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Pedro de Tena

El oportuno "sueño del gramático" Elio Antonio de Nebrija

¿Por qué es menester leer este libro? Naturalmente porque estamos en pleno quinto centenario de la muerte del humanista español nacido en Lebrija.

¿Por qué es menester leer este libro? Naturalmente porque estamos en pleno quinto centenario de la muerte del humanista español nacido en Lebrija.
Un retrato posterior de Antonio de Nebrija. | Wikipedia

Eva Díaz Pérez, la ya reconocida escritora sevillana, decide, a veces, ser oportuna con libros que tienen los aniversarios de personajes o acontecimientos históricos como eje de sus novelas. Lo hizo con el cuarto centenario del nacimiento de Bartolomé Esteban Murillo en 2017 (El color de los ángeles); con Travesías históricas: viajeros andaluces que contaron el mundo, el mismo año y anticipando el gran viaje iniciado en 1519 para circunvalar por vez primera el planeta, si bien destacando el papel del Sur andaluz, y ahora, con El sueño del Gramático, componiendo una biografía novelada de Elio Antonio de Nebrija, un enorme español que murió hará 500 años el próximo 2 de julio.

Sobre el factor andaluz de la obra de Díaz Pérez no hay duda razonable. Si se contemplan sus libros publicados, Andalucía suda en sus páginas. El comienzo con El polvo del camino. El libro maldito del Rocío en 2005 comenzó a despejar la incógnita pero los que siguieron desde Salvador Távora. El sentimiento trágico de Andalucía (2005) hasta este último están conscientemente preñados de su tierra sureña y sevillana. A veces, eso sí, salta excepcionalmente por la geografía y va a Venecia (Adriático, 2013) o a Centroeuropa (El sonámbulo de Verdún, 2011) intrigada por la niebla del continente común, pero sin cortar nunca su cordón umbilical andaluz.

La historia que conocemos se compone de hechos, casi siempre escuetos y desprovistos habitualmente de impresiones, ideas o descripciones externas de los paisajes externos e internos (de las reflexiones que se difuminaron u olvidaron cuando los hechos se consumaron). Tratar de iluminar esa historia con pensamientos, consideraciones y meditaciones, completando los hechos con posibles elementos compatibles con su contundencia empírica es una manera de narrar. No se trata de contar una historia, sino de crearla contándola, de proponer una versión desconocida y plausible en la que, respetando los hechos admitidos, se hurga en hipótesis sobre cómo y porqué ocurrieron.

En algunas reflexiones sobre la obra de Eva Díaz Pérez se ha destacado el interés de la autora por la ucronía como género literario que se identifica con la "novela histórica alternativa". Pero en ese análisis, se sienta como evidente que lo que hace la escritora es dar cuerpo a una historia diferente de la realmente ocurrida. No me parece que sea tal el método de la sevillana. En realidad, tras una inmersión documental profunda en el personaje y su época, palabras, usos y costumbres, se detectan los hechos contundentes que deben mencionarse pero se descubren espacios y tiempos indefinidos en los que caben nuevas posibles dimensiones y conjeturas concordantes.

En su Epílogo para lectores, imprescindible para entender el esfuerzo de Eva Díaz Pérez, explicita su manera de concebir la novela histórica. La realidad histórica puede aderezarse con "ficciones verosímiles", esto es, acontecimientos no documentados que pudieron ocurrir (incluso los imposibles que nunca ocurrieron) y que no son contradictorios ni enemigos de los hechos. Por ejemplo, la narradora de la parte de la novela que se centra en 1522, en primera persona, es Francisca de Nebrija, hija del gramático de Lebrija. En algunos capítulos, donde conviene por razones lógicas, la narración recurre a una tercera persona. ¿Fue Francisca real? Bien pudiera haber existido. Primero, porque Nebrija tuvo una hija o varias, según se cree. Y desde luego una de ellas se llamó Francisca y se la consideró ayudante de su padre en las tareas de investigación y pedagogía de su cátedra de Gramática. Desde Amador de los Ríos a Margarita Nelken pasando por Menéndez Pelayo lo señalaron.

