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Fátima Casaseca presenta 'Afectos secundarios', su última novela

Cuatro desconocidas sin nada en común y una serie de catastróficas desdichas. Afectos secundarios es la última novela de Fátima Casaseca.

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Fátima Casaseca. | Espasa

La conversación con Fátima Casaseca (Madrid, 1981) es larga y agradable. Pese a que hace tiempo que vive en Alemania (desde que se fue a estudiar filosofía y teología protestante a Berlín, concretamente), ahora se encuentra en Madrid, promocionando Afectos secundarios (Espasa), su última novela. Durante la charla hablamos de libros, de política, de sociología y de feminismo, sin esquivar ningún tema escabroso. Antes de despedirnos me recomienda algunas lecturas. Cuando salgo a la calle me doy cuenta de que leerla a ella va a ser mucho más interesante que leerme a mí, por lo que comprendo que lo mejor que puedo hacer es presentarla de manera escueta, para evitarle al lector regodeos soporíferos y poco acertados. Ya se presentará ella misma con sus respuestas, pienso, y aplico la norma que acabo de imponerme. Esperemos que consiga hacerle justicia:

PREGUNTA: ¿Son evitables los prejuicios en las personas?

No. Es imposible, yo creo. De hecho, sin generalizaciones o sin arquetipos no podríamos ubicarnos. Cuando ves a una persona, inevitablemente, la juzgas: por cómo va vestida; por cómo habla; por un montón de pequeños detalles… Es imposible sustraerse. Pero bueno, una cosa es quedarse ahí, decir: la he encasillado, no voy a profundizar más; y otra cosa es cuando llegas a conocer a esa persona y descubres todos sus matices.

P: ¿Y las diferencias entre las personas son tan importantes a la hora de forjar amistades? Lo digo por la novela, en la que las cuatro protagonistas, tan contrapuestas, acaban haciéndose amigas…

R: Bueno, amigas… Es una amistad un poco de aquella manera, eh. La novela no va a tener segunda parte, además de porque yo no soy de segundas partes, porque ellas no son amigas en realidad. No comparten unos lazos demasiado profundos. Lo que les ha pasado es que se encontraban en un momento un poco complicado de sus vidas, en el que además se sentían un poco solas; su entorno no las podía ayudar de la manera en que lo necesitaban, y han acabado apoyándose las unas en las otras. Pero es una amistad, realmente, que no tiene ningún futuro.

P: Al final es lo que se dice, ¿no? Todos podemos ser muy amigos, siempre que no hablemos de política o de religión. ¿Te parece que la crispación política actual hace más difícil, hoy en día, ese acercamiento entre personas con posturas vitales diferentes?

Sí. Además ahora mismo está el tema supercandente: Por un lado VOX, por otro las feministas ultrarradicales que te dicen que un hombre no se puede subir a un ascensor si hay una mujer dentro… Acabas pensando que el mundo está un poco loco. Vivimos en un momento bastante complejo, en el que están surgiendo radicalismos por todos lados. La verdad es que es complicado. Por ejemplo, el otro día tuvimos la presentación del libro y se juntaron allí todos mis familiares y amigos, y de repente me encontré en la misma habitación con un tío mío, que vota a VOX, y con una amiga que venía de una manifestación contra VOX… Yo estaba en plan: bueno, mientras no hablen entre ellos…

P: Hablando de feminismo. Tu novela parece tener un mensaje feminista claro…

¿Tú crees?

P: A mí me lo ha parecido…

Pues es una etiqueta que he quitado de todas mis novelas. No me quiero subir a ese carro. Vivimos en un momento en el que parece que si eres feminista, y si escribes un libro sobre feminismo, automáticamente, vas a tener una cierta repercusión social. Porque es "El Tema". Y lo cierto es que es una cosa que me da mucha pena, porque creo que todo el mundo es feminista, o al menos que todo el mundo está de acuerdo en que tanto hombres como mujeres tienen que tener los mismos derechos. Pero ahora mismo parece todo muy desquiciado. Hemos llevado todo al extremo… Y el problema son los referentes que tenemos, que no son los mismos que se podían tener antes. No son pensadores, ni gente seria. Ahora hay feministas que dicen que todos los hombres son unos violadores en potencia; o que hay que denunciar a Apple porque las medidas del Iphone están pensadas únicamente para los hombres; o que el aire acondicionado en las oficinas es opresión heteropatriarcal… Pff, tía, ponte una chaqueta, que no todo es machismo…

Y el problema es que son precisamente esas, las más radicales, las que más repercusión tienen en los medios, porque son muy vistosas y a los medios les encanta sacarlas. Así que ahora te encuentras a gente más mayor diciendo que no es feminista, cuando en realidad sí que lo es… Además hay temas más serios, que hay que tratar, como puede ser la violencia de género; el acceso libre al aborto; la desigualdad salarial… Pero ellas, en vez de centrarse en eso exclusivamente, comienzan a reivindicar absurdeces. Creo que esa es la principal razón por la que el feminismo tiene tan mala fama dentro de la derecha. Es triste encontrarse a mujeres de derechas que dicen que "no pueden ser" feministas…

P: ¿Se acaba confundiendo feminismo con hembrismo?

