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¿Se ha acabado la década de los Oscar "woke"'? Hollywood le ve las orejas al lobo

Analizamos todo lo que está mal y bien, o más bien simplemente está, en las nominaciones de los Oscar.

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Que la Academia necesita revestir de alguna pátina de prestigio, cualquiera que sea, para nominar cine fantástico en los premios Oscar es un hecho. Lo de El Retorno del Rey sigue siendo la excepción a la regla, y que Sinners, o Los Pecadores, lo que quieran, haya batido récords de nominaciones con 16 posibles estatuillas no hace más que volver a constatarlo. Nada debería evitar que un film político como Una batalla tras otra liderase las apuestas en una categoría, la de Mejor Película, que ha albergado sorpresas como la de Sueños de trenes, un excelente e intimista western dramático estrenado en Netflix, o incluso F1: La Película, la gran apuesta comercial del año.

Que Frankenstein de Guillermo del Toro haya sido nominada a Mejor Película no es realmente un triunfo para el cine de género, ni siquiera para el cine latino liderado en Hollywood por su director, Guillermo del Toro, sino para una Netflix deseosa de verdadera validación en la meca del cine. La compra de Warner Bros, precisamente el estudio que financió Sinners y Una batalla tras otra, le proporcionaría las herramientas necesarias para acceder a los cines… con unas nuevas condiciones que asustan a la industria. Un dilema de fondo que escenifica el problema más inmediato de Hollywood y que parece inevitable afrontar: Netflix, como la IA, ha venido para quedarse.

¿Se ha acabado la larga década de los Oscars so white y el Me Too que han llenado la boca de la industria durante una larga década? Parece difícil que se haya dicho adiós a ambos movimientos en la América de Trump, pero el colectivo de Hollywood parece haberse percatado del camino sin salida de tantos compromisos sociales. Quizá haya habido víctimas colaterales como el musical El testamento de Ann Lee, con toda una exhibición de su protagonista Amanda Seyfried, pero es que la industria parece haber visto las orejas al lobo. Y ese lobo vino por otro lado: se llama Netflix y amenaza con reconfigurar el negocio.

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Sinners, en este sentido, parece el film de compromiso perfecto: suficientemente comercial para ser querido por el público, lo bastante buena para contentar a un sector de la crítica y definitivamente comprometida con la cultura afroamericana para cubrir una cierta cuota de interés social. El poder de seducción de su banda sonora de folk sureño ha humillado todavía más al musical Wicked, otra de las propuestas comerciales con opciones a premio, que tambien jugaba la baza de racial. Pero no se engañen, la enemiga a batir aquí es Una batalla tras otra, y el título hace honor a la situación: la road-movie de Paul Thomas Anderson va a disputar cada uno de los doce galardones a los vampiros de Coogler.

Al margen de esta reflexión y del ninguneo salvaje a Wicked: Parte 2, (la Academia ha preferido privilegiar dos films ajenos, El agente secreto y Valor Sentimental, también nominados en Película en habla no inglesa) nada maquilla olvidos como los Chase Infiniti en la película de Paul Thomas Anderson y Paul Mescal en Hamnet. El feo a The Smashing Machine se veía venir, pero quizá no tanto el de Si tuviera piernas te daría una patada o Weapons, ese otro triunfo de Warner Bros en el terror con opciones a seducir a los premios que ha tenido que ceder al empuje de la odisea de vampiros sureños de Ryan Coogler. Bugonia sí ha pasado el filtro de Mejor Película, pero la Academia ha preferido insistir en Emma Stone y no en Jesse Plemons, el otro sostén de la comedia de Lanthimos.

Los fans de la adaptación del musical de Stephen Sondheim, sin embargo, lloran comprensiblemente por el absoluto desaire a Ariana Grande por Wicked, una humillación que al menos se comparte por la presencia de Kate Hudson en esa monada de película titulada Song Sung Blue (que en España ni siquiera ha logrado un puesto en el top 10), y sobre todo a la propia película, un fenómeno estadounidense que poco a poco va permeando en la vieja Europa. La fantasía no ha tenido suerte este año, como tampoco la ciencia-ficción de Avatar: Fuego y Ceniza, con apenas un puñado de nominaciones técnicas. Este no era el año de James Cameron, todavía el más nominado gracias a Titanic, aunque, no nos engañemos, sí para el cine con atractivo para la taquilla, dejando de lado la intrascendente preeminencia del indie.

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Sirat podría haber competido en cinco categorías, por lo que las dos nominaciones logradas saben, en realidad, a poco. Tiene por delante dos contendientes verdaderamente brutales, la noruega Valor Sentimental con nueve nominaciones y la brasileña El agente secreto con cuatro (en ambos casos como Mejor Película y Mejor Película Internacional) no ponen las cosas especialmente bien a la obra de Oliver Laxe.

Detalles con menor relevancia: causa satisfacción ver Laberinto en llamas, la historia real de un autobús perdido en un incendio con Matthew McConaughey, en la categoría de efectos visuales, como también otros logros sorprendentes (y no tan inesperados) como el salto de Fórmula 1 a Mejor Película. Una apuesta deliberada de la Academia por acercarse al cine comercial que ha dejado de lado en demasiadas ediciones.

No habrá quien compare el récord de nominaciones de Los Pecadores con los 14 de, por ejemplo, Eva al desnudo o también Titanic. Y eso que este año, desde luego, causas solidarias no faltan: desde el frente de Israel y Palestina hasta el eje Ucrania-Rusia, y recientemente la actuación de Trump en Venezuela y sus amenazas a Groenlandia. Una olla que no quería ser olla, sigue teniendo que soltar presión...

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