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Rubén Amón: "El ser humano está perdiendo su instrumento evolutivo fundamental"

El periodista y escritor publica Tenemos que hablar, un ensayo acerca del valor de la conversación perdida en la era digital.

El periodista y escritor publica Tenemos que hablar, un ensayo acerca del valor de la conversación perdida en la era digital.
Rubén Amón. | Espasa
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Es posible que no exista una expresión que invite menos a la conversación que "tenemos que hablar". Uno la escucha y se pone en guardia. Funciona como el silbido de un forajido a punto de entrar en el Saloon. A lo que incita es a tapiar las ventanas de los oídos y a parapetarse en lo más recóndito de la memoria, ganando tiempo; tratando de encontrar desesperadamente la retahíla de razones por las que tu interlocutor podría querer joderte la tarde. Por eso sorprende tanto que Rubén Amón la haya escogido para titular su último libro —Tenemos que hablar (Espasa)—, teniendo en cuenta que es una reivindicación de la palabra como medio para el entendimiento entre distintos y, más allá de eso, un redescubrimiento de la tertulia como placer humano. Aunque, está bien, en realidad no es únicamente eso. Es también un diagnóstico y funciona a modo de advertencia. Por ahí encaja. Cuarenta años después de que Sartori vaticinase la paulatina deshumanización del hombre tecnológico en su Homo videns, Amón hace un repaso de cronista para confeccionar un inventario de los destrozos. De todo eso charlamos con él:

Pregunta: Señor Amón, si Sócrates estuviese vivo, ¿por qué no sería tertuliano?

Respuesta: (Risas). Si Sócrates viviese hoy, a lo mejor se arrojaba al Etna, como Empédocles (risas). A ver, Sócrates no sería tertuliano porque trataría de mantenerse fiel a los dos principios sobre los que concebía la dialéctica, que eran la ironía y la mayéutica. La ironía entendida como la puesta en discusión de tus propias certezas —someterlas a un escrutinio severo a través de la trivialización de lo que tú mismo estás diciendo—. El tertuliano contemporáneo no hace eso, como tampoco tiene más preguntas que certezas, que es en lo que se fundamenta la mayéutica. Y digo esto amparado en mi condición de tertuliano, ojo, como una forma de analizar a mi propio gremio. Sócrates era un erudito de verdad. Un humanista de verdad. Así que, como tertuliano, yo creo que no tendría trabajo, no. (Risas).

P: Es curioso. Igual estoy engañado por mi algoritmo, pero a mí no me paran de aparecer cuentas que reivindican La Clave, las entrevistas de Joaquín Soler Serrano o los programas de libros de Sánchez Dragó. ¿La gente demanda más conversación pausada, o es un espejismo?

R: Tenemos un poco idealizado el pasado, creo yo. Aquí Nacho Vigalondo diría una cosa muy graciosa que es que, en la época de los dos canales, nos permitíamos no ver uno de los dos. (Risas). Es decir, que con una oferta televisiva reducida a la mínima expresión, con dos cadenas, La 2 no se veía. Qué curioso que fuese precisamente esa la que acogía este tipo de programas. (Risas). En fin. La verdad es que acogimos con mucha euforia la aparición de las televisiones privadas. Tenemos una pluralidad descomunal ahora. Y, sin embargo, no nos ha abierto demasiado el espectro de la sensibilidad para escuchar otras opiniones. Respondiendo a tu pregunta concreta, creo que el mal de la polarización alimenta los extremos fanáticos. Y una vez estás instalado en esa dicotomía extremista, el espacio de la conversación, tal y como la presento yo en el libro —como un espacio propicio para poner en discusión no las ideas del otro, sino las propias—, está absolutamente limitado. También creo que la polarización que vivimos hoy no es sólo una cosa buscada por Pedro Sánchez —que lo es, sobre todo desde la erección del muro durante su discurso de investidura—, sino un estado de ánimo de la sociedad que sabotea la moderación. Los extremos siempre están saboteando la moderación. El tertuliano, a fin de cuentas, es un reflejo de la sociedad misma. No sólo porque la tertulia es la barra de bar estilizada, sino porque buscamos tertulianos con los que estár de acuerdo, con los que sentirnos seguros. El hooliganismo es contrario a ese espacio de reflexión, no digo que neutral, pero sí en el que uno está dispuesto a reconsiderar lo que piensa.

