
Madrid es ese lugar que los que no somos madrileños le enseñamos en ocasiones a los indígenas. Es un buen amigo cordobés, profesor de Historia del Arte en la UNED, el que me recomienda que visite con prisa y sin pausa la Galería de las Colecciones Reales. Me presento un domingo por la mañana temiéndome lo peor porque los turistas forman colas a la entrada de museos, palacios e iglesias. Sorteo la última con la que me topo, ante el Palacio Real, paso por la fachada de la Catedral de la Almudena, ante la que se arremolinan creyentes y no creyentes, y llego a una terraza desde la que se contempla lo que es el perfil característico de Madrid, un horizontal parque real (los jardines del Campo del Moro) y unos verticales edificios burgueses. Ante mí se alza un edificio recatado, de líneas rectas y aberturas rectangulares, un edificio contemporáneo tras el que lo mismo se encuentra un ministerio del tiempo, una multinacional de la IA o un tanatorio (de los arquitectos Mansilla y Tuñón). Pero, y esto es lo más importante, no solo no hay cola sino que no hay una sola persona ante la taquilla.

Inaugurada hace menos de un año (como informaron Libertad Digital y esRadio), la Galería (quizás por no llamarle "museo" pasa un tanto desapercibido para el turista medio) consiste, fundamentalmente, en una planta dedicada a los Austrias y otra a los Borbones respecto a su mecenazgo y coleccionismo artístico. Conectadas ambas por una rampa digna de pirámides egipcias, lo que queda claro es que los Austrias tenían mejor gusto artístico que los miembros de la casa real francesa. También es cierto que la colección "austríaca" se complementa y refuerza con la de los Trastamara (mientras que las obras borbónicas están iluminadas buscado el brillo, las austríacas permanecen en la umbría, a veces incluso demasiado oscura).
¿Ha fallado la comunicación del museo, la mercadotecnia?
Los trescientos mil visitantes en sus primeros seis meses son escasos para la cantidad y calidad de las obras allí expuestas. ¿Ha fallado la comunicación del museo, la mercadotecnia? Me sorprende que entre las piezas destacadas en la web del museo (sí en el documento publicado para la inauguración) no aparezcan dos de las más impresionantes, cada una de ellas en su categoría, claro está. Si me pudiese llevar una obra sería, sin duda, Salomé con la cabeza de Juan Bautista (1609) de Caravaggio. La serena y calmada belleza de Salomé, una golfa psicópata, con una sonrisa a lo Gioconda pero en tenebroso, contrasta con una vieja arrugada, una metáfora de su alma como en el retrato de Dorian Grey, y un joven, quizás el verdugo, que mira la cabeza de reojo como si no quisiera verla. A Caravaggio, por su asesinato, cualquiera podría cortarle la cabeza para pedir la recompensa. El pintor italiano está de más actualidad que nunca, ya que su estilo hiperrealista y el juego acusado de luces y sombras entronca con la sensibilidad cinematográfica del espectador contemporáneo. Y esta Salomé se ha convertido desde ahora en mi favorita junto a Cena en Emaús (1606) que está en la pinacoteca de Brera, en Milán. Ambas pertenecen a su última etapa, tras la huida de Roma por haber asesinado a un hombre, ¿trasluciendo una y otra cierto arrepentimiento? Podría ser que la cabeza decapitada fuese un autorretrato.
Reciben al visitante cuatro imponentes columnas salomónicas de 6 metros de altura y 600 kilos de peso provenientes del retablo de la iglesia del Real Patronato del Hospital Virgen de Montserrat. A continuación, una sucesión de obras magníficas de Velázquez, Goya, Tiziano, El Greco y Bernini. También me conquistaron un óleo sobre la huida de los judíos cruzando el Mar Rojo de Antonio Tempesta, un contemporáneo de Caravaggio, y una copia en bronce del Niño de la espina helenístico (aunque mal expuesta porque haría falta situarla en un pedestal, no encerrada en una vitrina).

La sorpresa final está en el fondo de la exposición temporal dedicada a carruajes reales donde aparecen dos Mercedes regalados por Hitler a Franco. De los nazis podemos decir muchas cosas malas, pero no que no sabían hacer coches. Estos dos blindados, uno de ellos todoterreno, todo potencia y blindaje contrastan con la humilde litera cubierta con la que Carlos V llegó a su retiro en el Monasterio de Yuste y la magnificencia operística de los carruajes aristocráticos. Un símbolo de cómo la modernidad supuso como el hierro y el acero sustituyeron como símbolos del poder al oro y las piedras preciosas.
Visita museística imprescindible ahora en Madrid, la Galería de las Colecciones Reales se suma al Prado, el Thyssen y el Reina Sofía (este último a pesar del politiqueo sectario con el que se adornan sus directores de extrema izquierda) como un referente obligado cultural, sin olvidar otras joyas museísticas al estilo del carmen donde se expone gran parte de la obra de Sorolla. Para preparar la visita, nada mejor que el documental que se emite en Filmin sobre la inauguración de la Galería. En otra ocasión, les hablaré de otro secreto madrileño, el búnker en el que se refugió el gobierno republicano durante la guerra civil, en el parque de El Capricho, lo que nos llevará a volver a hablar de Franco como si fuéramos ministros de un gobierno socialista.