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Alfonso Armada: "Hace falta imaginación para referirnos al coronavirus más allá del símil bélico"

Su experiencia cubriendo guerras y su bagaje cultural convierten al periodista gallego en una de las voces más interesantes en tiempos de coronavirus.

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Su experiencia cubriendo guerras y su bagaje cultural convierten al periodista gallego en una de las voces más interesantes en tiempos de coronavirus.
Alfonso Armada | Corina Arranz

Cuando Alfonso Armada (Vigo, 1958) trabajaba en el diario El País, a comienzos de los años noventa, fue enviado a cubrir el cerco de Sarajevo. Allí pudo presenciar por primera vez los estragos que provoca la violencia humana desatada. Después ejerció de corresponsal en África durante un lustro, informando del genocidio de Ruanda y de los diversos conflictos bélicos que se sucedieron en zonas de la República Democrática del Congo, Burundi, Liberia y Sudán. Terminó de corresponsal para el diario ABC en Nueva York, y cubrió los atentados del 11 de Septiembre. Pero pese a ese nutrido bagaje, él sigue prefiriendo no definirse como reportero de guerra. "No me siento cómodo con esa etiqueta", dice, "aunque he cubierto algunas guerras". Es una persona cercana al ámbito cultural. Además de en las redacciones de los periódicos —donde dirigió el suplemento cultural de ABC—, ha desarrollado su vida subido a las tablas del teatro y componiendo versos para llenar sus propios libros de poesía. Actualmente es presidente de Reporteros Sin Fronteras. Ahora que el coronavirus ha puesto a la práctica totalidad del planeta "a combatir contra la enfermedad", su mirada particular de la realidad de la pandemia resulta más interesante que nunca. Hablamos con él:

Pregunta: ¿Estamos en guerra?

Respuesta: Bueno, a ver. Me parece que es cierto que muchas veces, yo incluido, hemos recurrido al léxico militar para referirnos a la pandemia de forma un tanto inconsciente. Es una metáfora muy socorrida: que estamos en un combate; que esta lucha la vamos a ganar; que estamos en guerra; que el enemigo es un enemigo muy difícil de combatir; que es un enemigo invisible… La verdad es que yo creo que en esto pecamos un poco de falta de imaginación. Recurrimos a la terminología militar porque parece más eficaz, más gráfica. Y al mismo tiempo es una especie de llamada a rebato; una llamada a las armas para luchar contra el enemigo. Bueno. Desde el punto de vista de la comunicación política puede tener un sentido; y puede, no sé hasta qué punto, ser eficaz. Pero me parece que no se compadece con lo que es una guerra. O por lo menos con las guerras que hemos visto históricamente. Tiene algunos ingredientes, eso es verdad, como por ejemplo el número de víctimas; y también un rasgo que la podría poner en relación con los conflictos a partir de la Segunda Guerra Mundial, en los que el número de civiles que morían cada vez era mayor que el número de militares. Pero más allá de todo eso, si tratamos de comparar lo que estamos viviendo con cómo se vivió el cerco de Sarajevo en los años 90, por ejemplo, tendríamos que hablar de las dificultades de cada día allí: la dificultad de conseguir agua, o electricidad, o comida. O la imposibilidad absoluta de abandonar la ciudad. También la posibilidad de morir. Los vecinos de Sarajevo eran los objetivos fundamentales de un ejercicio de tiro al blanco con todo tipo de armamento. Las circunstancias son incomparables. Por eso yo sería cauteloso a la hora de buscar metáforas para explicar la crisis actual. Uno de los problemas que tiene hoy en día la información es que todos repetimos latiguillos y lugares comunes; pero creo que una buena forma de luchar contra la pandemia sería tratar de encontrar formas más imaginativas de contarla.

P: Cabría preguntarse cómo está afectando la pandemia a verdaderas zonas de guerra, o también, simplemente, a otras zonas más pobres.

R: Por supuesto. Evidentemente no es lo mismo cómo se está viviendo la pandemia aquí ahora mismo que en los campos de refugiados sirios, por ejemplo, o en Jordania o Turquía, o en África. Zonas donde además la infraestructura sanitaria es muy precaria. El otro día comentaban en The Economist, me parece, que en Uganda hay menos camas de UCI que miembros del gobierno, lo cual ya es un baremo bastante llamativo. En esos sitios, nos tememos, las consecuencias de la pandemia van a ser muchísimo más devastadoras que en el primer mundo, aunque aquí ya estén siendo bastante nefastas.