P: ¿La audiencia no está cada vez más harta de esa polarización "tertulianizada"?

R: Creo que no. O no tanto como se dice. De hecho, creo que la explicación de la supervivencia del tertulianismo se debe no sólo a que es una fórmula muy barata, que rellena fácilmente muchas horas de contenido, sino a que, además, genera mucha audiencia también. Cuando se plantean en las radios, o en las televisiones, qué hacer para sustituir a las tertulias, no se les ocurre nada mejor. También es cierto que existen tipos de tertulias más moderadas. Pero es verdad que la predisposición es a la tensión. Y ya no sólo ideológica. Casi te diría que psiquiátrica. En las tertulias se buscan una serie de perfiles muy concretos que entren en colisión para animar todavía más las discusiones.

P: ¿Es cierto eso de que durante las pausas publicitarias os incitan a daros más caña?

R: (Risas). No hay consignas explícitas, pero las hay implícitas. Y creo que cuando se configura una parrilla de tertulianos se elige a conciencia qué opciones representan y, sobre todo, qué servidumbres. Uno de los motivos que explican el desprestigio del tertuliano tiene que ver con lo previsible en lo que se ha convertido. Y eso es un problema. Considero que el tertuliano, como todo ser humano, tiene derecho a una ideología y a unos valores, pero no tendría que tener derecho a una significación orgánica con un partido. Y lo que observamos todos, yo creo, es un poco lo que yo intento describir en el último capítulo de mi libro. Yo recojo tres tipos de tertuliano: el honesto —que, acierte o no, no responde a consignas—, el corporativo —amigos, colegas que se hacen favores y se van colocando—, y el que tiene un vínculo orgánico y una consigna partidista que cumplir. Estos últimos son los que más cantan, porque están tan identificados con sus "amos", que cambian de criterio y de opinión en función de cómo lo haga el partido al que sirven.

P: Lo que ahora se ha dado en llamar la Opinión Sincronizada.

R: Eso es. Y la expresión máxima de esto reside en el Consejo de RTVE, donde se ha ido colocando, como premio, a los tertulianos que han desempeñado esa función de divulgación de la propaganda orgánica de un partido. Esto es algo que ocurre en todas las televisiones, ¿eh?. Y en todas las autonomías.

P: ¿Qué ha supuesto el sanchismo en este panorama tertuliano-conversacional?

R: Ha supuesto una involución. Y ha llegado al extremo no sólo del control absoluto de la televisión pública, con el último decretazo, sino de la utilización de una serie de herramientas que me parecen aterradoras. Una es la distribución interesada de la publicidad del Estado a los medios afines y la discriminación a los que no son afines; el abastecimiento de información exclusiva a unos y el rechazo explícito a otros; la movilización hacia las empresas privadas, para que no se orienten demasiado hacia esos medios señalados como no afines; y la persecución directa, con nombre y apellidos, de periodistas molestos para el Gobierno.

P: ¿Pero eso no se ha hecho siempre?

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R: Con estos extremos yo no lo he vivido. Y tengo ya años de experiencia. Es verdad que este esquema que te acabo de describir no es nuevo. Pero nunca se había llevado a cabo de una forma tan rotunda. Nunca un presidente del Gobierno se había retirado cinco días para reflexionar a propósito de lo que dice la prensa de su mujer y, a su regreso, ha decidido que los dos enemigos a batir son los jueces y los periodistas. Nunca un presidente había expresado en público ese deseo con semejante franqueza y descaro. Creo sinceramente que Pedro Sánchez es el presidente al que más han molestado los contrapoderes y los espacios de escrutinio.

