
Hay películas que parecen una cosa y terminan resultando otra, como también hay historias que trastocan mucho más que otras. Es el caso de Pillion, ópera prima del director británico Harry Lighton, con quien pudimos hablar durante su visita a España para asistir a la Seminci.
En una entrevista para esCine, el director cuestiona las definiciones heredadas sobre el afecto. Según Lighton, a menudo aceptamos una visión del amor dictada por nuestros progenitores, pero aquellos que no encajan en esa norma deben ejercer un pensamiento crítico para entender cómo sus deseos y su identidad se manifiestan fuera de los cauces convencionales.
Y tanto que en Pillion se sale de los cauces convencionales. La historia nos presenta a Colin, un joven gay encantador al que sus padres le buscan citas para que conozca a un hombre que merezca la pena. Por casualidad se cruzará con el líder de un grupo de moteros gays que practican la dominación. Los moteros están interpretados por un grupo real, a excepción de su líder, Ray, al que da vida el actor Alexander Skarsgård.
El joven Colin no creerá al principio que un dios nórdico como Alexander Skarsgård se haya fijado en él, pero pronto descubrirá las verdaderas intenciones de Ray. Hay escenas donde se introducen dinámicas de BDSM o sado, como cuando el personaje de Ray ordena a Colin dormir en la alfombra, que buscan provocar una división en el público. Para el director, es fundamental que el espectador navegue entre el rechazo a lo que parece una influencia tóxica y la fascinación por el despertar de una nueva libertad personal, manteniendo siempre una calculada ambigüedad moral.
Escenas de sexo duro
En cuanto al tratamiento de las escenas de sexo, el director admite que fue uno de los aspectos que más preparación requirió. El objetivo era evitar a toda costa la vulgaridad o la provocación gratuita, buscando en su lugar un retrato natural y auténtico de las prácticas de dominación. Lighton menciona el uso de prótesis para los genitales como una herramienta técnica necesaria para mantener el realismo, pero siempre con el cuidado de no desviar la atención del conflicto dramático.
Subraya que la cámara no debía juzgar a los personajes; para él, el verdadero riesgo cinematográfico habría sido ocultar la acción, lo cual habría supuesto un juicio de valor sobre la honestidad narrativa de la obra. "Era importante que el público no sintiera que estábamos juzgando el sexo. Si una escena de sexo la mostramos y luego nos alejamos, sería que yo estoy juzgando esa escena en concreto. Así que para mí era muy importante mostrar el tipo de sexo que tienen estos hombres, esta parte de dominación y sumisión. Y que luego sea el público quien decida o piense si es desagradable o no esta escena".
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