Segunda, porque una hija ayudante en su labor de investigador de la lengua era posible en una época donde la presencia de mujeres en tareas intelectuales no era insólita. De hecho, por apelar a documentos poco conocidos, en la Vida literaria del Canciller Pérez de Ayala publicada en 1854 en el tomo XIX de la Colección de documentos inéditos de la Historia de España, se la cita junto a otras "Señoras eruditas del siglo XV", como Beatriz Galindo, "La Latina" instructora de latín de Isabel la Católica; Juana de Aragón, hija de Fernando el Católico, que tenía una tertulia ( y no era la única) y una "dulcísima" conversación, o la elocuente oradora en Salamanca, Lucía de Medrano. De nuestra Francisca, se metiese o no a monja, se dice en ese texto que había "salido tan docta en la gramática y lenguas por beneficio de la sabia escuela de su padre, que a veces le suplía las enfermedades y ausencias en la cátedra de Alcalá que tenía a su cargo". Díaz Pérez cita a otras más "puellae doctae" de la época.

Lo que preocupa a la autora es ser verosímil, que lo que narra sea posible o probable y, de ese modo, creíble. "En realidad hay muchos episodios vacíos en la vida de Nebrija que permiten la fabulación literaria. El propio Elio Antonio fue un fabulador de sí mismo cuando construye los pilares de su biografía. Él crea la historia legendaria de un caballero de las letras latinas, un santo o misionero que viaja a la cuna de la cultura grecolatina para rescatar la palabra clásica y llevarla a la bárbara España". Y revela sin tapujos: "¿Por qué no imaginar que en Venecia (Nebrija) asistió al nacimiento de la imprenta, el invento que revolucionaría su tiempo?". Y apuntala: "Sin embargo, estas invenciones de El sueño del gramático también están llenas de sólidos cimientos de realidad histórica".

¿Por qué es menester leer este libro? Naturalmente porque estamos en pleno quinto centenario de la muerte del humanista español nacido en Lebrija (Sevilla) y es una manera enriquecedora, armónica y "verosímil" de contemplar su muy olvidada biografía y más olvidada aún hazaña intelectual, la exposición sistematizada de la lengua castellana. Pero además es una novela que hace de una mujer, su hija, la narradora de la epopeya de un padre que se creyó heredero legítimo del honor de los Elio, la familia de los emperadores romanos de la Bética, Trajano y Adriano. Por si fuera poco, la autora quiere que su libro interrogue al lector de 2022 y le sugiera imágenes, dudas y reflexiones adecuadas a su vida actual.

Por ello, no falta el pesar por el desperdicio vital e intelectual de tantas mujeres que pudieron haber sido pero no fueron por haber nacido hembras. Dice la hija al padre moribundo: "Tengo el mismo orgullo que vos. Soy vuestra digna hija, me he criado escuchando vuestro latín y conozco a la perfección toda vuestra obra, pero tuve la desgracia de nacer hembra. De haber sido varón ahora estaría como mis hermanos en la Universidad de Bolonia o en la de Salamanca. O dando clases aquí, pero no por este juego de azares macabros….Tendría que alegrarme, pero en realidad mi sueño se ha cumplido sólo porque vos estáis postrado y en agonía".

Cuando éramos unos niños (ahora viejos) en edad escolar (1960 y siguientes), la imagen de Antonio de Nebrija era la de un sabio que compuso la primera gramática castellana y que había comprendido que "siempre la lengua fue compañera del imperio"(con minúscula), proyectándose en nosotros lo que era la visión franquista del personaje y del pasado nacional. Ahora se revisa todo construyendo perspectivas diferentes que, más que probablemente, serán asimismo revisadas porque cada época impone su versión de la historia. El personaje de Nebrija (nombre discutido) que aporta Díaz Pérez es la de una persona, no la del personaje. Para su historia precisa, hay que leer sobre todo las biografías más rotundas como la de Félix G. Olmedo, S.J. (1912), o la muy reciente de Pedro Martín Baños.

Poco se sabía entonces del valor decidido de un Nebrija capaz de enfrentarse a la Santa Inquisición en nombre de la libertad de conciencia, de pensamiento y de expresión y en defensa de sus estudios eruditos sobre la Biblia. "Independientemente de la orientación y de la calidad de los estudios bíblicos nebrisenses, la Apología constituye, en primera instancia, un vigoroso apóstrofe en favor de la libertad de pensamiento, de conciencia, de opinión, y como tal es capaz de despertar nuestra solidaridad frente a la represión, la censura o el control ideológico, males que forman parte de nuestro moderno, llamémoslo así, anti-ideario occidental", escribe Martín Baños.