Claro. Y así se entiende la repercusión que ha tenido ahora VOX. No les estoy defendiendo, eh. Me parece que quieren regresar al siglo XVIII. Pero siempre pasa. Cuando aflora un radicalismo por un lado, al final, acaba surgiendo también su réplica por el otro lado. Ahora mismo estamos en una época bastante delicada, políticamente hablando. Y no solo en España. En Europa está resurgiendo la extrema derecha; en Gran Bretaña están con el Brexit; tenemos a Trump en Estados Unidos… Está un poco loco el mundo ahora mismo.

Pero volviendo al feminismo, creo que ha estado dormido durante mucho tiempo, porque ya se habían conseguido muchos derechos, aunque no todos. Es verdad que las mujeres han estado en una posición de vulnerabilidad durante mucho tiempo, pero tampoco hay que exagerar. Vivimos en un país democrático, y ahora han surgido debates de los que se han desprendido actitudes difíciles de justificar. Sigo creyendo que debatir siempre está bien, eh, pero, por ejemplo, hemos visto que la presunción de inocencia, en algunos casos, parece haberse quedado obsoleta. ¿Pero no se suponía que un Estado de derecho debía garantizar la presunción de inocencia? ¿A qué siglo vamos a volver?

Luego, por otro lado, yo no creo en las teorías de la conspiración. A veces veo a feministas y parece que piensan que la historia de la humanidad ha sido una especie de boicot constante por parte de los hombres. Como si solo hubiesen vivido para oprimirnos. Y no es verdad. Lo que pasa es que vivimos en un mundo en el que importan más las emociones que las razones. La gente lee las noticias sólo a través de titulares… Al final se acaban formando unos barullos mentales en los que la gente se deja llevar por sus frustraciones, y acaba creyéndose cualquier cosa.

P: Saliéndonos de la esfera del feminismo, la novela toca muchos temas y refleja muchas cuestiones sociales… Me interesan varias, aunque puedan parecer anecdóticas. La primera tendría que ver con el personaje de Lola, y esa obsesión que comienza a percibir en su grupo de amigas, todas como locas por tener hijos, casi como si fuera un capricho…

Bueno, existe de todo. Y tampoco te creas que todo es tan sencillo. También hay muchas personas que dicen que tener un hijo es una decisión importantísima, que tiene que ser meditada durante mucho tiempo y con mucho rigor… y en realidad, luego, no tienen ni idea de lo que va a ser, por mucho que lo piensen. Hay gente que se lo ha pensado muchísimo y está completamente convencida de su decisión, y luego tiene el bebé y acaba con una depresión brutal. Lo que sí que es verdad es que existe muchísima presión social. Hay un momento en la vida en el que, de repente, tu grupo de amigas de toda la vida empieza a desaparecer. Todas están casadas y comienzan a tener hijos, y tú te encuentras de pronto un poco sola, sin saber muy bien qué hacer: ¿me uno al grupo o reorganizo mi vida alrededor de otras cosas? Así que por un lado sí, es inevitable sentir esa presión social. Aunque por otro lado también existe una presión biológica, que se nota en el cuerpo.

P: Y supongo que en toda esa amalgama entran también presiones autoimpuestas, ¿no? Aquellas decisiones tantas veces pregonadas que no pueden ser desdichas, de repente, después de tanto tiempo…

Sí, por supuesto, evidentemente. Yo era de las que decía que no quería hijos, por ejemplo, y ahora tengo cuatro. Pero sí, también puede suceder lo contrario. Se parece todo un poco a ese radicalismo social del que hablábamos antes. La gente se agarra a un clavo ardiendo, que es lo que ha dicho, lo que de alguna manera la define, y lo acaba defendiendo hasta las últimas consecuencias, llevándose por delante muchas veces sus propias contradicciones. Acabamos perdiendo de vista que uno puede tener una serie de ideas políticas, pero al final todos somos iguales, y todos evolucionamos, dudamos, cambiamos… Y a lo mejor algo que pensabas hace diez años, ahora, simplemente, ya no encaja en tus esquemas mentales. Y no pasa nada, oye.

