
Carlos Rodríguez Braun estaba tan sorprendido como yo cuando leyó a Emilia Landaluce en El Mundo referirse a José María Álvarez como "poeta hayekiano". Por mi parte, conocía a Álvarez como bon vivant epicúreo, mucho más cercano a Síbaris que a Esparta, así que cabía la posibilidad de que le hubiese escrito algún poema a Salma Hayek tras verla contoneándose con una serpiente en Abierto antes del amanecer. Pero no, el caso es que el poeta cartagenero cita varias veces al pensador austríaco en sus poemas. Por ejemplo, en Mazintarican,
Pero todo eso, la paz en que esta noche
puedo leer, esta belleza, es menos
en mi corazón que el entusiasmo
por empezar mi libro, mi muy respetado
Hayek.
El libro es THE CONSTITUTION OF LIBERTY (que menciona así, en mayúsculas) y, unos versos después, compara el hecho de esperar a una mujer deseada con el placer de estar a punto de leer en su habitación de Cambridge LA FATAL ARROGANCIA (supongo que sabría que Hayek estuvo en Cambridge durante los bombardeos nazis invitado por su archienemigo intelectual y todavía mejor amigo, John Maynard Keynes).
Todavía Álvarez mencionaría a Hayek en otro par de ocasiones en su poesía. En Otro poema de los dones, un requiebro a Borges, lo situaría en su Olimpo de venerados junto a Ulises, Hölderlin, el propio Borges y otros de esa índole
Por el olvido, que anula o modifica el pasado,
Por la costumbre
Que nos repite y nos confirma como un espejo,
Por Mizoguchi, por Borges, por Melville, por Welles, por Khayyam,
por Hayek,
Vastos como la alta noche, su equilibrio y su astronomía.
Junto a Guillermo Carnero, Manuel Vázquez Montalbán, Leopoldo María Panero, Vicente Molina Foix, Ana María Moix, Félix de Azúa, Martínez Sarrión y Pere Gimferrer formó parte de la selección poética que realizó Castellets en Nueve novísimos. Se armó la marimorena en la franquista España de 1970, tan retrógrada, tan vanguardista. Eran buenos tiempos para la lírica. Aunque los poetas se lanzaron a degüello con su habitual estilo cruel a fuer de estiloso. Por ejemplo, Ángel González definió la antología de Castellet "como la secreción final del franquismo de última hora". Otro grupo de poetas que no salían en la antología tildaban a los elegidos como neodecadentes que se sometían al neocapitalismo. Ni siquiera salvaban al muy rojo Vázquez Montalbán. Tampoco estuvo mal lo de calificarlos de "nuevos perros guardianes del orden establecido". Y eso que Álvarez todavía no había mencionado a Hayek. Se lanzaron críticas como si fuesen balas rellenas de vitriolo y ácido sulfúrico acusando a los novísimos de
Enfants terribles, irreverentes y dinamiteros, listos, cultísimos (hasta el fárrago y la indigestión) con vocación cosmopolita y estética, traviesos y refitoleros, exquisitos, elitistas, con ínfulas de niños bien, complejo de superioridad cultural y propósito de apabullar a los ignorantes a golpe de cita e imponer desde el Olimpo su modelo a los necios, irritantes en su pedantería y decadentes hasta la afectación (quién lo duda?).
Es discutible a cuál de los novísimos se le aplicarían mejor estos denuestos, pero no hay duda de que Álvarez sería candidato en plan primus inter pares. Y que estaría encantado. Al fin y al cabo, no se sentía un "novísimo" sino un "old whig" (viejo liberal):
Cada día me doy más cuenta —y a veces me entristece— de que soy alguien sin sitio en el discurso del pensamiento actual, incluso en el de amigos que se acercan a mi forma de ver el mundo, pero algunos son excesivamente conservadores y en otros, aunque se creen liberales, no deja de haber anidado la sanguijuela del Socialismo, cuando no están tocados por la doctrina social de la Iglesia. Siento mucho más cerca de mí a Tocqueville, a Lord Acton, a Macaulay, o Burke, o Kant incluso, o Humboldt, o a von Mises… Como si viviera y conversara con muertos. Como mi maestro Hayek, soy un "old whig" sin remisión. Esta noche, después de cenar, daremos un largo paseo por el río.
Las traducciones y los ensayos
La primera vez que supe de él fue con sus traducciones de Kavafis en la misma editorial de sus inicios poéticos: Hiperión. También, Hölderlin. Y Shakespeare. Todos ellos sonaban en sus traducciones como si fuesen nuestros contemporáneos porque Álvarez sabía que la gran poesía nunca es circunstancial sino eterna. Aunque parezca de su época, como la Divina Comedia, en realidad pertenece a todos. Quien tenga oídos, que oiga. Quien tenga ojos, que lea. Robert L. Stevenson en la versión de Álvarez es más del siglo XXI que cualquiera de los superventas juveniles que destrozan el gusto literario de la generación del Tiktok.
En su faceta ensayística combinaba la lucidez con la valentía, un detalle de sus tiempos en el antifranquismo que también era época, como debía ser, de anticomunismo. Álvarez era, sobre todo, un antitotalitario, como Orwell y Weil, porque comprendía que estar sesgado hacia la izquierda siendo enemigo de Hitler pero no de Lenin implica el mal que dice combatir. En Sieg Heil realizó una disección de la Alemania nazi cuya tesis central es especialmente pertinente en esta época de indultos a golpistas, asalto al Tribunal Constitucional y desprecio generalizado a la separación de poderes.
La falta de límites al poder de la mayoría fue el caballo de Hitler.
Álvarez pasó de estar en las listas negras de franquistas y comunistas a estarlo en las listas negras del zapaterismo y el sanchismo, esas máquinas de fabricar pesebres para culturetas adocenados que aplauden a los dirigentes socialistas, los amos del corral de premios estatales y subvenciones de chiringuitos públicos como denunció en su día Rafal Sánchez Ferlosio. Cuando publicó La insoportable levedad de la libertad en la que fue la editorial de su obra poética completa, Museo de Cera, Renacimiento, le entrevistó Landaluce:
¿Sigue siendo liberal?
Sí, acaso un viejo liberal algo escéptico y notablemente desengañado, pero creo que, de todas las formas que el ser humano ha imaginado para esto de los gobiernos, el liberalismo es la menos dañina. Todo lo opuesto a la ingeniería social, que ha destrozado a la sociedad.
Aunque presumía de cartagenero, lo cierto es que poéticamente se consideraba ciudadano eterno de Roma y en sus últimos años vivía en París. Ahora José María Álvarez está muerto, pero podemos seguir conversando con él. ¿Qué son al fin y al cabo los libros sino sesiones de espiritismo que llevamos a cabo con los fallecidos? A mí me hablan. Los de Álvarez sobre Rimbaud y Mises, Howard Hawks y Caravaggio. La belleza y la verdad. ¿A usted?