

Durante su visita a Madrid para promocionar su nueva novela, Paula Hawkins (Harare, 1972) se acercó al Museo del Prado para ver las Pinturas negras de Goya, esas que conoció hace más de 20 años cuando vino de vacaciones y que no ha podido sacarse de la cabeza. Es por ello que aparecen en La hora azul, su nuevo trabajo, en el que el arte y el misterio se encuentran en una historia inquietante, al estilo de la autora.
La hora azul comienza con el descubrimiento del Museo Tate Modern de un hueso humano en una famosa escultura de la célebre artista Vanessa Chapman. No es de animal, como se pensaba. Esto despierta sospechas sobre la desaparición de su esposo, Julian. El conservador James Becker viaja a una remota isla escocesa donde Vanessa vivía, para desentrañar el asunto.
La protagonista, Vanessa Chapman, está ya muerta al comienzo de la novela, pero recorre cada página porque sigue influyendo en cada uno de los personajes. Descubrimos los porqués de sus acciones a través de sus diarios y de quienes acompañaron, robaron, presionaron, cuidaron y explotaron a la artista. Recuerda a Rebeca de Daphne du Maurier. "Es una comparación totalmente halagadora. En ambas novelas hay una presencia casi fantasmal de un personaje. Además, la relación entre Vanesa y su amiga Grace recuerda a la de Rebeca y su ama de llaves", explica la autora a Libertad Digital. Estas coincidencias no son casuales, puesto que mientras Hawkins escribía La hora azul, leía cuentos de Du Maurier y pensaba que quería generar "esa atmósfera interesante, inquietante, opresiva y casi gótica".
La historia se desarrolla en una diminuta isla de una sola casa que queda aislada a ciertas horas del día por la subida de las mareas "en una atmósfera constante de amenaza y suspense". "Primero elegí el lugar y después comencé a crear los personajes y a preguntarme quién podría vivir en un lugar así. La ambientación ha dado forma a los personajes y a la trama", explica. "Sabemos cómo funcionan las mareas, pero las personas, hasta las que creemos que conocemos bien, pueden tener un comportamiento totalmente imprevisible", añade.
En esa isla, con Vanesa fallecida, queda Grace, una "gran amiga". "Es muy difícil describir el personaje de Grace porque ella no se conoce a sí misma. Es muy competente, tiene un trabajo muy importante, pero hay algo en ella que le dificulta forjar relaciones. Ella misma no sabe por qué, si es por algo de su infancia, si tiene que ver con un gran rechazo que sufrió cuando era joven…Grace es un personaje que podría haber llevado una vida muy normal si las circunstancias no hubieran conspirado en su contra. En momentos de estrés, reacciona con violencia", adelanta la autora.
Cancelación
Como es habitual en su estilo, todos los personajes muestran una apariencia que muta en cuanto se rasca un poco. "Creo que es la manera en la que veo a las personas. Suelo presentar a los personajes para que los lectores crean que los conocen y luego escarbo en sus pasados para explicar por qué son cómo son", dice. "Yo no escondo ningún secreto - bromea- y si tuviera algo oscuro no se lo diría a un periodista".

El libro explora la libertad, individual y como artista, el sentido de pertenencia, el concepto de posesión y hasta se habla de "cancelación", un asunto que atañe a cualquier figura pública que ponga un pie fuera de la línea marcada. "Desde mi punto de vista, el miedo a la cancelación probablemente se ha exagerado. No me preocupa ser cancelada, sino equivocarme y ofender a alguien. En uno de mis libros escribí sobre un personaje que tenía una lesión en la cabeza y lo que hicimos en Reino Unido es someter el libro a lo que llamamos un lector sensible, que leyó el libro y me dijo que todo estaba bien, que no me preocupase porque no había ninguna parte ofensiva. Desde mi experiencia personal, no es que tenga tanto miedo de la cancelación, tengo miedo a resultar insensible".
‘La chica del tren’
El eco del éxito editorial de La chica del tren - 27 millones de ejemplares en más de 50 países - retumba demasiado en su vida y puso el listón tan alto que diez años después no ha podido derribarlo. "Creo que todos los escritores tenemos el temor y la preocupación de cómo se va a leer el libro, qué se va a decir, si el lector va a conectar con los personajes… Pero llega un punto en el que tenemos que descartar todos esos pensamientos intrusivos, sino sería imposible sacar adelante el trabajo. Para mí ese miedo es bueno porque me empujan a hacer un mejor trabajo. El miedo al fracaso también puede ser un motor creativo", explica.
Al echar la vista atrás, hoy recuerda La chica del tren con más cariño que entonces. "Fue maravilloso que tuviera ese éxito y fue muy bonito, pero también fue un momento muy intimidante de mi vida, me sentí muy expuesta y cobré una visibilidad con la que no me sentía cómoda. Se me hizo muy difícil encontrar un espacio, tanto físico como mental, para sentarme a volver a escribir. Después de diez años, aprecio mucho mejor todas las puertas que me abrió y cómo hizo que mi vida fuera mejor".
"En La hora azul mi estilo de escritura ha cambiado, espero que haya mejorado, pero hay temas que son recurrentes en mis libros, que tienen que ver con la falta de fiabilidad de nuestra memoria, cómo construimos nuestros recuerdos, las relaciones entre las mujeres y la atmósfera oscura. Todos esos elementos vuelven una vez más desde La chica del tren".