P: ¿No le da demasiada importancia a los medios "tradicionales"? Quiero decir, ¿es posible "controlar el relato" indefinidamente en la era de las redes sociales? ¿No dicen todos los analistas que si algo nos enseña Trump es precisamente lo contrario?

R: Bueno, en España ya ha habido fenómenos mediáticos como el de Alvise, se me ocurre, que ya han demostrado que aquí también se puede ser un personaje secundario, cuando no terciario, y construir un perfil político capaz de alcanzar representación a través de Telegram. Es decir, entre otras cosas, a través de mensajes que aparecen y desaparecen después de un tiempo, porque si permaneciesen indefinidamente existiría la posibilidad de fiscalizarlos. Es una realidad que los medios no convencionales tienen cada vez más repercusión. Pero tienes razón: a Sánchez le preocupan mucho más los convencionales. Hasta el punto de que un programa como El Hormiguero, que yo conozco bien, evidentemente, y que no debería quitarle el sueño al presidente, lo que le provoca es la necesidad de diseñar un programa que lo combata desde la televisión pública. Yo no niego las cualidades de Broncano como comunicador, pero me inquieta que desde Moncloa haya salido un plan diseñado exclusivamente para acabar con un programa al que se considera un foco hostil; y a costa, además, de sacrificar veinte minutos del telediario de TVE, que es un servicio público. El Hormiguero no es el único, además. Insisto en que estas campañas de publicidad discriminatorias son un ejemplo. O el hecho de que sólo vaya a hablar a unos medios concretos, como si sólo fuese el presidente de algunos españoles. Es algo, de verdad, que yo no había visto nunca. A Alsina sólo le ha concedido una entrevista en 6 años. Fue en campaña electoral y por pura conveniencia. Y así con tantos otros. Pero eso no puede hacerlo un presidente del Gobierno. Un presidente del Gobierno está obligado a ir a todos los medios, de todos los espectros políticos, con un mínimo de jerarquía. Sánchez discrimina a los no afines y ejerce contra ellos una oposición de Estado. Y eso es inaceptable.

P: Hablemos del libro. ¿La tecnología nos está dificultando cada vez más salirnos de nosotros mismos y conversar entre nosotros, o nunca hemos conversado bien, realmente?

R: Un poco las dos. Mira, hay varios capítulos que aluden a esto último que comentas. El uso de los clichés, por ejemplo, que lo único que favorecen es la proliferación de conversaciones automáticas. El deterioro del lenguaje, los tópicos, los significados vacíos… Son cosas que han sucedido siempre. Pasarse la vida sin escuchar a nadie y no dejando hablar es un fenómeno del pasado, del presente y del futuro. Tiene que ver con la pereza mental, tan humana, al fin y al cabo. Pero la implicación de la nueva tecnología también ha provocado una serie de repercusiones que son muy importantes. La incrementación del aislamiento y de la soledad no es una cosa que me haya inventado yo, es una realidad sociológica. En Reino Unido hasta han creado un Ministerio de la Soledad para tratar de paliar ese problema. La cosa es que hipercomunicarse no significa comunicarse. Sobre todo porque en el mundo digital lo que hacemos es construir ficciones sobre nosotros mismos, para ponerlas en comunicación con otras ficciones. Creamos personajes que se colocan por encima o por debajo de nosotros y que interactúan entre sí. Pero nosotros no lo hacemos. Nos limitamos únicamente a buscar en ficciones ajenas la aceptación y el me gusta. Eso es algo exclusivamente contemporáneo. Igual que también lo es la cada vez más alarmante incapacidad de concentración de las generaciones más jóvenes. Otra cosa que tampoco digo yo, sino los profesores de los institutos y de las universidades.

