
Seis décadas han transcurrido desde que sucediera aquel trágico y peligrosísimo accidente nuclear, de cuatro bombas que contenían plutonio y que cayeron sobre tierra y mar en el pueblo almeriense de Palomares. Todavía hay riesgo de contaminación en una zona específica, acordonada, de una nada despreciable cantidad de cuarenta hectáreas. Los Estados Unidos, responsables de aquella catástrofe, aunque prometieron eliminar totalmente toda contaminación, vienen haciendo "oídos sordos" y tampoco los respectivos Gobiernos españoles han conseguido hacer frente a un indiscutible peligro para la población.
Choque de aviones en pleno vuelo
Era el 17 de enero de 1966 cuando dos aviones estadounidenses, un bombardero B-52 y un avión cisterna KC-135, chocaron en el espacio aéreo arrojando cuatro bombas nucleares sobre Palomares. Dos de ellas esparcieron plutonio al detonar su explosivo, contaminando una zona de tierra y una franja marítima, esta difícil de situar en el mapa. Esas bombas impactaron en un terreno sin que se abrieran los paracaídas de los que pendían. Cuatro fueron las bombas caídas que no explotaron al no estar armadas para detonar, funcionando afortunadamente sus sistemas de seguridad. De haber explotado, el accidente hubiera sido terrible, destruyendo los alrededores del pueblo y otros limítrofes con el consiguiente resultado de infinidad de muertes.
El brutal accidente se produjo durante una maniobra de reabastecimiento a seis mil metros de altura, falleciendo en el acto siete de los tripulantes de ambos aviones. Cada una de esas cuatro bombas tenía una potencia de 1,5 megatones.
Localizadas tres de las bombas, quedaba una por hallar, lo que llevó a las fuerzas norteamericanas desplazadas al lugar, con ayuda de soldados españoles, a rastrear todos los alrededores.

"Paco el de la Bomba"
Fueron ochenta los días que pasaron hasta dar con el paradero de aquella cuarta bomba en el Mediterráneo. Las operaciones marítimas que los norteamericanos realizaron día y noche no dieron resultado positivo hasta que un modesto pescador almeriense, Francisco Simó Orts, que aquel 17 de enero de hace sesenta años navegaba con su barca, se ofreció a identificar el lugar exacto donde había caído la maldita bomba. Y, efectivamente, llevaba toda la razón, aunque las medallas se las pusieron los oficiales norteamericanos y a quien fue motejado en la prensa como Paco el de la bomba, un hombretón con bigote y carácter sencillo, no le dieron nada por su extraordinaria ayuda. Apenas las gracias de aquellos responsables norteamericanos. ¿Acaso no se merecía una compensación económica? Francisco Franco reconoció su gesta, premiándolo con una medalla.
El baño de Fraga
El numeroso equipo estadounidense encargado de arreglar todo aquel desaguisado instaló una especie de campamento desde donde, a lo largo de casi tres meses, fueron retirando un total aproximado de veinticinco mil metros cúbicos de tierra contaminada. Actualmente, sin embargo, persisten restos de radiactividad por cuanto aquellas bombas contenían ingentes cantidades de plutonio y americio. España continúa reclamando a Estados Unidos una limpieza definitiva de esa tierra contaminada en una extensión calculada en cincuenta mil metros cúbicos. Ese terreno, vallado, no es solamente el que contiene tan inmensa radiación. Existe una preocupación razonable por si otro cercano, que podría convertirse en urbanización, registrara peligro para quienes habitaran en ella. De hecho, en los sesenta años transcurridos, los servicios médicos de Palomares y alrededores detectaron secuelas radiactivas en pacientes, aunque no pudiera demostrarse que el fallecimiento de algunos fuera por culpa de este gravísimo accidente aéreo.
Ni qué decir, cuando se produjo la noticia, que medios informativos de todo el mundo se hicieron eco inmediatamente del suceso, con enviados especiales a Almería* Las autoridades del Ministerio de Información y Turismo quisieron evitar que la prensa española alarmara contando la verdad de lo sucedido, tratando de quitar importancia. Tanto es así que el ministro Manuel Fraga tuvo la ocurrencia, junto al embajador de Estados Unidos en Madrid, de bañarse en una playa cercana al pueblo de Palomares, supuestamente contaminada. Gesto con el que trataron de demostrar que allí no había riesgo de contaminación. Sospechas hubo de algunos conocedores del lugar en el sentido de que Fraga y el diplomático americano eligieron una zona de playa distante a donde en verdad existía peligro contaminante. De aquellas imágenes quedó en la memoria Fraga luciendo un meyba del año de Maricastaña.
A título anecdótico, dos de aquellas cuatro bombas se encuentran expuestas en el Museo Nacional de Ciencia e Historia Nuclear de Alburquerque (Nuevo México).
Si cualquier turista se desplaza ahora a Palomares, podrá bañarse en algunas de sus playas sin peligro. Queda la zona descrita con radiaciones. Los habitantes no son del todo ajenos a pensar que allí todavía no se han retirado los miles de restos de plutonio. Y con el riesgo de que pudieran padecer cáncer, hacen su vida diaria procurando no pensar en la improbable posibilidad de que eso sucediera. Lo que no tiene perdón es que cuanto prometieron entonces, en el año 1966, las autoridades americanas no lo hayan cumplido. Y con la Administración de Donald Trump y el Gobierno presidido por Pedro Sánchez este negro episodio continuará sin solución. ¿Se acordarán de solventarlo los próximos gobernantes?

