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José Giovanni: el condenado a muerte que se libró de la guillotina y triunfó en el cine

De los bajos fondos y el hampa al estrellato: Joseph Damieni halló su vocación literaria entre rejas después de participar en crímenes de guerra.

Cordon Press

Leo que estos días dedican un acto literario en memoria de José Giovanni, lo que me lleva a extractar aquí su extraordinaria vida de aventuras, que lo llevó a ser condenado a la guillotina, de la que se salvó a cambio de veinte años de trabajos forzados en la famosa cárcel de La Santé. De la que salió en libertad en 1956. Había escrito entre rejas un diario. Y en adelante pasó a firmar novelas y luego guiones, fue ocasional actor y director de películas que pertenecen a lo que en Francia se llama polar, el género negro por excelencia en el que este parisino llegó a ser su mejor exponente, junto al realizador Jean-Pierre Melville. Valgan, para quienes desconozcan su obra, estos títulos de películas, las más taquilleras: La evasión, El clan de los sicilianos, El clan de los marselleses, Alias el gitano y muchas otras, que son recordadas, sobre todo en su país, como representativas de una cultura popular

Mezclado con el hampa parisina

Comenzamos por descubrir su identidad, ya que no se llamaba realmente José Giovanni, sino Joseph Damieni, descendiente de corsos, nacido en París el 22 de junio de 1923. Vivía en un peligroso barrio de la capital gala, en los alrededores de Pigalle. Frecuentaba bares donde se reunían las más peligrosas bandas del hampa. Delincuentes y criminales con quienes hizo amistad.

Por su carácter aventurero se enroló en un grupo militar durante la ocupación nazi en Francia, formando parte de los combatientes en la zona de Vichy, lo que a Giovanni le ocasionaría, en sus posteriores tiempos de gloria literaria, un estigma: el de los traidores a la Francia que luchó contra las fuerzas de ocupación alemanas.

Ya concluida la II Guerra Mundial, cuando De Gaulle entró por el Arco de Triunfo al frente del bando vencedor, nuestro protagonista, que aún seguía siendo conocido por su nombre de pila y no su seudónimo, no acababa de digerir por lo visto esa victoria, o también se había apoderado de él un espíritu agresivo e intolerante que lo llevó a planear acciones delictivas contra quienes consideraba sus enemigos. Contagiado además por los criminales y delincuentes con los que se reunía a diario, acabó formando parte de algunos de ellos, con quienes cometió su primer asesinato en la persona de un empresario de licores al que después de darle "matarile", lo arrojaron a las aguas del río Sena. No se conformaron con ese crimen, pues la emprendieron también con dos hermanos industriales, proporcionándoles la misma "receta", pistolas en mano, a los que enterraron en un bosque.

Los gendarmes andaban detrás de los asesinos, sabían dónde tenían su guarida y los localizaron. Josep, o José, acabó en la prisión de La Santé. Llegado el día del juicio, impasible, escuchó la sentencia de muerte de labios de quien lo juzgaba. Pasó el tiempo y antes de que llegara el momento de ser guillotinado, el presidente de Francia, Vincent Auriol, le conmutó la pena por veinte años de trabajos forzados. Salió de la cárcel en noviembre de 1956.

Su primera novela, "Evasión"

Ya en la calle tuvo tiempo sobrado para enfocar su vida de manera que estuviera alejado de las malas compañías. En la cárcel había urdido el argumento de lo que sería su primera novela, Le Trou (en español, La evasión), que trataba de lo que el título daba claramente a entender: cuatro presos que se ponen de acuerdo para fugarse. José Giovanni entregó su original a su abogado, que se encargó de llevarlo a la editorial más importante, Gallimard. Fue publicada con muy buena respuesta de los lectores de relatos policíacos. El principal personaje era el alter ego del autor, y el resto de la banda se consideraban víctimas de la sociedad en la que habían vivido, sin arrepentirse de sus fechorías ni crímenes.

La evasión se vendió bien y fue recibida por la crítica con benevolencia, tratándose de un criminal arrepentido quien la había escrito; el director cinematográfico Jacques Becker se interesó en llevarla al cine, tras previa adaptación. Se lo propuso a Giovanni, éste aceptó y en 1960 se estrenó con buena taquilla, siendo sus protagonistas Michel Constantin y Philippe Leroy.

De aquel encuentro de José Giovanni con Becker nació algo que no había pensado: dedicarse a escribir más novelas, al tiempo que aprendió la técnica de los guiones cinematográficos.