P: Bueno, eso yo lo noto en mí mismo, que ya no soy tan joven. Ya no aguanto veinte minutos seguidos ni mirando los partidos del Madrid…

R: (Risas). Bueno, es que esta temporada no habéis tenido tantos alicientes como otras, los madridistas…

P: Qué me va a contar… Lamentable.

R: (Risas). ¿Quieres una estadística del otro día? En la final del torneo de Shanghai, la ATP hizo un estudio y, de 10.000 espectadores, 8.000 no estaban viendo el partido. Sentados en la pista, ¿eh?. ¿Aguantar atento durante un partido entero? Menuda proeza, ¿no? ¿Y hablar de esto es caer en el presentismo? ¿Es presentismo que las redes sociales tengan mecanismos efectivos de captación, que están perfectamente probados? Pues no creo que lo sea. Y no pretendo con esto denostar la tecnología ni volverme un negacionista de los muchísimos avances que ha supuesto en nuestra vida. Me encanta la música y aquí, en este aparato que llevo en el bolsillo, tengo la discoteca universal. Imagínate si me gusta la tecnología. Pero, sin embargo, ¿es o no descriptivo de nuestro tiempo el hecho de que el móvil adultera la conversación? Ya no tenemos paciencia para escuchar al otro. Si yo coloco un teléfono encima de la mesa estoy intimidando la conversación. Es como poner un revólver. En cualquier momento me puedo "ir". También es distintivo de nuestro tiempo la manera en la que se educan los niños, que ya no tienen contacto entre sí. Ni se abrazan, ni se tocan, ni se pelean. Creo que es indudable que hay indicadores que nos hablan de un peligro, de un paulatino deterioro social que repercute directamente en el individuo. A todo eso hay que añadirle la creciente falta de capacidad, cada vez más manifiesta en los jóvenes, de elaborar discursos complejos. Tú eres más joven, pero, cuando yo tenía tu edad, la doctrina visionaria que se ha demostrado cierta es el Homo videns de Giovanni Sartori. Él, ya entonces —finales de los 80—, hablaba de que el ser humano está perdiendo la capacidad de abstracción. Por tener siempre un correlato visual de todo lo que sucede.

P: Y, sin embargo, como que la echamos de menos, ¿no cree? Hay una ley no escrita entre los amantes de los videojuegos que dice que, a más cutre y con peores gráficos, mágicamente, más inmersivo y entretenido…

R: (Risas). Exacto. Eso significa leer. Es lo que tiene que te den alicientes para construir tú lo que falta con tu cabeza. Que te permitan participar. Y al revés… Mira, otro rasgo contemporáneo que da pánico a las editoriales es que el tiempo que antes una persona con hábito lector dedicaba a la lectura, ahora lo dedica a ver series. Y eso que el sector editorial está en un buen estado de salud, eh. Durante la pandemia se produjo una recuperación lectora que parece haberse mantenido. Y, aún así, la tendencia general nos muestra que cada vez necesitamos más una imagen para mantener nuestra atención. ¿Hay razones o no para inquietarse por el Homo videns? Yo creo que hay razones que señalan a una patología. Totalmente, además. Y que se vuelven todavía más alarmantes si reparamos en que afectan sobre todo a los más jóvenes, que no son sólo quienes consumen más imágenes, sino que lo hacen cuando todavía no tienen el cerebro formado. Son el sector social, además, más sensible a los algoritmos de adicción diseñados por las redes sociales. Y las consumen con un desenfreno que, en ciertos casos, llega a ser preocupante. Hay países civilizados como Australia —si es que Australia es un país civilizado, que yo a veces me lo pregunto— que ya quieren prohibirlas para los menores de 16 años. En fin, por no desviarnos: el ser humano, que ha sido comunicación, que ha sido conversación, que ha sido dialéctica —y no quiero decir que siempre haya mantenido conversaciones ricas—, está perdiendo su instrumento evolutivo fundamental.

