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Pedro Fernández Barbadillo

¿Fue Lepanto una victoria inútil?

Los españoles aceptamos que la mayor batalla naval de la historia, ganada por la armada y la infantería españolas, fue inútil e incluso algunos contribuyen a difundir esa creencia.

Pedro Fernández Barbadillo
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Los españoles aceptamos que la mayor batalla naval de la historia, ganada por la armada y la infantería españolas, fue inútil e incluso algunos contribuyen a difundir esa creencia.
Recreación de la Batalla de Lepanto | Cordon Press

La Segunda Guerra Mundial no sirvió de nada porque, desde la unión monetaria, Alemania domina Europa mediante su marco, llamado euro para no asustar. Esta afirmación se calificaría como una ‘boutade’. Sin embargo, los españoles aceptamos que la mayor batalla naval de la historia, ganada por la armada y la infantería españolas, fue inútil e incluso algunos contribuyen a difundir esa creencia.

No pensaban lo mismo los contemporáneos, pues la victoria de Lepanto se conmemoró en poemas, pinturas y fiestas desde el norte de Europa a Lima.

Estrategia defensiva de la Monarquía Hispánica

¿Qué se le reprocha a la Liga Santa y a Felipe II? Que no conquistaran Constantinopla o recuperaran Tierra Santa. Quienes pronuncian esos reproches, que son de la misma categoría intelectual que quienes le echan en cara a Hitler que no supiera que los aliados iban a desembarcar en Normandía, no tienen en cuenta la situación de la Monarquía Hispánica ni sus concepciones estratégicas.

Como escribe Enrique Martínez Ruiz (Felipe II. Hombre, rey, mito), "la defensa es el elemento dominante en la política y conducta real. Defensa de sus territorios. Defensa de sus súbditos". La guerra en Flandes consiste en la respuesta a una rebelión de un sector de sus súbditos flamencos contra su señor natural.

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Recreación de la Batalla de Lepanto

El plan de la Liga Santa consistía en frenar la expansión otomana, que había conquistado Chipre y atacado Malta. No había fuerza militar para alcanzar la capital del sultán ni planes; éstos consistían en la destrucción del poder naval de los turcos, que entonces parecía invencible. Y el objetivo se cumplió.

Los turcos rehúyen los combates

A las coaliciones las deshacen tanto las victorias como las derrotas. Después de Lepanto, los miembros de la Liga Santa se plantearon dónde atacar el verano siguiente. Y mientras los españoles proponían el norte de África, donde Felipe quería establecer algún reino musulmán satélite, los venecianos deseaban recuperar sus territorios perdidos.

A la vez, los enemigos cristianos de la Monarquía Hispánica temían la potencia creciente de ésta, sobre todo la Francia envidiosa. Pese a los recelos y el fallecimiento de Pío V, se desarrolló una campaña en 1572. En agosto, cuando Juan de Austria permanecía en Messina, unas 140 galeras de la Liga se encontraron cerca de la isla de Cerigo, al sur del Peloponeso, con otra escuadra turca formada por unas 200 naves, la mayoría de ellas construidas apresuradamente.

El nuevo almirante turco, Uluch Alí, sabía que una flota no consiste solo en barcos; sino en marineros y soldados adiestrados. Por ello, la superioridad otomana era solo aparente, y después de unos días de tanteos, Alí ordenó la retirada.

Las dos flotas siguieron persiguiéndose en las semanas siguientes, y en octubre, en aguas de Modón, y entre las dos fuerzas, una galera española, Loba, obediente a don Álvaro de Bazán, y otra turca, se enzarzaron en un combate. Los españoles, a pesar de ser menos, derrotaron a los turcos: apresaron la nave y causaron 100 muertos al enemigo, entre ellos numerosos jenízaros, y sólo tuvieron siete muertos y treinta heridos. En caso de enfrentamiento, dedujo Uluch Alí, sufriría otra derrota.

