
Aquí tecleo una nota rápida sobre Garci. El pretexto es el Premio Forqué a su trayectoria cinematográfica. Es la percha para escribir la columna. No es poco en la vida de un pueblo ser pretexto para vivir, para escribir y para soñar con decir algo coherente, atractivo y sugerente. Ameno. Garci siempre será, no lo duden, un pretexto grandioso para entrar en la vida del cine, o sea, de la literatura española de nuestra época. No hay imposturas groseras en su obras, porque conoce, como pocos en España, el poderío de la ficción teatral. Es un legítimo heredero de las comedias, los dramas y las tragicomedias del gran teatro español de nuestros siglos de oro. Para Garci la ficción manda, dirige y ordena la horrible facticidad. No hay una sin la otra. La base de su creación es tan real como la de Cervantes, Lope de Vega y, no se olvide, Calderón de la Barca.
Garci es el gran cuentista del cine español. Y, encima real, como la vida misma. Un genio. Y lo es a todas horas, porque hay que ser más que listo, un lince, para ir sin teléfono móvil por el mundo y trabajar en un programa de radio patrocinado por Telefónica; y, además, échenle hilo a la cometa, dicho en castizo, lo pregona como un joven post-revolucionario. ¡Ay, el hombre Garci, es entrañable! Pero no me interesa aquí el buscavidas, a veces tan portentoso como el artista que es, sino su providencial genio de la ficción. De la real ficción. Tocado por la varita mágica del hombre trabajador, saca oro hasta de los pozos negros de la tierra.
Garci es mucho Garci, el mío si se piensa, estremece. Se entra en un laberinto del que quizá no sepamos salir. Sí, Garci es pretexto, percha y asidero de vida que da vida. Es y siempre será una grandiosa ocasión para hablar del sentimiento más vilipendiado de nuestro tiempo de odio y cólera. Una de Garci es, sencillamente, una de amor. Del sentimiento del amor trata todo su cine. En su cine, como en la pintura de Dalí, nunca hay nada feo. Es como si no hubiera nada oscuro en los cuadros del bigotudo y las pelis de nuestro amigo. Extraen belleza hasta de la fealdad de lo que está delante nuestros ojos.
Es Garci, repito, un sabio de la facticidad. Y es que no hay saber más efectivo que el fáctico para trascenderlo y dominarlo. Sabe tanto y tan bien del odio que aqueja, persigue y somete a los mortales en general, y a los españoles en particular, que lo ha transformado en espíritu amoroso. El vocablo odio no existe en los guiones de Garci, porque el desamor no es odio. Es otra cosa tan enigmática como el amor. Garci ha recreado este sentimiento con tal delicadeza que lo ha convertido en espíritu. Garci es, pues, más que una disculpa seria y razonada para hablar de cine. Es un espíritu gestado al calor de lo humano. Y, sin embargo, ha conseguido que la idea de espíritu, incluido el de la reconciliación entre los españoles, no pierda el misterioso carácter transcendente que Dios, o lo Sagrado, en la historia de la humanidad le ha prestado al hombre.
Sin el espíritu de Garci nuestro tiempo no se entendería. Su argucia no puede ser más real y, por eso, reivindica para Enrique Cerezo el Premio Nacional de Cinematografía, seguramente, otro de los grandes hombres del cine español que disfruta con su trabajo. Pasarán cien años y nadie pronunciará el nombre de Garci sin Amor