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¿Cuál era el lugar de las mujeres en Al Andalus?

Las europeas de la Edad Media, incluso las mozárabes españolas, sabían que eran más libres que las musulmanas.

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El lector ingenuo de las novelas de Antonio Gala puede creer que la vida en Al Andalus era una delicia, incluso para las mujeres. Éstas componían música, escribían versos, tocaban instrumentos, cantaban, tenían unas hijas preciosas, vivían aventuras de amor con emires y disponían de esclavos (para el servicio en la casa y para el sexo escondido).

El profesor Rafael Sánchez Saus confiesa (Al-Andalus y la cruz) que tiene que desengañar a sus alumnas que quieren escribir un trabajo sobre el papel de la mujer en Al Andalus para contraponerlo "al estado de opresión en que necesariamente debía vivir sus contemporáneas cristianas".

Para comprender el papel de la mujer en la cultura islámica hay que tener en cuenta varios factores: el Corán establece su supeditación al hombre ("los hombres tienen [sobre sus esposas] una preeminencia"); el carácter tribal, con predominio patrilineal; y la pronta importancia adquirida por la esclavitud, debido a la expansión guerrera (y que se mantiene de hecho en varios países musulmanes desde Mauritania al golfo Pérsico).

Así, los clanes árabes eran reacios a casar a sus mujeres fuera de ellos y, además, optaban por encerrarlas, sobre todo a medida que su civilización se urbaniza. Según Sánchez Saus,

la generalización del velo y del enclaustramiento fueron la respuesta a los peligros que representaban para el honor femenino y del clan las condiciones de mayor contacto y proximidad imperantes en las sociedades urbanas. De ello se derivaba también la total eliminación de la mujer de la vida pública.

En consecuencia, a las mujeres se les va colocando en una situación legal de inferioridad: las hijas heredan la mitad que los hijos, el testimonio de una mujer en un juicio vale la mitad que el de un hombre musulmán y lo mismo que el de un cristiano o un judío.

El placer de las concubinas

Limitadas las mujeres legales a la procreación, la honra del clan y la educación de los hijos, ¿cuáles son las mujeres que entre la oligarquía gobernante de Al Andalus dan el tono social y son admiradas por los hombres? Las que no tienen honor que proteger; es decir, las esclavas, pero no cualquier tipo de concubina, sino una refinada (yawari). Ese refinamiento lo adquirían en academias a donde se les llevaba después de haber sido capturadas en aceifas y piraterías, entregadas como tributo exigido o compradas en Europa (Verdún era un centro de las rutas de las caravanas de esclavos); algunas de estas escuelas se hallaban en Al Andalus y otras en el Magreb. Una vez aprobado el adiestramiento, se las enviaba a los harenes. A ellas les escriben versos los poetas, los generales, los visires y los califas.

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Las más hermosas y cultas podían convertirse en personalidades en Córdoba, Bagdad, Damasco o El Cairo y ser deseadas y elogiadas por los hombres más poderosos. Pero siempre eran esclavas y podían ser compradas y vendidas, como inversión, por aburrimiento o para satisfacer la lujuria de sus pretendientes. Si parían a un niño, recibían el título de umm walad (madre de un varón) y alcanzaban la libertad a la muerte de sus amos; otras eran emancipadas.

Aunque en algunas cortes europeas las amantes reales llegaran a tener un gran poder, éstas eran siempre mujeres libres, en muchas ocasiones con un título nobiliario y dueñas de un gran patrimonio.

La mujer ideal: rubia, blanca y esclava

El tipo de mujer que gustaba a los árabes (y a los musulmanes orientalizados) era blanca y rubia. Entre los Omeya abundaban los rubios, como el primer Abderramán, hijo de una esclava bereber cristiana llevada a Damasco, y, también el tercero, hijo de una vascona. Éste se teñía la barba rubia para aparentar ser más árabe.

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Mercado de esclavos.

