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'El paraíso perdido' de Pablo Auladell, Premio Nacional de Cómic 2016

Espectacular y vibrante, está llena de personajes poderosos, giros de guión sorprendentes y un fondo moral y metafísico sin parangón.

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Espectacular y vibrante, está llena de personajes poderosos, giros de guión sorprendentes y un fondo moral y metafísico sin parangón.
Pablo Auladell | EFE

Posiblemente no hay obra en la literatura universal más susceptible de ser adaptada dentro de las distintos formatos del "arte popular" que El Paraíso perdido de John Milton (1608-1674). Espectacular y vibrante, llena de personajes poderosos, giros de guión sorprendentes y un fondo moral y metafísico sin parangón, la obra del poeta inglés ciego sería perfecta para un videojuego desarrollado por Bungie Studios (para complementar la guerra interestelar entre la humanidad y una alianza teocrática de alienígenas que desarrollan en Halo), una nueva saga fílmica en la línea épica de El señor de los anillos de Peter Jackson con el formato tridimensional del Avatar de James Cameron unido a los delirios tecnológicos de los/as hermanos/as Wachovski, o un manga dibujado por Katshuiro Otomo siguiendo los planteamientos estéticos de Akira.

Sin embargo, el planteamiento que ha preferido seguir Pablo Auladell es más pictórico pero no por ello menos subversivo. Y entretenido. Bebiendo en la tradición de grandes comentaristas gráficos de la obra de Milton, de William Blake a Gustavo Doré pasando por Henry Fuseli, cada una de sus viñetas tiene el rango de una ilustración, cada página la categoría de un grabado. Con apenas dos o tres tenues colores -el gris, el ocre, el celeste- Auladell se las compone para mostrar la apolínea gravedad de la divinidad, rodeada de una inquietante superioridad, así como la tenebrosa abyección de los infernales ángeles caídos, no exentos de un bravo heroísmo. Con el hieratismo de unas figuras de Piero della Francesca y la ontología mística de un bodegón de Giorgio Morandi, esta tragedia sobre la libertad, el deber, el honor, la vergüenza tiene en el lápiz con hechuras de pincel de Auladell una puesta en imágenes tan bella como sugerente, tan dinámica como profunda.

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Es arriesgado y complejo seleccionar las secuencias determinantes que componen los más de diez mil versos con los que John Milton complementa el imaginario teológico que nos legó Dante (1265-1321) en la Divina Comedia. Una de las peculiaridades que enriquecen el cristianismo es la potencia simbólica de ese lugar de castigo denominado Infierno, ese país de las maravillas teratológicas aunque sujeto a los vaivenes de las modas teológicas, hoy en día puesto en cuestión por gran parte de los cristianos de base y los teólogos progresistas que no lo ven compatible con el Amor y el Perdón que son características esenciales de su Dios. Así, recientemente el Papa Francisco explicaba a un niño que le planteaba dicha problemática que

"Va al infierno solamente aquél que dice a Dios: 'No te necesito, me arreglo yo sólo’, como ha hecho el diablo, que es el único del que estamos seguros que está en el infierno'".

En consonancia con dicha doctrina, el Papa ha enmendado la cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional que se creía que era ley divina, haciéndola revisable, siguiendo la parábola del hijo pródigo. ¿Quién sabe? quizás algún día el mismísimo Lucifer volverá a traspasar las puertas del Cielo. La doble caída que se relata, de Luzbel a Adán y Eva (tras comer del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal, según el vulgo un manzano) , encuentra una transición luminosa de la paleta tétrica del Infierno a los colores pasteles del Paraíso. Pero en ambos el mismo dilema entre libertad y felicidad, entre ser autónomo al precio de vivir en el infierno frente a una vida satisfecha y segura pero bajo el mandato de otro, aunque sea el Tutor Supremo.

El cómic, poema o relato gráfico, como prefieran llamarlo, se divide, como la obra que adapta, en cinco cantos. El primero, Satán, se subtitula muy oportunamente Better to reign in Hell than serve in Heaven (Mejor reinar en el Infierno que servir en el Cielo) y comienza de una manera oblicua relatando la Caída del ángel Luzbel al Infierno, un lugar pestilente y tenebroso, donde poco a poco se van levantando del polvo que han mordido, el resto de ángeles rebeldes. Milton-Auladell le pone nombre al pecado correspondiente a esa franciscana explicación ("No te necesito, me arreglo yo solo") del pecado más grave: el orgullo, la soberbia.

Con un impresionista uso del blanco y el negro, unos encuadres que podrían servir de story board para una película y, sobre todo, un espíritu muy cercano al de John Milton -que justificó por cierto a Cromwell en su deicidio, perdón: regicidio, de Carlos I y que, en palabras de William Blake, como poeta se encontraba, aun sin ser consciente, de parte del Diablo-, esta versión comiquera de Pablo Auladell no sólo va a ser el gran cómic editado este año en España sino que es por su perfección formal, su altura poética y su ambición filosófica uno de los sucesos artísticos más importantes. Resulta tan embriagador hasta el aroma de las tintas que si hubiera una versión pirata no sólo sería un delito descárgarsela sino un pecado susceptible de una cadena perpetua infernal, aunque fuese revisable. No sólo sería una gran idea regalarlo sino que cuando lo compren vale la pena exhibirlo abierto por cualquier página como la obra de arte que es.

Pablo Auladell.El Paraíso perdido. Editorial Sexto Piso, Novela gráfica, 320 pp, precio: 27 euros.

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