Precisamente reconoce que su extensa y fecunda biografía de Antonio de Nebrija, llamémosle así a pesar de todo, no logra avistar siquiera al Nebrija más íntimo, siempre opaco, algo a lo que se atreve más animosamente Eva Díaz Pérez de la mano de su hija, se llamase esta como se llamase, que nada es seguro. Precisamente sobre su enfrentamiento con el Santo Oficio, escribe: "Es donde padre quiere descansar para siempre (Iglesia de san Ildefonso) porque allí yace su buen amigo, el cardenal Cisneros, que Dios le haya dado buen galardón. El hombre que lo salvó de la cárcel y quién sabe si de la hoguera cuando la Inquisición incautó sus comentarios sobre la Biblia e inició un proceso contra él". Todo en una hermética Salamanca, "mal destino le aguarde a ese lugar del demonio que tan mal se portó con vos".

En fin, estamos ante un sugerente libro que trata de recrear la persona de un Elio Antonio de Nebrija, muy desconocido por los españoles de hoy, que fue muchas cosas y no sólo el redactor de la primera gramática castellana y los vocabularios latino-español y español-latino Entre otras cosas fue un valiente y obstinado defensor de las verdades de la ciencia frente a las supersticiones o invenciones populares. Por ejemplo, la de que los Reyes Magos estaban enterrados en Colonia (Alemania) donde aún se veneran sus reliquias. Y, consecuentemente, de la libertad para decirlas, escribirlas y publicarlas.

"Antonio Martínez de Cala y Jarana o Antonio de Lebrija o Elio Antonio de Nebrissa, que todo uno era, recordó una tarde cuando era niño y estaba a la sombra de un árbol hacia el ocaso, cuando volvían los palomos para dormir entre las ramas... pero vio que aquellos palomos que regresaban al nido eran palabras que volaban por el aposento. Esas palabras que ahora rodeaban el lecho de su último sueño, la cama en la que lo amortajarían. Esas palabras que lo habían acompañado toda la vida. Intentaba atraparlas en el aire, notaba cómo le hacían cosquillas en sus descuidos, le rozaban la frente en su vuelo y le acariciaban el pelo. Y luego desaparecían dejando un infinito silencio, sin que pudiera llamarlas por su nombre para que regresaran porque había olvidado pronunciarlas". Iba muriendo.

Antes, Nebrija es descrito gracias a las anécdotas que pudo conocer y experiencias que pudo vivir en su importante viaje a la Italia del Renacimiento, donde aprendió el latín clásico con la perfección exigible a su proyecto. Una parte bien larga, la que más, a la que sucede su etapa sevillana seguida por su guerra contra los bárbaros de la lengua desatada en la mismísima Atenas de España, Salamanca, y su conflicto con la Inquisición Se traza luego su estancia extremeña y finalmente su final en Alcalá, con el episodio Cisneros y su Biblia Complutense de por medio.

Muchos han escrito sobre Nebrija. Quizá el que más comprendió que lo fundamental de su obra no fue la Gramática fue Alfonso Reyes (sobre cuya pista me puso Agapito Maestre) que se preguntaba si la arrogancia o la puerilidad ante los "bárbaros" era el sentido último de su obra. No. Reyes subraya que Nebrija quería "demostrar que esta lengua popular de España también era susceptible de reglas" y que ello "era devolverle su dignidad latina, era restaurar a la hija española en el trono de la familia romana" para acompañar con tal herencia el surgimiento de la nación española. Precisamente, los ataques actuales a la nación española van especialmente dirigidos a la lengua común que en el mundo se conoce como el español. Es en ese sentido que la lengua española fue compañera de la nación española y de las nuevas Españas.

El milagro de la novela histórica nos hace creer que, a su muerte, el maestro de Lebrija rezó para poder "saludar a Cicerón y Petrarca, a Quintiliano y Ausonio, a Pomponio Mela y Catón, a Persio y Virgilio. Aunque sospecho (Díaz Pérez lo hace), amigos, que no os halláis a la diestra de Dios Padre. Amén". El quinto centenario de la muerte de quien dejó una España mucho mejor y más unida tiene un libro a su altura. Si además les gustan los detalles, preciso es saber que no sólo el diablo está en ellos. También está la belleza y potencia de horizonte que en esta novela de la orfebre Eva Díaz Pérez se exhibe con la vida consecuente y resistente de Elio Antonio de Nebrija.

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