P: ¿Qué es una guerra?

R: Bueno. La guerra es un momento en el que una sociedad se desmorona por completo. Todos los sistemas de protección, de seguridad personal y de garantías jurídicas saltan por los aires. En una guerra volvemos al estado de naturaleza, al estado más salvaje en el que rige la lucha entre los más débiles y los más fuertes; el sálvese quien pueda. En esas circunstancias surge lo peor y lo mejor del ser humano. Yo eso lo he visto en Ruanda o en Burundi; y en Sudán y en Bosnia también. Ves comportamientos de una crueldad abrumadora, que te deja aterrorizado; y ves comportamientos de una piedad y de una compasión impresionantes. Gente que antes de matar prefiere morir; gente que se desvive por prestar ayuda y que se quita de sí misma… Lo tremendo es tener que experimentar esas circunstancias tan extremas en las que uno descubre de verdad quién es. El miedo es un rasgo fundamental en la guerra. En el momento en el que una sociedad entra en quiebra absoluta y solamente reina la violencia más descarnada, el miedo se extiende por todas sus capas. Ahí también ves todo tipo de reacciones.

P: Esta pandemia también parece haber extendido el miedo, aunque tal vez no un miedo tan primario…

R: Es verdad. El miedo parece haberse convertido en una especie de ingrediente de la vida cotidiana. Para empezar porque el virus tiene una serie de connotaciones muy inquietantes: es un mal difícil de detectar, que actúa de forma silenciosa y que no permite saber muy bien quién lo tiene y quién no —se habla mucho de los asintomáticos como una especie de agentes provocadores del virus que ni siquiera saben que lo son—. Eso es algo que nos está llevando a una nueva cultura de la sospecha, de algún modo; lo que podría llegar a ser bastante peligroso. No podemos acercarnos; no podemos tocarnos. Hay unas nuevas normas de juego que se han instaurado de forma casi automática en todo el mundo, sin demasiado escrutinio periodístico. Con unas circunstancias como estas, no se puede negar que el miedo se ha convertido en un ingrediente fundamental. Pero es un miedo distinto al que solía primar siempre en el debate político. Se ha generalizado. Ahora la incertidumbre pesa sobre toda la ciudadanía. Tal vez esa sea una de las características más notables de la pandemia. Recuerdo que en Sarajevo, nada más llegar, cuando todavía no sabía muy bien dónde estaba, un chico me dijo: "Por favor, ten miedo". El miedo nos ayuda a protegernos. Pero es necesario saber manejarlo, porque sólo ayuda si no se convierte en pánico. De todas formas creo que todo depende de dónde y cómo vivas la pandemia. No es lo mismo trabajar en un hospital, y dentro de un hospital no es lo mismo trabajar en una Unidad de Cuidados Intensivos o en Urgencias, que estar alejado hasta cierto punto de toda esa realidad. Nuestra propia percepción del miedo varía en función de nuestras propias circunstancias. Habrá que ver, cuando todo pase, qué habremos perdido y qué permanecerá de cómo solíamos relacionarnos. De momento, parece evidente que cuando se levante el estado de alarma las cosas no volverán a funcionar exactamente de la misma manera, o por lo menos no de forma inmediata.

P: ¿Hasta qué punto el virus nos ha obligado a revisar nuestra forma de vida?

R: Ese es otro aspecto muy curioso de lo que está pasando ahora mismo. Lo comentaba el otro día Pedro García Cuartango en un artículo de ABC: cómo algo tan elemental como este virus es capaz de poner en jaque a toda la humanidad, a todo el complejo sistema económico, político y de defensa que tenemos. Se ha visto que, en cuestiones sanitarias y políticas, el sistema se ha quedado completamente anquilosado. La pandemia está poniendo de manifiesto que muchos de los organismos herederos de la Segunda Guerra Mundial se han convertido en auténticas antiguallas que no responden a las necesidades del mundo contemporáneo.

P:¿Cómo crees que puede afectar el coronavirus a los distintos discursos del miedo que se utilizan en política?

