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El virus del Nulo (del demócrata nulo)

La nulidad existe, pero en tiempos como los nuestros donde hasta para ser nulo hay que ser algo inteligente, la nulidad es una enfermedad organizada.

No, no me estoy tomando a broma lo del virus del Nilo que afecta a las inmediaciones de donde resido, Sevilla y Cádiz, o sea el mundo del poeta y brujo Fernando Villalón, el que quería un toro con los ojos verdes y quiso enterrarse con el reloj con su cuerda en marcha. Pero por terrible y amenazador que nos parezca el contagio del Nilo, río viejo y piramidal de un imperio enfermo, como todos, me parece mucho más peligroso el virus del Nulo.

El Nulo se dice de muchas maneras como el ser de Aristóteles. Puede referirse a algo inválido, inservible para la vida oficial o personal. Puede referirse a un cero, a lo que no tiene cantidad aunque sí entidad, gran misterio siempre el de la realidad de nada o de la nada. Pero, en general, cuando nosotros hablamos de algo o alguien nulo nos referimos a algo, preferentemente a alguien incapaz, inepto, inútil. Inservible para los fines para los que fue adiestrado.

He leído en Ortega que volvió a su Alemania querida después de la Guerra y que en alguno de sus discursos calificó a la democracia emergente como "estúpida y fraudulenta". En su opinión, tras los acuerdos de Yalta, se había convertido en una "ramera". A ver si interpreto bien. Si una democracia es estúpida y fraudulenta es que no es una verdadera democracia o es una democracia de bambolla, pero nula de contenido. Si además es ramera…es que su amor por sí misma es nulo o, al menos, se supedita a otras cosas.

Según nuestro filósofo, ha habido dos regímenes legítimos de gobierno en la historia, la monarquía y la democracia, palabra a usar con mucho cuidado porque su contenido se ha envenenado con pócimas semánticas. En Yalta, dijo Ortega, hubo tres firmas en favor de la democracia, pero los tres hombres que la rubricaron tenían ideas distintas sobre lo que la democracia era.

La nulidad existe, pero en tiempos como los nuestros donde hasta para ser nulo hay que ser algo inteligente, la nulidad es una enfermedad organizada. Se contagia de unas personas a otros y tiene la inclinación hacia el desorden que tiene la entropía. Si das con un nulo en la vida es posible que lo detectes, un privilegio, y no sigas su camino. Pero es al menos tan probable, yo creo que más, que dado que el nulo exhibe, muestra y expone nulidades – que son más fáciles de obtener que algo valioso -, su infección acabe en epidemia.

Verán, por hablar de la democracia realmente existente, cuando hay tantos sentidos y significados de la palabra democracia, ¿acaso no se anula su eficacia real y su proyección vital sobre las personas? Unos ejemplos aclararán por qué la estrategia de llamar democracia a lo que no lo es conduce a la nulidad de sus principios y a la generación de una legión de enfermos demócratas nulos para sí mismos y para lo que creen defender y no defienden en la práctica.

Unos blanden la bandera de una democracia liberal (lo dicen todos o casi) según la cual lo fundamental es la persona individual y sus libertades y oportunidades en un marco de igualdad ante la ley porque cualquier otra igualdad es imposible, y de serlo, jamás podrá serlo en libertad. Ello exige justicia, prensa y sociedad civil independientes y unos poderes públicos que se controlan unos a otros para no dar paso a la deriva autoritaria. Y exige sobre todo una autorreflexión sobre sus beneficios y sus peligros, que los tiene. O sea, que toda persona es un fin digno en sí misma y nunca un medio para nadie y que esa verdad es sagrada.

Se dirá que en eso estamos de acuerdo todos. Incluso Stalin lo estuvo, que se opuso al nacional-socialismo en nombre de la democracia real del socialismo real.. ¿Y qué era aquello? La democracia primeramente caracterizada es la democracia "burguesa" (ya se ve cómo los adjetivos diluyen los significados reales), que no consigue la igualdad real (ni quiere) y es defendida por los ricos y poderosos (los comunistas no tienen poder para sí sino para el pueblo) para mantener su existencia frente a unas masas femeninas, tanto como para Hitler, y manejables. El fin justifica los medios

Por tanto, son precisos partidos políticos y/o religiosos y jerárquicos con fe ciega en los dogmas y en los líderes para los que el fin anula la relevancia de los medios y para quienes lo importante de cada persona es que no es otra cosa que parte de un conjunto - esa es su igualdad radical, ser uno más -, porque lo único real es ese conjunto, el Estado, nacional provisionalmente y/o mundial laico o religioso.

Naturalmente, los segundos son enemigos de los primeros y hacen todo lo posible para hacerse con el máximo poder y anular a los otros. Cuando esos otros, la mayoría inmensa, no hacen nada para su defensa propia, se convierten en demócratas nulos a los que han inoculado el virus del Nulo, un virus que te condena a muerte sin que sepas por qué y que tu propia nulidad contagia porque es más sencillo rendirse que resistirse.

¿Hay remedio? Díganlo ustedes.

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