P: Otra cuestión que sobrevuela, de fondo, la novela, es una especie de convicción. Aquella idea de que las circunstancias de una persona, si no la redimen, sí que atenúan mucho las consecuencias morales, y penales, de sus maldades…

Bueno, depende de la maldad, claro, pero sí. De hecho en cualquier juicio las circunstancias pueden ser atenuantes. Las circunstancias siempre hay que tenerlas en cuenta. Es como eso que dicen de que con una buena actitud todo el mundo puede ser feliz… Suena muy bien, pero si una persona, de repente, se encuentra en el paro, se le acaba de morir el padre, tiene a su hijo enfermo y, encima, descubre que su mujer le pone los cuernos, no sé, no es que sea infeliz por capricho, es que tiene unas circunstancias de mierda. Y eso, extrapolado a otra situación en la que esa persona se ha vengado, o ha cometido una maldad, pues hombre… No digo que la gente deba tomarse la justicia por su mano, evidentemente, pero sí que creo que sus circunstancias deben ser tenidas en cuenta. No es lo mismo que haga algo alguien que está traumatizado, o que lo está pasando mal, o que lo hace en defensa propia, que cualquier otra persona. Aunque depende de la acción, claro. Unas circunstancias de mierda no lo justifican todo.

P: ¿Qué querías transmitir con esta novela?

Pues mira, Nick Hornby tiene una novela en la que cuatro personas se conocen en lo alto de un edificio, de pura casualidad, porque todas habían subido allí para suicidarse, y a raíz de ese encuentro, un poco incómodo, acaban profundizando los unos en los otros. Yo quería buscar esa misma idea. Poner a cuatro personas totalmente diferentes en una situación desagradable. Tuve un poco de problemas a la hora de decidir la situación exacta en la que quería que se conociesen, pero viendo House of Cards, de repente, en un capítulo en el que la prensa descubre que Claire abortó de joven, caí en la cuenta. Era la situación perfecta para empezar mi novela porque era precisamente ese gris que estaba buscando. Una situación difícil, por la que puedes ser juzgada, pero al mismo tiempo por la que no deberías avergonzarte. Sucede un poco lo mismo que con la prostitución, que también toco en el libro. Parece que solo existen las prostitutas que se sienten orgullosas de serlo y que lo hacen porque les gusta, o las esclavas sexuales, víctimas de trata, a las que hay que salvar; pero es que en el medio existe un amplísimo espectro gris en el que se encuentran muchísimas que lo único que quieren es que las dejen en paz.

P: En ese sentido, ¿cuál ha sido el mayor reto al que te has enfrentado mientras escribías?

El primero de todos, ser sincera. Porque cuando construyes un personaje, le acabas cogiendo cariño. Es un reto sacar sus sombras. Todos tenemos contradicciones, y parece aquí que todos somos buenos y que no hay nada más, cuando las personas somos mucho más complejas. Ese ha sido, yo creo, el reto principal. Luego, también, me he centrado en controlar esa especie de necesidad de deslumbrar al lector. Ese ímpetu por decir: oye, mira todo lo que sé y lo bien que escribo. Y no. Una tiene que confiar en su historia y tiene que esforzarse por hacerla lo más legible posible, y lo más sencilla.

P: ¿Cómo es construir una historia a través de muchas voces en primera persona, siendo además todas esas voces tan distintas unas de otras?

Pues era muy divertido, la verdad. Además yo tenía mis personajes favoritos, y cuando tenía que escribir desde la cabeza de Sonia, por ejemplo, te puedes imaginar: dar rienda suelta al macarra que todos llevamos dentro y pensar, bueno, aquí puedo decir todas las burradas que quiera. También es verdad que no es tan fácil, porque todos tenían sus propias muletillas, y eso son cosas que tienes después que ir puliendo, porque si no se nota perfectamente que son todas la misma persona. Era un reto, pero una vez que le coges el truco sale solo, también te digo.

P: ¿Cómo es escribir sobre Madrid viviendo en Alemania desde hace tanto tiempo?

Bueno, es que además la novela anterior también estaba situada en Madrid, y ahora estoy escribiendo otra que está situada en España. Todo el mundo me lo pregunta: ¿por qué no ambientas una en Alemania? Y yo creo que es porque vivo allí. Con la distancia, la visión cambia. Acaba siendo un poco un homenaje nostálgico. De hecho, la gente me decía que Malasaña ya no mola tanto, pero a mí me gusta recordarlo así. Y me pasa lo mismo con La Moraleja. Yo crecí allí, y ahora no tiene nada que ver a cómo era cuando yo era adolescente… Al final es ley de vida.

P: ¿Qué es más difícil, escribir una comedia o un drama?