Debut como director

Nadie como un preso como él, imaginativo, podía reflejar el duro mundo de la cárcel, el retrato fiel de quienes ingresan en ella y en general llegan a respetarse entre sí, manteniendo esa leyenda que reza "de aquí se sale". La experiencia de su primera película llevada al cine, que acabamos de contar, lo animó a pergeñar él mismo una serie de guiones que fueron adquiridos por distintas productoras a partir de finales de los 50, que fueron llevados a la pantalla por Claude Sautet, Jacques Deray, Henri Verneuil y también un prestigioso Jean-Pierre Melville, que era considerado en Francia un experto en cine negro. En cuanto a los actores de esa serie de películas escritas por Giovanni fueron de primera fila: Jean Gabin, Lino Ventura, Jean-Paul Belmondo, Alain Delon… Y el propio José, quien debutó como actor en Un nombre de crímenes, junto a Michel Auclair y Claude Dauphin.

Si escribir novelas ya las hacía "como churros" (en España las publicaba la editorial Bruguera), le tomó el gusto al cine. Les contamos la lista de algunas de ellas, en las que no sólo firmó los guiones sino que se atrevió a dirigirlas, habilidad que probó en poco tiempo. Lo que caracterizaba a sus filmes, aparte de sus argumentos siempre en las coordenadas del cine negro, era la duración, que superaba en general la hora y media habitual.

Con, entre otros, Jean Paul Belmondo en el 72 | Cordon

Vivía tranquilo en un pueblo cercano a Chamonix, a partir de 1968, cuando dejó París. Y por razones que desconocemos, adquirió después la ciudadanía suiza. Que tuviera que viajar a menudo a la capital francesa por sus deberes profesionales no le impedía continuar con su residencia citada. No era un personaje que viviera pendiente del glamour del cine. Prefería, por ejemplo, practicar uno de sus deportes favoritos, el alpinismo.

En 1969, el guion de Giovanni titulado El clan de los sicilianos tuvo como realizador a un experto como Henri Verneuil, que reunió a un trío insuperable: Jean Gabin, Lino Ventura y Alain Delon. Fue de los filmes que más dinero dio en taquilla.

Último domicilio conocido, la dirigió él en 1970, película con Lino Ventura como inspector empeñado en encontrar al principal testigo de un caso criminal. Dos años después, en adelante siempre tras la cámara, contó con Jean-Paul Belmondo y Claudia Cardinale en El clan de los marselleses, título muy comercial, donde también aparecía Gérard Depardieu. Trataba de un carismático personaje que se desplazaba a Marsella para liberar a un amigo encarcelado por asesinato.

Consiguió Giovanni reunir en Dos hombres en la ciudad, en 1973, nada menos que a Jean Gabin, todo un admirado veterano, junto a Alain Delon, del que decían que era su sucesor, no por el físico, claro. Ambos en terrenos opuestos, uno el inspector que vigila al otro, recién salido de prisión, con tal insistencia que el integrado en la sociedad acaba por ser reincidente.

Delon y Giovanni funcionaron muy bien, aquel como creíble delincuente, frío, distante, al que José dirigió con buen pulso, para que no incurriera en excesos como galán. Cinco películas rodó Alain con él. La de 1975 fue Alias el gitano, al que la policía perseguía por cometer un robo. El actor estaba en su salsa, compartiendo reparto nada menos que con el intrigante Paul Meurisse y Annie Girardot.

De 1983 era El rufián, donde de nuevo Lino Ventura se puso a las órdenes de José Giovanni, en una historia que caló mucho menos que otras. Se trataba de dos aventureros embarcados en Canadá en busca de un arca de oro. A destacar la música de un experto en bandas sonoras, Ennio Morricone.

Se despidió con un homenaje a su padre

Las películas de José Giovanni gustaban al gran público. Eran comerciales, tenían acción, los espectadores se despreocupaban en sus butacas siguiendo las tramas policíacas con unos actores elegidos entre la nómina de los mejores de Francia. Y las bellezas no faltaban en su cine.

Tiene mérito que este condenado a muerte, que no sabía ni papa de la técnica cinematográfica, urdiera una carrera sensacional, traducida en estas cifras: veintidós novelas publicadas, autor de treinta y tres guiones, director de dieciséis películas y cinco telefilmes. Y actor ocasional, como apuntamos.

Está claro que se labró una reputación y contribuyó sobremanera a esa cultura de un cine popular y una novelística que sin pretensiones literarias contaban con la amenidad suficiente como la de Simenon, por ejemplo. No todo tenía que llevar un brillo intelectual. Y ser comparado con su amigo Melville, ya mentado como el padre del cine negro, era una buena tarjeta de crédito para Giovanni.

Lo último que dirigió fue El padre, en 1990, homenaje al autor de sus días.

Murió en Lausanna el 24 de abril de 2004 de una hemorragia cerebral. Dejó escrito esto: "De no haber estado en prisión ni siquiera hubiera intentado mi carrera literaria. Mi destino era pasar por la cárcel para escribir". Y para hacer más cosas como hemos contado, añadimos nosotros.

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