P: ¿No es muy pronto para sacar conclusiones? Todavía no sabemos cómo nos adaptaremos biológicamente a esta nueva realidad.

R: Por supuesto. Pero el caso es que nosotros estamos ahora mismo en el inicio, sufriendo sus repercusiones inmediatas. Nunca hemos vivido el impacto de la cultura audiovisual. Y los primeros resultados que arroja obligan a tomar precauciones incluso a nivel estatal, precisamente porque lo que se percibe es un nivel de deshumanización gigantesco.

P: Otra de las repercusiones de esta nueva era que se suele comentar es la tolerancia cada vez menor a la frustración. La necesidad de silenciar discursos que pongan en tela de juicio nuestras cosmovisiones más arraigadas.

R: Absolutamente. De eso va Tár, la película fantástica de Cate Blanchett. Va de una directora de orquesta autoritaria. Y de lo que trata es de… A ver, hay espacios en los que las normas hegemónicas de la sociedad no tienen cabida. Y en una orquesta la jerarquía es un principio sagrado. Como lo es en el Ejército, como lo es en la familia o como lo es en la Iglesia. En ese ámbito, la protagonista colisiona con las expectativas de una sociedad que democratiza todo, incluida la frustración. Por supuesto que el empobrecimiento del debate lo que ha hecho es exacerbar mucho la falta de recursos para aceptar la opinión del interlocutor. Estamos absolutamente acomodados en nuestros propios dogmas, en nuestro propio fanatismo. Por eso digo yo que la clave de una conversación interesante —sea elevada o terrenal— para por escuchar a quien tienes enfrente y por estar dispuesto a cambiar de opinión si te han convencido. Esta idea de que las conversaciones se hayan convertido en intercambios de monólogos… Lugares donde se te hace largo siempre lo que dice el otro… Los jóvenes decís ahora "mucho texto", ¿no?

P: Bueno, yo tan joven ya no soy. A esa no llegué.

R: (Risas). Bueno, pero se dice ahora. Mi hijo lo dice todo el rato… La sensación es como si no se te permitiese el suficiente tiempo para desarrollar un discurso complejo.

P: ¿Pero esto se da por atontamiento perezoso o por abrumación? Me explico: ¿no ocurre que tenemos tanto acceso a tanta información —que existen tantos relatos que colisionan entre sí, que se desmienten entre sí—, que contemplamos la tarea de hallar una verdad coherente dentro de la maraña informativa como una misión demasiado larga y costosa? ¿No nos retraemos hacia nuestros prejuicios como una forma de conservar energía, por así decirlo?

R: Está bien tirado, sí. En el fondo tiene que ver con una de las grandes paradojas que recoge el libro, que es que la era de la hipercomunicación es también la era de la soledad. En la era de la pluralidad informativa y de la proliferación de miles de herramientas para acceder al saber, nos quedamos sin embargo con nuestras modestísimas certezas. Yo ahí sitúo por encima de todo la responsabilidad individual. Es cierto que te puedes sentir abrumado a veces. Pero, en la tarea de dejarse llevar por una serie de certezas complacientes, se percibe siempre una irresponsabilidad brutal. No sé. Somos periodistas, por ejemplo. Y yo no sé cuántos de nosotros aprovechan no ya sólo la facilidad de acceso a medios de todo el mundo, sino la capacidad inaudita de traducirlos a nuestra lengua para beber de todas las fuentes posibles. Bueno, quiero decir con esto que me da que todos nos sentimos tentados de reducir nuestro espectro a lo más cercano y a lo más complaciente, pero el problema de eso es que empobrece el debate. Y yo entiendo que te puedas sentir abrumado ante tanta información, ¿eh?. Es normal, pero entonces habrá que acudir a la responsabilidad individual.

P: El libro también toca el tema de la autocensura. Entre quienes dicen que la autocensura es buena y un signo de civilización y quienes señalan el peligro que entraña, ¿qué opina usted?

