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Juan Manuel González

Crítica: 'Toy Story 4', de Pixar y Walt Disney

Toy Story 4 consigue convencer de la necesidad de su existencia. Lo hace tomando decisiones difíciles sin traicionar su espíritu.

Juan Manuel González
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Cuando Toy Story 3 se estrenó, con su promesa de un final definitivo y un puñado de imágenes icónicas que sellaron esa impresión, la franquicia de Pixar Animation rubricó su (aparente) final para toda la eternidad. Resulta inevitable, en estas circunstancias, pensar que es la pretensión económica de mantener una pingüe franquicia de atractivo universal, capaz de generar millones en "merchandising" al margen de la propia película, la principal causa de resucitar una saga que, en realidad, no terminaba sino que pasaba página. El gran triunfo de esta Toy Story 4 es, vamos a decirlo ya, convencernos de que si bien no es necesaria, sí opera en igualdad de condiciones que las anteriores y no como un mero epílogo de la tercera.

Y lo hace retornando, en cierto modo, a los orígenes, para después socavar en la medida de lo posible uno de sus principales preceptos: la creación de un grupo de juguetes inseparable y leal hasta el final hacia su niño, se llame Andy o se llame Bonnie. La historia de Toy Story 4 se centra por eso en Woody, el vaquero líder del grupo de juguetes que ahora convive en el dormitorio de su nueva dueña. El filme nos adentra en su crisis de identidad desde el comienzo, proponiendo un viaje de lo colectivo a lo personal que en Pixar, de nuevo, han tenido la inteligencia de plasmar en una única imagen: la del entrañable vaquerito aferrándose a la caja de cartón desde la que Bo Peep, su algo-así-como-interés-amoroso de la primera entrega, se despide del hogar. Este flashback estratégicamente ideado es la excusa de la película que dirige Josh Cooley, que debuta aquí como director de largometraje tras su experiencia en el guión gráfico y cortos de la casa, y responsable de narrar este viaje de Woody hacia la independencia, hacia su siguiente capítulo vital.

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Woody y Forky en Toy Story 4 | Walt Disney

Toy Story 4 lo vehicula como todas las películas de la serie: como una cinta de aventuras y peripecias sin fin que encuentra su combustible, eso sí, en una amarga y muy humana sensación... que esta vez es de hastío íntimo. La creación de Forky, un tenedor improvisado con deshechos, resulta acertada y habla de otro de los temas de la película, por mucho que resulte frustrante el desplazamiento sufrido por Buzz Lightyear, aquí más que nunca un secundario más. Un peaje quizá necesario, quizá no, que se convierte en el gran defecto de la película aunque también su decisión más arriesgada: si estás hablando de pasar página, también estás hablando de pérdida. El guión, una dinamo que encuentra enseguida su velocidad de crucero, sabe pese a estas lagunas la manera de entregar su mensaje, redefinir el concepto de identidad personal (o utilidad, si hablamos en "modo juguete") como algo mutable, en constante evolución, y de paso aportar un componente feminista expresado de manera más bella que reivindicativa. Toy Story 4 no es la obra maestra que la saga merecía, pero sí una buena película que comprende muy bien sus necesidades y que tampoco las engorda artificialmente, entregando otra aventura ágil capaz de salir, esta vez para siempre, del dormitorio infantil, poniendo en primer término nuestras vulnerabilidades: quizá, en esta vida estar perdido es más natural de lo que parece.

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