La traición de la oligarquía veneciana

Ese verano una de las amenazas que preocupaba al rey español se solucionó: en Francia estalló otra guerra de religión entre católicos y hugonotes. Sin embargo, en el invierno de 1573, cuando los aliados preparaban la campaña del verano, se supo en febrero que Venecia había firmado un tratado con los turcos. Los venecianos, con ese egoísmo que los ha hecho insufribles hasta para los demás italianos, habían incumplido las condiciones de la Liga de no hacer paces por separado con el Gran Turco.

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Juan de Austria

El tratado fue humillante para Venecia, pues mantenía Chipre y los prisioneros cristianos en poder del sultán y se pagaba a éste una indemnización de 300.000 cequíes de oro. A cambio, los puertos del imperio otomano se abrían a las naves venecianas. Los oligarcas más perjudicados por la interrupción del comercio se habían impuesto en el Senado de la república.

Seguramente, Felipe II conocía los tejemanejes venecianos a través de sus diplomáticos y espías. El rey quedó libre para emplear la enorme fuerza naval en beneficio de los intereses de España. Ese verano, Juan de Austria conquistó Túnez sin bajas y colocó en el trono a un monarca amigo de España, pero al año siguiente Uluch Alí atacó la ciudad; y, si bien derrotó a la guarnición española e italiana, sufrió una cantidad enorme de bajas que se calculan en 50.000.

Constantinopla no podía seguir con semejantes ‘victorias’, sobre todo cuando los persas se levantaban en el este, por lo que el sultán Selim II y su hijo y sucesor en 1574, Murad III, empezaron a firmar paces con las naciones cristianas, entre ellas la Monarquía Hispánica. Felipe II se sintió aliviado, pues las finanzas estaban desbordadas (declararía una quiebra en 1576) y el escenario Atlántico empezaba a ser más importante que el Mediterráneo, debido a la sublevación flamenca.

Prueba de la debilidad de los turcos fueron los intentos de Murad de formar una alianza con Isabel de Inglaterra contra España. El sultán halagó a la reina Tudor explicándole que tanto el islam como el anglicanismo detestaban el culto a las imágenes y le compró estaño y plomo para fabricar cañones. Nunca antes un sultán otomano se había rebajado a suplicar un pacto a un monarca cristiano.

Las treguas secretas

En diciembre de 1577, llegó a Constantinopla un enviado de Felipe II, Juan Margliani, con órdenes de negociar una tregua secreta, para no dañar el prestigio del paladín de la cristiandad. Ésta se firmó en febrero de 1578, lo que fue providencial, pues en julio murió en Marruecos el rey portugués Sebastián y empezó la crisis sucesoria que concluiría con la anexión del reino por la Monarquía Hispánica, en 1580.

Esa tregua protegía no sólo a España, sino también a Malta, Génova, el Papado y a la traidora Venecia. Además, se renovó en 1581, 1584 y 1587. La guerra de los turcos (musulmanes sunitas) con los persas safávidas (musulmanes chiitas) apartaron a Constantinopla de cualquier plan de penetrar en el Mediterráneo Occidental.

El estado de paz se convirtió en permanente y sólo lo perturbaron los navegantes berberiscos, hasta que en 1784 un descomunal bombardeo de Argel, dirigido por Antonio Barceló, uno de los mayores marinos españoles de la historia, los obligó a cesar en sus piraterías.

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Recreación de la Batalla de Lepanto

Para demostrar que Lepanto sí sirvió el profesor Agustín Rodríguez (Lepanto: la batalla que salvó a Europa) recuerda un hecho histórico ocurrido casi dos siglos y medio después de la batalla.

Durante otra guerra entre Venecia y Turquía, la república mercantil volvió a pedir ayuda al Papado y a España. Felipe V, que acababa de concluir la guerra de Sucesión, envió en 1716 a Corfú seis navíos de guerra mandados por Esteban Mary y cinco galeras mandadas por Baltasar de Guevara. En cuanto los otomanos, que reunían 33.000 hombres, descubrieron las velas españolas, levaron anclas y huyeron de manera tan apresurada que abandonaron tiendas, impedimenta y casi sesenta cañones.

Lepanto sí sirvió porque después de ella no volvemos a leer nada en lengua española sobre el ‘peligro turco’.

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