R: El tema de la autocensura es interesante, yo creo, si lo enfocamos desde las herramientas que tiene la sociedad para sacudirse el debate de encima. Y la sociedad se ha sacudido el debate. Aunque habría que profundizar un poco. Hablábamos antes de los medios convencionales y los no convencionales. Tú te metes en Forocoches, en Telegram, en X, en diversas redes sociales, y puedes ver a una sociedad completamente desinhibida. En el oficialismo, no; en los medios convencionales, no; en el ámbito del escrutinio judicial, tampoco —porque existe la difamación, porque existe la ofensa, porque existe el delito de odio—. Pero la sociedad reacciona ante la idea de la mordaza con un subconsciente que opera a máximo rendimiento. En los grupos de Whatsapp, mismamente. De esa forma, la sociedad calma su miedo a estar demasiado amordazada. Diríamos, por tanto, que la sociedad está completamente desinhibida y que la autocensura opera sólo en los ámbitos públicos oficialistas, donde además están los tribunales, precisamente, y donde está el peligro de darte a conocer con un nombre y con una identidad. Quiero decir que el debate sobre autocensura sí o autocensura no se canaliza exclusivamente en el oficialismo. Y en ese ámbito yo creo que la izquierda ha exagerado muchísimo su puritanismo y su mojigatería —hasta extremos insoportables que contradicen la idiosincrasia de la izquierda—.

P: Y la derecha, según usted mismo escribe, se ha vuelto ácrata.

R: (Risas). Eso es. Se ha echado al monte. Se ha hecho libertaria, desinhibida, feroz… Y reaccionaria, también. Pero la izquierda se ha hecho totalmente tierna, mansa. E incapaz de convivir con cualquiera que se atreva a cuestionar su doctrina. Hace poco, en Espejo Público, se hicieron eco de una de las últimas polémicas para la izquierda, que considera ofensiva una campaña que se titula "Se le va a pasar el arroz" y que incita a una recuperación de la natalidad. Bueno, pues lo más preocupante para la izquierda es que esa expresión —"se te va a pasar el arroz"— es ofensiva para las mujeres que no quieren tener hijos. Así que el debate giró en torno a eso, en lugar de hacia la falta de condiciones que faciliten la natalidad en España, que es uno de los problemas fundamentales por los que nuestras estadísticas a ese respecto son tan pobres y tan preocupantes. No puede ser. No puede ser que nos ofenda una expresión como "se te va a pasar el arroz". Y todavía más. No puede ser que un autobús de Hazte Oír con el lema "Los niños tienen pene y las niñas vulva" te incapacite neuronalmente para atender a otras cuestiones. O sea, la sociedad tiene que convivir con las incomodidades. Y estas que te pongo, que no forman parte precisamente de mis simpatías, sí que ponen de manifiesto hasta qué punto nuestra sociedad es incapaz de afrontarlas. La inmadurez de la sociedad también se mide en su incapacidad para gestionar debates que no tienen que dirimirse siempre desde el extremismo o acudiendo a los tribunales.

P: ¿No es contraproducente esa actitud, además? Yo confieso que me río muchísimo con la incorrección. Me parece divertidísima y refrescante. Y alguna vez me ha pasado que aquello que yo consideraba broma, en un primer momento, el que la había escrito igual no tanto. Pero mi simpatía, de primeras, ya la había conseguido.

R: Bueno ese es el fenómeno que explica a Trump, precisamente. El mayor logro de Trump es haber conseguido convertir lo incorrecto en lo correcto. En lo homologable, en lo votable, en lo atractivo. Y lo correcto desempeña ahora el papel de la incorrección. Ha habido una inversión total. Y eso proviene de la falta de visión de la izquierda y del llamado progresismo. De no saber en qué sociedad vive. Y qué mecanismos tiene para sacudirse expresiones que, por más que digan, no obedecen ni siquiera a intereses partidistas. El antitrumpismo ha sido una ventaja para Trump, porque simplifica enormemente el incentivo para votarle. Y su viaje de la incorrección a la corrección es lo que puede ocurrir en muchos otros países, por supuesto.