R: Bueno. Yo, la verdad, prefiero no hacer vaticinios porque no creo que los periodistas debamos ponernos a hacer de gurús. Siempre hay tantos elementos a tener en cuenta, y tanta complejidad, que es muy difícil saber un poco por dónde pueden ir las cosas. Dicho esto, lo cierto es que ya existían ingredientes en el mundo político contemporáneo muy inquietantes: un desdén cada vez más creciente hacia el otro, que le convertía no ya sólo en enemigo, sino casi también en alguien indigno de vivir; una exaltación de la identidad propia; un renacimiento del nacionalismo, que tantas catástrofes provocó en el siglo pasado. Todo eso ha polarizado muchísimo el debate político. Dirigentes como Trump o Bolsonaro, Orbán o, en España, los independentistas catalanes, han jugado un poco con un discurso ultranacionalista, que defiende el derecho a la diferencia, a crear nuevas barreras, a independizarse y a cultivar únicamente lo tuyo como forma de protegerse de lo de fuera. Se ha llegado a hablar del extranjero como alguien que porta gérmenes, lo que parece una recuperación de argumentos sacados de la biología, que tanta resonancia tienen con el nazismo. A ese respecto el coronavirus ha incentivado estas percepciones. La reacción natural está siendo cerrar fronteras, encerrarnos en nuestras casas y en nosotros mismos para protegernos. Un cultivo exclusivo de la individualidad. Es un discurso muy peligroso que recuerda a escenarios del pasado, desde luego. En vez de fomentar la cooperación internacional —todos esos organismos que nacieron de la Segunda Guerra Mundial y que trataban de evitar que el flagelo de la guerra volviera a azotar a la humanidad—, ahora tenemos discursos que parecen anclados únicamente en el miedo.

P: También han surgido otros que hablan de la importancia del colectivo, del fracaso del neoliberalismo y de aprovechar la oportunidad para implantar un sistema completamente nuevo.

R: Sí, esa es otra cosa que está pasando. Algunos dicen que una buena parte de los problemas que tenemos hoy se deben principalmente al neoliberalismo, y hablan de la globalización como si fuera el ejemplo máximo de eso. Creo que ahí se mezclan intereses muy confusos y políticamente muy tóxicos y defectuosos. Se llega a hablar de la nueva oportunidad del comunismo. La verdad es que prefiero no hacer vaticinios al respecto, pero que se nos plantee como sistema idóneo para el porvenir el sistema chino, que es un sistema que, por una parte, aplica el capitalismo de estado de forma implacable, y por otra, lleva a cabo un control férreo de las libertades a través de un sistema comunista, no es algo demasiado halagüeño. Todo responde también al mismo mensaje de seguridad que hemos tocado antes: se dice que es mejor ceder espacios de libertad y autonomía para poder combatir contra un enemigo insidioso de forma segura y eficaz. Pero se trata de otro discurso muy peligroso: esa especie de dicotomía entre seguridad y libertad. "Si quieres seguridad tienes que renunciar a la libertad y el estado va a protegerte de todo". Bueno, qué puedo decir. Es un discurso muy peligroso, que además ya se aplicó en el pasado con resultados catastróficos. Lo que pasa es que después también se suman otros factores, en esta especie de panoplia de problemas, como por ejemplo el cambio climático, que ya está aquí pese a los negacionistas. Son muchas cosas. Ahora mismo una posible reacción global al coronavirus pasa por un individualismo a ultranza, con nuevas barreras comerciales, físicas y políticas, pero creo que, por contra, lo que ha demostrado esta pandemia es que hace falta la colaboración internacional. Fíjate que donde se siguen manteniendo los lazos es precisamente en el trabajo científico. Me parece que nunca ha habido una colaboración tan estrecha entre laboratorios de todo el mundo para intentar conseguir una vacuna contra la pandemia. De ahí se pueden extraer enseñanzas. ¿Qué es lo que mejor está funcionando en las sociedades contra la pandemia? Pues la sociedad civil y el sistema sanitario, con todos sus problemas. Está claro que si hay aquí alguien defendiendo al sistema son los médicos, las enfermeras, los trabajadores de la limpieza, los reponedores, las cajeras de supermercado o los mensajeros. Muchos de ellos además son inmigrantes. Quienes están protegiendo al sistema productivo en muchos casos son inmigrantes, que hacen tareas que nadie quiere hacer. Ahora el campo está teniendo problemas para conseguir mano de obra para recoger las cosechas, que llevan tiempo dependiendo también de manos extranjeras. En definitiva, por resumir, creo que el discurso hipernacionalista del miedo y del odio al otro lleva al desastre; pero también considero que hay que tener cuidado con las soflamas políticas que remiten a un pasado comunista que, en realidad, lo que cosechó fue un fracaso y un sufrimiento inmenso.

