta película tiene una virtud que a la vez es su problema: la moderada autoconsciencia que el director James Wan imprime al filme un tono jocoso y ligero, pero la estética colorista y el chiflado diseño de producción pueden atragantarse cual polvorón navideño. Su apuesta por el exceso más brutal y ruidoso puede confundir y horrorizar al espectador más clásico y distante al relato superheroico.

Todo ello en un filme que, en realidad (de nuevo, la citada paradoja), está apostando casi todo el tiempo por cierta simplicidad narrativa, por un sabor de aventura clásica y "old fashion" entre medias del brutal despliegue de efectos digitales. A ello se suman algunos fallos narrativos, producto precisamente de esa labor de aligeramiento tonal y narrativo, que ciertamente no ayudan. Las secuencias que pretenden emular la comedia romántica clásica para sustentar la relación entre Arthur y Mera son simplemente desastrosas debido a la escasa capacidad de Momoa y Heard para interpretar más allá de su estampa chulesca. Además, los "flashbacks" que introducen la infancia de Arthur y que se distribuyen a lo largo de, sobre todo, la primera mitad del relato a modo de breves interrupciones explicativas, con toda seguridad no deberían ni existir, pero ahí están: de nuevo, el éxito de Wan es que Aquaman no se ahogue (perdón por el chiste) en aclaraciones innecesarias ni prolongue su duración hasta más allá de las estipuladas dos horas de metraje, resultando un filme fundamentalmente ágil, pese a aparatoso.

En todo lo demás, apunten aquí a un defensor de esta Aquaman, una película que liquida todo escepticismo antes de enseñar su título (creo que el tono hortera del prólogo sentimental es una hipérbole clara) y que está preñada de planos vistosos e interesantes (su uso del panorámico en espacios cerrados es portentoso). Wan decide volverse loco con el despliegue de efectos visuales, se sumerge abiertamente en lo hortera y kitsch (el momento de Arthur y Mera saliendo del agua a ritmo de Pitbull apela a la complicidad del espectador, el pulpo tocando el tambor... ¡tiburones con rayos X en la cabeza!) y ofrece momentos de espectáculo hilarante: atención a la persecución en los tejados de Sicilia y todas y cada una de las peleas cuerpo a cuerpo, caracterizadas todas por una eficaz fisicidad y contundencia (que parece heredada de la labor de Wan en su primera superproducción, Fast & Furious 7). Aquaman es una muestra de la pericia técnica de su director y apela al espectador de blockbusters libre de prejuicios, pese a la evidente supervisión de un estudio preocupado. En estos términos, la película hace cierto ese código de estilo que Warner intentó impregnar a sus películas antes del evidente baño de realidad del mercado. Un triunfo parcial, pero un triunfo al fin y al cabo.

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