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Santiago Navajas

Las bestias

Una tecnología sin humanismo está ciega, como un humanismo sin tecnología está vacío. La patria será ecologista y tecnológica a la vez o no será.

Una tecnología sin humanismo está ciega, como un humanismo sin tecnología está vacío. La patria será ecologista y tecnológica a la vez o no será.
Fotograma de As bestas | Contracorriente Films

Federico Jiménez Losantos advertía en estas páginas contra el capitalismo especulador que está destruyendo "los paisajes más hermosos —Albarracín, Maestrazgo, Matarraña—" en la provincia de Teruel. En su pueblo, Orihuela del Tremedal , está previsto que se instalen dos decenas de molinos de viento, lo que supone un atentado paisajístico de proporciones elefantiásicas. Que en nombre del ecologismo se destroce la naturaleza, se destruyan los modos tradicionales de vida, y se ponga en peligro la sostenibilidad del medio ambiente y la economía de territorios vulnerables podría parecer paradójico, sino fuese el leit motiv de la pinza entre la izquierda nihilista basada en el resentimiento y la derecha acomplejada fundada en la incultura.

De Aragón a La Rioja, dando un rodeo por El Priorato en Cataluña. Allí tiene sus viñas Álvaro Palacios, uno de los más grandes enólogos españoles que ha creado los mejores vinos empezando desde abajo. Riojano de nacimiento y con formación en Burdeos, Palacios tiene en Tarragona su finca L’Ermita, cultivada con caballos y mulas siguiendo los principios más ecologistas, que son los conservadores y tradicionalistas. Palacios ha denunciado la invasión paisajística del modelo ecologista al servicio de industrias que son solo verdes en la publicidad pero no en los hechos, y que están coaligados con burócratas de la UE. En el testimonio de Palacios:

Estos proyectos salen de una idea subvencionada desde un despacho de la Unión Europea y de ellos se aprovechan el sector energético, promotores y políticos (...) En ninguna parte ocurre lo que en España. Lo que ocurre aquí es un desvarío que no tiene parangón. Se aprovechan de nuestra ignorancia y nadie se queja.

Se preguntaba Jiménez Losantos: "¿Dónde están los verdes? ¿Y los rojos? ¿Y la oposición?". No sé si Rodrigo Sorogoyen es verde, rojo u oposición, pero lo cierto es que en el momento más oportuno se ha estrenado su película As bestas, que tiene el mayor número de candidaturas a los Goya con total merecimiento porque es un peliculón, a años luz del resto. No solo es la mejor película española del año, sino que también es la película costumbrista del año, la película de terror del año, la película romántica del año, la película sobre la familia del año, el thriller del año, la película gallega del año, la película sobre la España vacía del año, incluso la película francesa del año. Pero, sobre todo, es la película ecologista del año porque denuncia cómo la industria eólica extranjera (podría ser también española) compra a precio de risa el tradicional modo de vida de los españoles enraizados en la tierra, convirtiendo la España vaciada en un erial de aire, con molinos de viento plantados sustituyendo a huertos de tomates.

El protagonista, Antoine, es un francés que lo ha dejado todo para instalarse en una aldea gallega con su mujer y vivir de su huerta. Hasta que una empresa noruega de molinos de viento pretende comprar el pueblo, aunque a los habitantes gallegos les parece el oro del moro. Menos a Antoine, que quiere vivir del trabajo de su huerta, rehabilitando el pueblo gratis et amore y no cae en la tentación de la especulación. En una gran secuencia, Sorogoyen muestra al inmenso Antoine, 120 kilos de humanidad, a los pies de un gigantesco aerogenerador como un Sancho Panza imbuido del espíritu de Don Quijote.

Por supuesto, la oposición a los macroproyectos de energías renovables no significa estar contra el progreso tecnológico, sino acompasarlo a la medida humana. Una tecnología sin humanismo está ciega, como un humanismo sin tecnología está vacío. Palacios propone una solución inteligente: la instalación de placas solares en los tejados de los edificios y de los molinos de viento en parcelas desérticas y sin aprovechamiento agropecuario. Lo contrario es volver al monstruoso desarrollismo de los años sesenta y setenta, con el agravante de estar justificándose en el ecologismo, ensuciando una bandera por lo demás noble.

Una semana después de verla, le sigo dando vueltas a esta íntima historia de resonancias épicas, una tragedia enroscada en unos personajes terribles en el sentido de que cada uno de los protagonistas quiere lo mejor para su familia, lo que acaba siendo lo peor para todas ellas. Lo del infierno empedrado de buenas intenciones. Un gran guión que muestra a unos personajes atrapados en un paisaje paradisiaco arrasado por unos gigantes de aspas de poliéster y fibra de vidrio que son producto de una planificación burocrática, subvencionada y a favor no de los más vulnerables y frágiles sino de los más poderosos y espabilados.

La película es un prodigio de rostros y de cuerpos. El rostro enjuto y el cuerpo magro de Luis Zahera, un actor inconmensurable, contra el rostro pleno y el cuerpo hiperbólico de Denis Menochet, un recital de do de pecho. Entre ambos componen una ópera cinematográfica de bajo y tenor como pocas veces. Pero a diferencia de las tragedias griegas que son implacables y no ofrecen lugar a la redención, en As Bestas sí hay lugar tanto para la justicia como para la reconciliación. Espiritualmente es una película profundamente cristiana, con esa segunda parte dominada por las mujeres. Se cita como referencia el Sam Peckimpah, nihilista de Perros de paja, y si se hubiese terminado la película a la hora y media así sería. Pero esa segunda parte la emparenta más con la mirada católica de John Ford en Siete mujeres y la visión humanista de John Sturges en Conspiración de silencio.

En la senda del ecologismo conservador de Roger Scruton en su libro Filosofía verde –donde defiende dos principios fundamentales: la homeostasis, el equilibrio, y lo que denomina oikofilia, el amor al hogar–, As Bestas, Las Bestias, nos advierte sobre las condiciones que debe cumplir el desarrollo económico: el cuidado del paisaje, el respeto a las personas y la salvaguarda de un modo de vida lo más sostenible, auténtico y original posible. La patria será ecologista y tecnológica a la vez o no será.

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