La salud del Jefe del Estado, Francisco Franco Bahamonde, era tema de preocupación en 1974, cuando sufrió una tromboflebitis y el príncipe Juan Carlos asumió la Jefatura del Estado. Solo por unas semanas, pues, llegado el mes de septiembre, tras su convalecencia, volvió a retomar su cargo en el Palacio de El Pardo. Enfermo de Parkinson, los medios de comunicación seguían planteándose cuándo cedería el poder a su sucesor.
Llegado el verano siguiente, agosto de 1975, Franco parecía inmune a los pronósticos médicos y gozaba de unas jornadas de pesca a bordo de su yate el "Azor", descansando en su residencia estival del Pazo gallego de Meirás. «¿Cuándo cederá el poder su hermano, el Generalísimo?», le preguntaba un reportero de La Voz de Galicia a doña Pilar Franco. A lo que esta, muchas veces confidente del Caudillo, respondió: «Lo hará, lo hará». Pero pasaban los días sin novedad. Recibió en audiencia privada al Jefe del Gobierno, Carlos Arias Navarro, durante cerca de un par de horas. El enigma continuaba mientras el Jefe del Estado jugaba al golf en La Zapateira. Se le esperaba en la final del torneo "Teresa Herrera": no acudió porque ninguno de los finalistas era español.
Al dar concluidas sus vacaciones -serían las últimas de su vida- diecinueve agrupaciones folclóricas le brindaron una sesión de bailes y canciones. Se advirtió que Franco bisbiseaba una de ellas, que podía corresponder al himno gallego o a "La Rianxeira". Y volvió en avión a Madrid. Ya no vería jamás las luces de su amada tierra.
Primera voz de alarma: un constipado
Aquel año sucedió la llamada Marcha Verde, con la que Hassan II quiso retar a Franco y al Gobierno español, enviando a miles de civiles marroquíes (se calculó que trescientos cincuenta mil) en pacífica actitud, reclamando la posesión del Sáhara. Marcha que se inició el 6 de noviembre de aquel 1975. Franco no estaba en condiciones de responder a esa provocación y no autorizó una reacción bélica. La presencia del príncipe Juan Carlos en aquellos parajes saharianos resolvió la situación, sin quererlo, favorable a las tesis marroquíes. La debilidad del Generalísimo fue patente. Pero no solo ese grave incidente afectó al ánimo decaído de Franco. Dos meses antes, el 27 de septiembre, fueron ejecutados cinco condenados a muerte pertenecientes a ETA y el FRAP, aunque el Gobierno indultó a otros cinco. En las cancillerías europeas se fraguó una condena internacional contra el Jefe del Estado. El 1 de octubre, el anciano dictador salió por última ocasión al balcón del Palacio Real, ante una abrumadora multitud que llenaba la plaza de Oriente, vitoreándolo, mientras él pronunció un breve discurso, repitiendo lo ya sabido: que quienes atacaban nuestro régimen partían de una conspiración judeomasónica subversiva en lo social. «Ser españoles ha vuelto a ser hoy algo grande en el mundo». Fueron sus últimas palabras. Porque ya no aparecería nunca más ante una multitud que lo aclamaba sin cesar.
Corría el mes de octubre de aquel 1975 cuando el día 12 el Jefe del Estado presidió un acto en el Instituto de Cultura Hispánica, cuyo director era Alfonso de Borbón, Duque de Cádiz, casado con su nieta María del Carmen, cargo que el propio Franco se encargó de proporcionarle, ante el incierto futuro profesional del pariente. En ese mes ya el frío comenzaba a sentirse y dos días después el Caudillo sintió los síntomas de un simple resfriado. Pocos días después significaron la primera voz de alarma sobre su salud. Los corresponsales extranjeros estaban al acecho por si ocurría algo más grave. Uno de ellos, llevado de su celo profesional y de una confidencia errónea, transmitió el bulo de que había muerto. Lo pude leer en un fax que llegó a una emisora de Miami donde me encontraba. Minutos después comprobé que era una falsa noticia. Mas, insisto: ya se deslizaban rumores acerca de Franco, su provecta edad —ochenta y tres años— y una salud hasta entonces «de hierro», pero con razonables dudas sobre ella.