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Alfonso Armada junto a Juan Goytisolo en Sarajevo / Gervasio Sánchez

P: Por centrarnos en España, se están sucediendo críticas de todo tipo. Se habla de un posible estado de excepción encubierto y de un plan gubernamental que pretende consolidar su poder aprovechando la excepcionalidad parlamentaria. ¿Tú cómo estás siguiendo el panorama?

R: (Piensa). Bueno. En circunstancias de excepción como las que vivimos siempre hay agentes políticos que aprovechan la oportunidad para meter su propio mensaje y para conseguir avances políticos de todo tipo. Y hay gente con escrúpulos y gente sin escrúpulos. Estamos, es verdad, en un estado de excepción que podría ser encubierto, y el gobierno lo esgrime como la mejor forma de luchar contra un enemigo común. Argumentos que puedo entender y compartir. La verdad es que habría mucho que hablar al respecto porque, bueno, parece que un mando único es mucho más eficaz, pero tampoco sé si el mando único al final ha sido tan eficaz como se suponía. Creo que a este gobierno la pandemia le cogió con el pie cambiado, sin mucha experiencia de gestión, y creo que ha acusado bastante su propia bisoñez. ¿Que dentro del gobierno haya también agentes políticos que traten de aprovechar estas circunstancias para desarrollar su propio proyecto político? Pues seguramente, no lo dudo. ¿Que lo vayan a conseguir? Bueno, vamos a ver si es así. Por otro lado también sucede que en estas circunstancias algunos aprovechan para evitar la crítica esgrimiendo el argumento de que ahora es el momento de arrimar todos juntos y después ya veremos. Lo que pasa es que la crítica constructiva es necesaria para conseguir mejores resultados. Es decir, tener el parlamento al ralentí, o pretender que la libertad de prensa es perjudicial para la democracia es no entender precisamente la propia naturaleza del sistema. En ese sentido, Reporteros Sin Fronteras hizo un informe denunciando que fue el oscurantismo chino el que permitió que el virus fuese más devastador porque los primeros que denunciaron la epidemia fueron detenidos y menospreciados debido a que se entendieron sus manifestaciones de alarma como un ataque contra el propio sistema chino. Los totalitarismos son los que siempre quieren silenciar las voces críticas. Estamos en una situación muy complicada, pero eso no quiere decir que el gobierno no tenga que ser sometido a escrutinio político y social, tanto por parte de los medios como por parte de los ciudadanos.

P: El ataque a la libertad de prensa ha sido una de las cosas que más revuelo han levantado. Lo que pasa es que después, junto a esas críticas justificadas que denuncian los excesos y las malas praxis del gobierno, también se suman otras destructivas, alimentadas por fake news y exageraciones de la realidad. ¿Dónde está el equilibrio?

R: Sí, es un tema complicado. Con respecto a las críticas al sistema de gestión de la prensa en declaraciones, tanto del presidente como de miembros del gobierno, por ejemplo, creo que han sido fundadas. Al final hemos conseguido que se monte otro sistema, que no es perfecto, pero que parece más razonable, y que permite que al menos se pueda preguntar directamente. Es mejorable, pero al menos ha habido un avance, porque el anterior nos parecía muy poco respetuoso con la libertad de prensa. Después, con respecto a otras críticas, hay de todo. La verdad es que en estas circunstancias tampoco se puede obviar que existen agentes políticos. Eso es así. Pero es la responsabilidad del ciudadano examinar desde su propio criterio si la crítica que escucha está justificada o si busca únicamente destruir: tierra quemada para conseguir réditos electorales. A mí me parece inmoral que haya partidos que se sirvan de esta situación de miedo con un discurso absolutamente corrosivo y sin ningún tipo de escrúpulo. Pero bueno, al final forma parte del paisaje humano. En estas circunstancias puede verse lo peor y lo mejor. Espero que los ciudadanos tengan suficiente sentido común para saber premiar a quienes en estas circunstancias están reaccionando de forma valiente y justa y castigar a quienes lo están haciendo de una forma políticamente infernal, tratando de provocar el mayor mal para buscar su propio beneficio.

P: Por cambiar de tercio. ¿Qué papel está jugando la cultura en estos momentos?