P: ¿Lo que echa para atrás de la corrección, por otro lado, no es el paternalismo que rezuma? ¿No se percibe en ella una cierta soberbia, casi hasta insultante? Lo digo porque, según escribe en su libro, una de las cosas que hacen atractiva una conversación es la humildad de los hablantes.

R: Esto yo creo que se percibe bastante más con quienes, como nosotros, nos dedicamos profesionalmente a la conversación. Nosotros nos vamos forjando una reputación con el paso del tiempo. Pero esa reputación se explica solamente porque dedicamos muchas horas a asuntos que forman parte del interés general. Sin embargo, ese es un ámbito del conocimiento minúsculo. Aunque te genere la sensación de estar al día de todo, de poseer más verdades que nadie y de ser el amo de cualquier conversación de sobremesa con amigos. Lo gracioso es que si nos sueltan en una conversación entre geólogos, haríamos el ridículo más absoluto. Y, además, el grado de conocimiento de un geólogo respecto a su esfera de especialización es mucho mayor que el nuestro con respecto a la nuestra. Muchas veces, quienes más soberbia demuestran durante las conversaciones no son quienes necesariamente saben más, sino quienes más tiempo han dedicado a la gimnasia de la actualidad. Quienes más vueltas han dado sobre los mismos temas, sin salirse de ahí. Por supuesto, esto nos debería obligar a tratar de salir de nuestra burbuja político-mediática. Porque es una burbuja gigantesca. Yo la noto muchísimo cuando voy a El Hormiguero, porque hay público. Así que tienes contacto con gente transversal, que sobrepasa el mero ámbito periodístico-político. Y en base a sus reacciones puedes calibrar bastante bien cuántas de nuestras discusiones son meras cámaras de eco en las que sólo estamos quienes nos dedicamos a esto. No sé. Supongo que a ti también te habrá pasado, conversando con amigos, que te pregunten: "¿Y ahora qué va a pasar?". (Risas). Pero lo preguntan con un interés relativo. Nos preguntan en calidad de especialistas en esa materia concreta. La sociedad, sin embargo, es mucho más amplia y distinta de lo que podemos llegar a creernos quienes hablamos todo el rato sobre ella.

P: Por terminar, todo lo que comenta en el libro está muy bien. En una utopía conversacional perfecta todo sería precioso. Pero, seamos honestos, ¿qué se puede hacer si en una conversación se cuela un sofista dispuesto a arrasarlo todo?

R: (Risas). No hay que hacer nada. En realidad lo que propone el libro es que una buena conversación no tiene que tener propósito. Tiene que fluir y se tiene que desarrollar de forma viva. Pero nunca está garantizada, ya la mantengan sofistas o eruditos. Una buena conversación siempre pasa por esta frase atribuida a Churchill que dice que hace falta agotar el tema, pero no al interlocutor. Que se desarrolle hacia donde tenga que desarrollarse y que muera donde tenga que morir. A partir de unas reglas elementales que tienen que ver mucho con el civismo. Yo hablo de la ley de Godwin porque me parece muy certera, ¿no? — "A medida que una discusión en línea se alarga, la probabilidad de que aparezca una comparación en la que se mencione a Hitler o a los nazis tiende a uno"—. Así que creo que basta con preservar la conversación de exageraciones de ese tipo, de Hitler (risas), de agresiones y de boutades. Basta con tener una mínima predisposición a escuchar. Con eso, la conversación está garantizada en cualquier ámbito. En realidad no somos conscientes de hasta qué punto podemos malograrla por exceder la capacidad del lenguaje. Yo recomiendo el silencio por encima de la charlatanería. Pero también sabemos que la palabra tiene una capacidad sanadora. Y que, bien empleada, incluso con uno mismo, tiene efectos milagrosos.

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