Pero ni la mujer que reuniese las condiciones de ser rubicunda, melodiosa cantante y excelente amante tenía su vida segura. Claudio Sánchez Albornoz (De la Andalucía islámica a la de hoy) subraya que las mujeres de los harenes competían entre sí por el favor del amo. Las concubinas de Abderramán III, a quien también le gustaban los mozalbetes, se compraban entre ellas el puesto para yacer con el califa, quien tenía tal mal humor que a las demasiado rebeldes o desobedientes las hacía desfigurar con fuego y hasta decapitar.

Y ésta era la descripción que hizo el filósofo andalusí Averroes de las mujeres musulmanas:

Nuestro estado social no deja de ver lo que de sí pueden dar las mujeres. Parecen destinadas exclusivamente a dar a luz y a amamantar a los hijos, y ese estado de servidumbre ha destruido en ellas la facultad de las grandes cosas. He aquí por qué no se ve entre nosotros mujer alguna dotada de virtudes morales: su vida transcurre como la de las plantas, al cuidado de sus propios maridos. De aquí proviene la miseria que devora nuestras ciudades, porque el número de mujeres es doble que el de hombres y no pueden procurarse lo necesario para vivir por medio del trabajo.

Las cristianas estaban libres del velo

Las mujeres mozárabes podían, por ejemplo, ir solas o en grupo a misa, lo que excitaba los celos de los varones musulmanes, que acusaban a los clérigos de seducirlas y violarlas; alguno incluso propuso que se obligase a los sacerdotes a casarse. Dos de ellas que participaron el movimiento martirial voluntario de Córdoba del siglo IX, Natalia y Liliosa, mostraron su condición de conversas del islam al cristianismo cuando "decidieron ir a la iglesia con el rostro destapado, al uso cristiano, sin temor ya a ser descubiertas, como en efecto sucedió" (Sánchez Saus). Ellas y sus maridos fueron ejecutados por apóstatas el 27 de julio de 852.

En contraste con Al Andalus, en España y el resto de la Europa cristiana la unión de la herencia romana, las costumbres germanas y la cosmología cristiana, que convierte a una joven en Madre de Dios y mediadora ante Él, hacen que las mujeres vayan ganando derechos y poder: heredan en igualdad que los hombres (norma que ya aparece en el Liber Iudiciorum, promulgado por el rey godo Recesvinto hacia 654); pueden gobernar sus casas, sus campos, sus conventos y sus empresas; son tutoras de sus hijos menores, incluso cuando son herederos de reinos; etc. Mientras la base de estructura social en el islam es el clan, en el cristianismo lo es el matrimonio monógamo.

El Código de Huesca (mediados del siglo XIII) estableció que la mujer acusada de adulterio se justificará sólo ante su marido y no ante el concejo en pleno, lo que constituye un precedente del tratamiento de esta conducta no como delito público, sino como asunto privado; y de este código se trasladó a los fueros aragoneses. En un libro clásico, Para acabar con la Edad Media, la historiadora francesa Régine Pernoud describe los documentos en que el varón que quiere peregrinar a Tierra Santa o marchar a las cruzadas, para vender una propiedad o hacer una donación de manera válida tiene que conseguir la firma de su esposa.

La primera reina española que gobierna como propietaria y no como consorte es Urraca I de León (1109-1126); y le siguieron Petronila I de Aragón; Juana I y Blanca I de Navarra; y Berenguela I, Isabel I y Juana I de Castilla. Por cierto, Castilla fue el primer reino europeo en que se sucedieron dos reinas, Isabel I y Juana I.

Las europeas de la Edad Media, incluso las mozárabes españolas, sabían que eran más libres que las musulmanas. En cambio, hoy, en una Europa poscristiana y posracional, muchas europeas fantasean con vivir en un serrallo y sostienen, sin vacilar, que las mujeres que se envuelven en velos lo hacen por voluntad propia.

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