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El infierno Panero

Los documentales de Jaime Chávarri y Ricardo Franco -Después de tantos años y El desencanto- analizan la figura de Leopoldo Panero y su familia.

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Ha muerto acribillado por los besos de sus hijos

En Después de tantos años (1994), Michi Panero compara a su familia con los Monster. Y tenía razón el benjamín de los Panero en compararse con la terrorífica familia norteamericana. Pero Herman y compañía protagonizaban una telecomedia mientras que los Panero eran más dados al reality show tremendista, obsceno y cruel. Visto hoy la comparación con una serie televisiva sería más bien Astorga Horror Story o la Casa Panero dentro de Juego de Tronos, a medio camino entre la freudiana Casa Lannister, la enloquecida Targaryen y la depravada Bolton. Precisamente los Bolton podrían prestar a los Panero su lema "Nuestras espadas están afiladas", sólo que cambiando, a la manera de Vicente Aleixandre, espadas por labios o lenguas. Y su emblema: un hombre desollado sobre fondo rosa. Los Monster se divertían muchísimo mientras que los Panero vivían en un permanente valle de lágrimas y recriminaciones mutuas, en una perpetua bajada a través de los círculos del infierno de la "sórdida" (Michi dixit) institución familiar. Los Monster aplicaban siempre un positivo aunque esperpéntico punto de vista a sus problemas vitales, mientras que el vaso de la vida para los Panero estaba lleno, sí, pero de vitriolo y cicuta que bebieron con tanta lentitud como delectación.

Absuelto por los ojos más dulcemente azules y con el corazón más tranquilo que otros días.

En su caso, el hombre desollado es su padre, Leopoldo Panero. Con mucho acierto, la primera secuencia del primer documental, el famosísimo El desencanto (1976), comienza con la estatua de Panero padre cubierta por un plástico blanco y atada con cuerdas. Pero también los hermanos Panero -Juan Luis, Leopoldo María, Michi- se dedican a desollarse entre ellos a lo largo de los dos documentales encadenados. Y, por supuesto, la madre, Felicidad Blanc, también termina desnuda hasta los huesos. Hasta Luis Rosales, el poeta y gran amigo de Panero padre, que pasaba por allí (el día del estreno Rosales se largó de la proyección a los cinco minutos mientras la matriarca Panero, que se la tenía jurada por celos al mejor y siempre presente amigo de su marido, le gritaba "Pero, Luis, ¿por qué te enfadas?")

El poeta Leopoldo Panero, que nació en la ciudad de Astorga y maduró su vida bajo el silencio de una encina.

Tanto Jaime Chávarri como Ricardo Franco, directores de ambos documentales, no están muy preocupados por averiguar la verdad de la singular familia de poetas sino más bien por el espectáculo de un psicodrama narcisista y poético en el que cada uno de los hermanos compite, con una verborrea trufada de citas literarias y exabruptos escatológicos, por crearse una imagen de poeta maldito en un esfuerzo sobrehumano por matar simbólicamente al que se había convertido en un invencible poeta maldito al situarse políticamente en el lado tenebroso del franquismo. ¿Era realmente el patriarca Panero el saturnal alcohólico y violento que torturaba psicológica y físicamente a su descendencia? ¿Era la madre tan bruja y despiadada, una Medea pija y relamida, como la pintan sus hijos? ¿Heredó Leopoldo María de su padre algo más que el nombre, su talento poético y su ambición auto destructiva que le llevarían a convertirse en- la vida de las sorpresas, sorpresas que da la vida- poeta oficial del malditismo?

Que amó mucho,
bebió mucho y ahora,
vendados sus ojos.

Todos ellos, eso sí, heridos hasta la locura, o la idiocia, por la literatura filosófica de moda entonces en los círculos enfaticalistas de Madrid, en la que el delirio psicoanalítico de Lacan y el tremendismo existencialista de Artaud habían sumido a la castiza intelligentsia española más que en el desencanto en el desconcierto (así se iba a llamar en principio el documental que posteriormente rodó Ricardo Franco, ya que Jaime Chávarri se encontraba "quemado" para volver a tratar con esta particular tolstoiana de familia infeliz). No, no iban a esperar los hijos a que resucitara para volver a matarlo a pedradas dialécticas.

Espera la resurrección de la carne
aquí, bajo esta piedra.

Rodada la primera parte en un blanco y negro de película neorrealista italiana, es tan hermosa de ver como de escuchar. Los rostros de los Panero tienen una cualidad tan fotogénica como sus voces la prosodia de las series radiofónicas. La segunda parte de Ricardo Franco, sin embargo, está ya rodada en color y la devastación que se pinta sobre todo en la figura de Leopoldo María es terrible. El que fuera un día tan bello y aristocrático como un ángel ha quedado reducido, entre manicomio y manicomio, a una metáfora siniestra de un ángel, sí, pero caído. Tampoco tienen mejor pinta un prematuramente envejecido Michi, el único de la familia sin resabios literarios preocupado únicamente por sobrevivir a su peculiar entorno, y un resentido hasta la risa Juan Luis, más hermano de Octavio Paz, dice, que de sus propios hermanos.

Sin embargo, y a pesar de tanto desencanto por lo que pudieron haber sido y finalmente no fueron, queda tanto en El desencanto como en Después de tantos años, fogonazos de intensidad cinematográfica y de auténtica poesía entre tanto postureo en cementerios adornados con flores del mal de plástico. Me pregunto a cuál de sus hijos, aunque sospecho que al que nació muerto, iría dedicado este poema

Desde mi vieja orilla, desde la fe que siento,
hacia la luz primera que toma el alma pura,
voy contigo, hijo mío, por el camino lento
de este amor que me crece como mansa locura.
Voy contigo, hijo mío, frenesí soñoliento
de mi carne, palabra de mi callada hondura,
música que alguien pulsa no sé dónde, en el viento,
no sé dónde, hijo mío, desde mi orilla oscura.
Voy, me llevas, se torna crédula mi mirada,
me empujas levemente (ya casi siento el frío);
me invitas a la sombra que se hunde a mi pisada,
me arrastras de la mano... Y en tu ignorancia fío,
y a tu amor me abandono sin que me queda nada,
terriblemente solo, no sé dónde, hijo mío.

En Cultura

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