
En el cuestionario Proust (respondido por el novelista, no inventado por él) se diferencia entre cualidad preferida en un hombre y en una mujer. El escritor francés dijo que prefería el "encanto femenino" en los hombres y en las mujeres, las "virtudes varoniles". Dos poetas rusos se acomodan al perfil proustiano. Osip Mandelstam era, como describía Federico García Lorca al torero Ignacio Sánchez-Mejías, blando con las espigas y duro con las espuelas. Dentro de la corriente poética acmeísta, junto a Anna Ajmátova y Nikolái Gumiliov, defendía la claridad y la sobriedad como normas literarias. Anna Ajmátova escondía un temperamento como el pedernal dentro de una suave presencia. Mandelstam y Gumiliov fueron asesinados por empeñarse en ser libres en tiempos de oscuridad, mientras que la poeta fue de los pocos artistas auténticos que sobrevivió a la barbarie soviética, aunque fue acosada, perseguida y silenciada.

Cuando se desencadenó en Moscú la revolución de febrero de 1917, los poetas acmeístas brindaron con champagne. Un régimen liberal significaba la traslación a la política de su credo poético. Al fin, la claridad y la sobriedad serían los parámetros de actuación del Estado. Se acababa con el imperio de los zares y ante los rusos de se abría la república de la libertad. Duró poco el sueño de la razón que terminó produciendo monstruos totalitarios. Los comunistas en octubre de ese mismo año dieron un golpe de Estado y asesinaron a la familia de Nicolás Romanov, por entonces detenida y para nada peligrosa. Tirotearon hasta a los perros. Y si no había lugar para perros aristocráticos, tampoco para políticos demócratas, Kerenski tuvo que exiliarse, y mucho menos para poetas críticos que no se sometían a los mandatos del realismo socialista.
En la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas el mero hecho de santiguarse era una forma de señalarse como enemigo del sistema que se pretendía racionalista, materialista, dialéctico y científicamente ateo. Gumiliov no solo no ocultó su antipatía hacia los que habían implantado una dictadura, sino que los despreció calificándolos de "bolcheviques medio alfabetizados". Además, no dudaba en señalarse persignándose en público. Gumiliov fue fusilado en 1921. Mandelstam describió la raíz del Mal: "Hitler y Stalin son los hijos de Lenin".
Desde que fue fusilado Gumiliov hasta que Mandelstam murió de tifus mientras era deportado a Siberia pasaron diecisiete años. Pudiera ser que en los primeros años todavía no se percibiese con claridad la naturaleza totalitaria del régimen leninista. Pero para 1934 era indudable que con Stalin en el poder no habría piedad para los que se apartasen lo más mínimo de la ortodoxia marxista. ¿Por qué entonces un poeta como Mandelstam, al fin y al cabo un hombre mortal, se atrevía a recitar en público versos como "La más breve de las pláticas/gravita, quejosa, al montañés del Kremlin/Sus dedos gruesos como gusanos, grasientos/"? Las orejas de Stalin escuchaban cualquier susurro en su cárcel de 22 millones de kilómetros.
¿Era Mandelstam un suicida, un irresponsable, un loco, un apasionado de la libertad, un fanático de la verdad, un hombre íntegro? Para un negacionista del libre albedrío, un defensor del Destino, un creyente en que no somos sino marionetas de las leyes de la Física o esclavos de la predestinación divina, Mandelstam no podía hacer otra cosa que lo que hizo. Recitó sus poemas como el pavo real despliega su hermosa cola para atraer a las hembras y, ay, los depredadores. Boris Pasternak, que escuchó al menos en un par de ocasiones el poema maldito, le recriminó que escribiese versos como quien se apunta al corazón con una pistola y dispara. "Usted no me ha leído nada y yo no escuché nada". Hay quien sostiene que Mandelstam sentía un odio atroz contra Stalin. También cabe sospechar que dado que la publicación de textos heterodoxos estaba prohibida, trataba de que le escuchasen el mayor número de personas hasta que alguien se aprendiese de memoria el poema. Todavía faltaban más de veinte años para que Ray Bradbury publicase su novela distópica Fahrenheit 451, en la que hay personas-libro que memorizan incluso obras de la extensión de Guerra y Paz dado que un Estado totalitario ha hecho quemar todas las bibliotecas.
Cabe otra posibilidad que concilia el libre albedrío con el suicidio. Efectivamente, como Sócrates y como Giordano Bruno, Osip Mandelstam decidió libremente inmolarse. Las palabras exactas de Pasternak cuando decidió no seguir escuchando los versos de Mandelstam fueron "lo que me ha leído usted no tiene relación alguna ni con la literatura ni con la poesía. No es un hecho literario sino un acto suicida". Pero justamente la lectura de Mandelstam fue el más alto grado de poesía porque era un hecho literario que implicaba su muerte. Lo sublime como categoría estética radical presupone inevitablemente una experiencia vital extrema. El poema sobre Stalin está inequívocamente unido al gesto de Mandelstam de leerlo a un público formado tanto por admiradores como por delatores.
Un libro debe ser la llama que incendie el bosque oscuro dentro de nosotros. Y un poeta es alguien que le dice al tirano que sus bigotes de cucaracha parecen reír. Un insensato capaz de presentarse en esos festejos totalitarios que son las ejecuciones públicas como víctima propiciatoria, pero con la gallardía, el desplante y la elegancia de palomas que se atreven a luchar con leopardos. Todo poeta auténtico debe tener presta la lengua al destino de la de Cicerón, arrancada de la boca por sus enemigos y atravesada de alfileres porque los tiranos no dejan de escucharla en sus cerebros agujerados de mediocridad y crueldad. El resto es versificación de coplas populistas al calor del aplauso fácil de la chusma cursi. Pocos fueron los que como Mandelstam osaron enfrentarse al Leviatán con la única fuerza de su palabra enhebrada en su vida. Es nuestro deber que su palabra sea lo más conocida posible. Un poeta auténtico es un mortal que aspira a la inmortalidad y por eso es capaz de decir un poema que supone su sentencia de muerte. Es posible asesinarlo, pero no se puede matar su espíritu. Elogiemos siempre a poetas valientes.