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Rosenberg, las memorias del ejecutor de judíos

Rosenberg era el hombre más odiado por Goebbels. Alfred Rosenberg se había forjado un aura de intelectual, de creador de la ideología nazi. Hitler le llamaba “Padre de la Iglesia del nacionalsocialismo”.

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Alfred Rosenberg | Cordon Press

El siglo XX contó para su desgracia con dos forjadores del "hombre nuevo": el comunismo y el fascismo. Los testimonios y memorias de sus autores y disidentes, tal y como escribía Cristina Losada en referencia a estos últimos, dejan claro que se creían iluminados salvadores de la civilización. Los nazis pensaban que inauguraban una nueva Era, y así lo dejaron por escrito en fríos dietarios y en contados diarios.

Portada del libro

Joseph Goebbels creyó que sus memorias servirían para que la Humanidad reconociera el servicio del nacionalsocialismo al progreso. Escribió entre el 17 de octubre de 1923 y el 1 de mayo de 1945. Mandó que se hicieran dos copias mecanografiadas, y hacia fines de 1944 ordenó que se microfilmaran sus páginas. Los papeles fueron apareciendo de forma fragmentaria tras la derrota nazi, pero en 1992 se descubrieron los 1.600 negativos en el Archivo Secreto del Estado de la URSS. Desvelaba en ellos que le atormentaban sus problemas físicos: "¡La vida es una mierda!". Su adoración a Hitler era servil -"te quiero porque eres grande y sencillo al mismo tiempo"- y por eso le acompañó hasta la muerte. Y quedaba retratado el gran comunicador que creía que el "pueblo era más inteligente de lo que se piensa", o que Alfred Rosenberg era el "hombre más odiado de Alemania".

En realidad, Rosenberg era el hombre más odiado por Goebbels. Alfred Rosenberg se había forjado un aura de intelectual, de creador de la ideología nazi. Hitler le llamaba "Padre de la Iglesia del nacionalsocialismo". Escribió "La huella del judío a lo largo de la Historia" en 1920, que sirvió de inspiración para "Mi lucha", de Hitler, y posteriormente su gran bestseller: "El mito del siglo XX" (1930), en la que definía la dicotomía entre "raza" y “antirraza”, alemán y judío, y que sentó las bases de la Shoá.

Rosenberg y Hitler

Los diarios de Rosenberg, ahora publicados en español y con un gran estudio preliminar, nos muestran tres cosas: una personalidad ambiciosa pero insegura, la competencia feroz entre los gerifaltes nazis, y el vínculo entre conquista alemana y expolio, tanto privado como público. Rosenberg se sentía inferior a la élite nazi, poco reconocido, apartado injustamente, y trataba siempre de agradar a Hitler. Debió pasar momentos de ansiedad, por lo que decidió iniciar un diario en 1934. En sus página se ve a un Alfred tremendamente rendido a la "grandeza" del Führer, el hombre sobre el que descansaba todo el Estado nacionalsocialista. Hitler alimentaba la lealtad alentando la competencia entre los hombres de su círculo, para los que cualquier motivo era bueno para eliminar al adversario. Así ocurrió en "la noche de los cuchillos largos", donde liquidaron a la cúpula de las SA de Röhm, acusándolos de golpistas y homosexuales.

Los dos enemigos personales de Rosenberg eran Goebbels y Ribbentrop. Del primero envidiaba su aparente seguridad, su don de palabra y su capacidad organizativa, e incluso su vida licenciosa. Sin embargo, una vez que Goebbels cayó en desgracia por la ruptura de su matrimonio a causa de una actriz checa, Rosenberg se sumó al carro de los críticos, y escribió, como si se lo estuviera diciendo a Hitler, que era un "lastre moral" para el nacionalsocialismo.

Cuerpo de Rosenberg en la una prisión en 1946

El repudio a Ribbentrop estaba relacionado con la imagen que éste tenía de hombre de mundo, de aristócrata respetado, simpático pero implacable. Pero sobre todo, que era el preferido de Hitler para ocuparse de la política exterior, un campo en el que Rosenberg se creía el más preparado. Anotó en sus memorias que el gran enemigo a batir era Rusia, donde se concentraban los comunistas –sus grandes competidores-, los eslavos –raza inferior-, y los judíos –el "gran contaminante"-. Por eso vio con disgusto, tan solo en el ámbito privado, el pacto con Stalin que firmaron Ribbentrop y Molotov. Y volvió a callar. Entonces sus memorias se llenan de autocompasión, de terapia de hombre frustrado y servil. Escribe en ese momento sus "logros", como la liquidación y expolio de los judíos como Ministro para los Territorios Ocupados del Este (la URSS), la invasión de Noruega, o la toma del poder en Rumania.

En la derrota, Rosenberg siguió fiel a Hitler hasta el final, contento por haber alejado el germanismo del individualismo y el cristianismo, dirigido la eliminación y robo de los judíos, y servido al Führer. En sus últimas anotaciones, en noviembre y diciembre de 1944, se lamentaba de la poca formación nacionalsocialista de los oficiales de la Wermatch, al tiempo que añoraba tiempos felices y se aliviaba, dentro del absurdo del hundimiento alemán, por el salvamento de parte de su biblioteca. Solo desobedeció a Hitler una vez: cuando el ordenó seguir una política de "tierra quemada" en su retroceso hacia Berlín para que los soviéticos no pudieran adueñarse de nada. Gracias a eso, la recuperación de la Alemania pacificada fue más sencilla.

El libro publicado por Crítica, además de una edición cuidadísima de las memorias de Rosenberg, el inspirador del "exterminio biológico de todo el pueblo judío en Europa", añade discursos y otros documentos imprescindibles para conocer la identidad y mentalidad de la élite nazi.

ALFRED ROSENBERG, Diarios. 1934-1944. Edición a cargo de Jürgen Mattäus y Frank Bajohr, Barcelona, Crítica, 2015.

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