Yo creo que es más fácil hacer llorar a la gente que hacerla reír. Tampoco lo sé, en realidad, porque nunca he escrito un drama puro… De hecho cuando empecé Afectos secundarios pensaba que iba a ser un dramón, pero al final, hasta en el drama más horrible siempre existen destellos cómicos, o más ligeros. A mí me gusta mucho la comedia, en general. La parodia no, pero la comedia sí… Así que, en realidad, no sé qué responderte. Supongo que en el drama es mucho más fácil caer en la cursilería, mientras que en la comedia no. Y a mí es que lo cursi no me llama demasiado.

P: Bueno, tú misma lo has dicho: haciendo drama es fácil caer en la cursilería; y haciendo comedia… en la parodia. ¿Cómo se evitan esos excesos?

Pues siendo muy duro contigo mismo. Muy crítico. Y releyendo y diciendo: no, no, esto no. Y cortando, y cortando, y cortando…

P: ¿Cuándo nació tu vocación de escritora?

Pues es que me encanta leer; y yo creo que a la gente que le gusta leer le gusta también escribir. La verdad es que a mí es algo que siempre me ha llamado, lo que pasa es que nunca me lo había tomado en serio. Cuando empecé con el blog tampoco tenía la intención de publicar nada en papel… Era más un hobby. Pero luego vi que gustaba, y que no se me daba mal, y me dije: voy a intentarlo.

P: ¿Y cuál es la historia del blog? ¿Cómo empezó todo?

Pues yo estudié en Berlín, y allí conocí a mi marido. Nos fuimos a vivir a un pueblecito perdido en el sur de Alemania, yo viniendo de Madrid… así que imagínate el choque cultural. Pero bueno, gracias a Dios existía internet. Empecé a leer otros blogs y a conocer un poco mejor el mundo de las redes sociales… Y la verdad es que me apeteció contar mi experiencia. Porque en ese momento Alemania estaba muy de moda, además, y había muchas cosas que la gente en España no sabía. Empecé con el blog para desahogarme.

P: ¿En qué momento ves que tienes tanta repercusión como para acabar publicando en papel?

Bueno… en esa época no existían tantos blogs como ahora. Éramos unas pocas. Y se puso de moda. Planeta empezó a publicar algunos. A mí un día una agente literaria me llamó y me dijo que creía que mi blog podía tener salida.

P: Entre el blog y Afectos secundarios publicaste otra novela, si no me equivoco…

Sí, Nadie se muere de esto, pero esa fue con Random.

P: ¿En qué ha cambiado tu vida desde que comenzaste a publicar?

Pues ha sido… claro… es que yo nunca he tenido contactos con el mundo editorial. Ahora ya tengo un poco más… Pero me acuerdo de que antes de publicar por primera vez, lo veía imposible. Una vez ya salió el blog, sin embargo, pude ver que tampoco es tan difícil, y entonces me dije que podía intentar sacar una novela más al uso.

P: Además de a escribir, ¿a qué te dedicas?

Trabajo en la empresa de mi marido, que es una empresa familiar. Y luego también de lectora para editoriales: leo libros y los valoro.

P: ¿Quiénes han sido tus maestros literarios?

Puf. Es una pregunta complicada, porque leo muchísimo. Además leo muy mal, nunca subrayo y siempre tengo todo muy desordenado. No sabría decirte. Depende de la época. Ahora mismo, por ejemplo, estoy un poco obsesionada con la literatura norteamericana contemporánea. Pero también tuve una época en la que leí mucha literatura hispanoamericana… Luego, como fui a un colegio francés, he leído siempre mucha literatura francesa… alemana, también, durante una temporada… No sé. No puedo escoger.

P: ¿Tienes alguna novela de cabecera? ¿Alguna obra que te haya marcado especialmente?

Puf. Otra pregunta complicadísima… No sé. Ahora mismo, una novela reciente que me he leído y que me ha encantado ha sido El Nix, de Nathan Hill. Un tochazo de libro… Me encantan los tochazos. También me encantan los relatos: Sara Mesa, por ejemplo.

P: Para acabar: ¿cómo le venderías tú la novela a los futuros lectores?

Pues es una novela divertida, yo creo, ante todo. Se lee rápido… Es diferente… No sé. ¿Tú qué destacarías de ella?

P: Puf. Pues si te soy sincero, a mí lo que más me ha gustado ha sido la manera como vas profundizando paulatinamente en los personajes. Ese juego en el que uno descubre todo lo equivocadas que están siempre las primeras impresiones.

Pues mira, me recuerda a lo que me dijo una amiga, que es una novela sobre equivocarse. Y no solo con las personas, sino también con uno mismo. Muchas de las protagonistas descubren de repente facetas de ellas mismas con las que no están tan a gusto. Pero bueno, así somos. Y aceptarse también es importante.

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