R: Pues la verdad es que ahora que estamos obligados a pasar más tiempo en casa, la cultura parece seguir jugando un papel relevante. Han sido publicadas infinidad de listas de libros para leer, por ejemplo, aunque me da la sensación de que el mayor consumo cultural está teniendo lugar en otros sectores como las series, el cine o la música. En mi opinión, sin embargo, los libros tienen una virtud que no tienen otros medios. Y me gustan todos ellos, eh, no soy en esto demasiado fetichista. Creo que los libros tienen que ver con la introspección, con el silencio, con el pensamiento. Y a veces me da la sensación de que se está haciendo poco énfasis en que los libros nos brindan esa oportunidad de mirarnos e indagar en nosotros mismos. Tal vez se está aprovechando poco esta oportunidad para leer como no se estaba leyendo. La cultura, en general, te da conciencia de tu propia naturaleza. Te da conciencia de la muerte; y herramientas para buscar un sentido de la vida, que a lo mejor no lo tiene. La cultura en el mejor sentido, la cultura crítica, es la que te permite tomar conciencia de tus limitaciones y de lo que puedes hacer para ponerte en el lugar del otro. Además ahora, en estos últimos años, con esa especie de pasión tecnológica por la inmortalidad, de repente se ha empezado a considerar como que estábamos casi a punto de vencer a la muerte. Bueno, parece que este coronavirus nos ha puesto en nuestro sitio otra vez. La muerte forma parte indisoluble de la vida. Es necesaria para entenderla. Otra cosa interesante que está sucediendo es que ahora la muerte ha desaparecido visualmente de nuestras vidas. No se pueden celebrar funerales; o incluso se nos impide despedirnos de los seres queridos en sus momentos de agonía. Esto nos obliga a reconsiderar el valor de la propia vida. Ahí es cuando la cultura se hace necesaria y los libros se convierten en una compañía maravillosa. El otro día salió publicado un artículo precioso en El País firmado por Mario Vargas Llosa que decía que lo más importante que le pasó en la vida fue aprender a leer. Me parece una reflexión maravillosa. No sé si puedo decir lo mismo pero creo que casi puedo hacerlo: una de las cosas más importantes que me han pasado en la vida ha sido aprender a leer. Porque las palabras son las que nos permiten hacernos preguntas, buscar soluciones, mantener esta conversación, valorar la bondad o maldad de nuestros actos. Aparte de la cultura más popular, que también responde a nuestra necesidad de esparcimiento, me parece que la cultura siempre es necesaria; y tal vez, en estos momentos críticos, más.

P: De otras grandes pandemias históricas surgieron algunas obras bastante destacadas, no paran de recordarnos.

R: Sí, aunque con eso está sucediendo una cosa curiosa. Ahora varios medios han aprovechado estos momentos para recibir la poesía, y han ofrecido su espacio a poetas que escriben sobre lo que está pasando. Pero lo que a mí más me ha llamado la atención es la calidad bastante pésima de muchos de esos poemas, algunos firmados por supuestos grandes poetas. Eso indica la dificultad de improvisar también. El hecho de que un género literario se llame poesía no tiene valor por sí mismo. Depende, hay poemas que pueden ser enriquecedores, hermosos, conmovedores, que abren vías de conocimientos, y otros que son pura filfa. La propia palabra cultura tiene unas connotaciones de grandeza que a lo mejor no siempre se corresponden con la realidad cultural. Volvemos un poco a lo que hablábamos al inicio, cuando mencionábamos la metáfora de la guerra como una fórmula sencilla de narrar el virus. Cultura suele ser una palabra con mayúsculas, pero muchas veces ni siquiera se sostiene: en algunos casos parece una fórmula hueca y vacía. Nos ponemos estupendos, nos subimos a un pedestal, pero luego nada. Los buenos poemas tienen otra imaginación, otras palabras. Hace falta eso, igual que hace falta otro periodismo también. Lo comentaba muchas veces con Julio Villanueva Chang, el editor de Etiqueta Negra: el periodismo no debería limitarse a una prosa rudimentaria y a unas informaciones, no digo fraudulentas o mal trabajadas, pero sí poco elaboradas. Es también lo que decía Albert Camus, que el periodismo debe elevar el discurso de la nación. De la misma forma, las palabras que utilizamos para contar el virus, para contar el encierro o para contar el miedo, deberían ser palabras valiosas que nos enriquezcan, que no nos envilezcan, que nos ayuden a cuestionarnos más.

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