Aquel proceso gripal desembocaría en una insuficiencia coronaria que fue derivando en las preocupaciones del equipo médico que lo atendía, bajo la constante observancia de su yerno, el doctor Cristóbal Martínez-Bordiú, marqués de Villaverde, especialista en pulmón y corazón. En el transcurso de la enfermedad, que duraría cinco semanas con duros pasajes de dramática agonía, Villaverde dio siempre la impresión de querer mantener a toda costa con vida a su suegro cuando ya eminentes especialistas trataban de convencerlo de su imposibilidad. Llegó el marqués a discutir agresivamente con el médico personal de Franco, el doctor Gil; casi llegaron a las manos, apartados por otros colegas presentes. Y aquel se tomó la libertad de pedirle a este último que abandonara la Ciudad Sanitaria de la Paz.
Las fotografías de Franco intubado
Varias fueron las intervenciones quirúrgicas a las que se vio obligado a padecer Francisco Franco, quien llegó a pronunciar esta dramática frase: «¡Lo que cuesta morir!». Por cierto, intubado por varias partes de su cuerpo, cuando descansaba en su habitación, fue objeto de unas cuantas fotografías que llegaron a manos del director de La Revista, Jaime Peñafiel. Obsesionado con la competencia con «¡Hola!», de donde, tras varios años, había sido despedido por su director, decidió publicar aquellas impactantes imágenes. Penoso reportaje. La exclusiva no gustó ni en la clase periodística ni a millones de españoles. Permaneció el misterio de quién las había obtenido y si fue el mismo que las vendió a dicho semanario. Peñafiel no quiso, obviamente, desvelar la autoría y la personalidad de quien se las facilitó. Hubo sospechas de que fue el marqués de Villaverde o alguien próximo a su entorno. ¿A cambio de una elevadísima cantidad de pesetas? Patético, miserable.
Entretanto fueron sucediéndose treinta y tantos días de titánica lucha por sobrevivir. Les ahorramos detalles médicos de los partes periódicos que se divulgaban a través de los medios informativos, relacionados con la hipotensión padecida por el enfermo, insuficiencia coronaria y renal, edema pulmonar, constantes hemorragias gástricas… Se le tuvo que extraer parte del estómago. Continuaban las complicaciones pulmonares y bronquiales. Hasta que el 19 de octubre de 1975 «el equipo médico habitual», como rezaba a diario cada parte, renunció definitivamente a mantener artificialmente vivo al Jefe del Estado. El marqués de Villaverde tardó en hacerse cargo de la situación.
El final
Eran las cuatro y veinte de la madrugada del 19 al 20 de noviembre de ese histórico 1975 cuando uno de los médicos de guardia comprobó el fallecimiento de Franco. En realidad, como luego pude saber, había dejado de existir dos horas antes. Así me lo confirmó el doctor Cabeza (aquel simpático presidente del Atlético de Madrid), médico forense en la Ciudad Sanitaria de la Paz, donde se produjo el óbito. El electrocardiograma no ofrecía dudas. El parte médico, escueto, fue este: «El Generalísimo acaba de fallecer por paro cardíaco como final de curso de su 'shock' tóxico por peritonitis». Don Juan Carlos de Borbón fue inmediatamente informado. La primera agencia que facilitó la noticia a sus abonados fue Europa Press. Se dio la circunstancia de que en esa misma fecha, con algunas diferencias horarias, hacía treinta y nueve años que en la cárcel de Alicante había sido fusilado José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange Española.

Eran las seis de la mañana cuando el portavoz del Gobierno y Ministro de Información y Turismo, León Herrera, facilitó un comunicado oficial. Y a las diez, sería el Presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro, quien, compungido y a punto de explotar en llanto, pronunció ante los micrófonos de Radio Nacional y Televisión Española estas palabras: «¡Españoles, Franco ha muerto!»
Sepultado bajo una losa de 1.500 kilos levantada por Sánchez
El furgón mortuorio tomó rumbo al Palacio del Pardo. Al día siguiente se abrió la capilla ardiente en el Palacio Real. Miles de españoles (alrededor de medio millón según fuentes oficiales; la cifra fue elevada por otras) en interminables filas que partían desde la Puerta del Sol, dieron la despedida ante el féretro abierto con los restos de Franco, con uniforme de Capitán General, entre lágrimas de muchos y expresiones de dolor, e incluso con algún desmayo. El 23 de noviembre se procedió al multitudinario entierro en el Valle de los Caídos, bajo una losa de mil quinientos kilos de granito.
Cuarenta y cuatro años después, el Presidente del Gobierno Pedro Sánchez decidió exhumar los restos de Francisco Franco Bahamonde, que, primero en un helicóptero y luego en automóvil, terminaron reposando en el cementerio de Mingorrubio, en las inmediaciones de El Pardo.


